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El recuerdo de Joaquín Furriel sobre su adolescencia en Adrogué: "Me arrepiento absolutamente"

El actor estuvo en el programa "PH: Podemos Hablar" y contó algunas anécdotas: un accidente en la avenida Espora, una pelea en el Colegio Nacional y la vez que terminó detenido.

Joaquín Furriel es uno de los actores más reconocidos de la televisión y el teatro argentino. Sin embargo antes de convertirse en uno de los galanes tuvo una adolescencia muy rebelde en Adrogué, su ciudad natal.

Ayer fue uno de los invitados al programa "PH: Podemos Hablar", participando desde su casa por la cuarentena, y recordó algunas anécdotas de su juventud en el sur del conurbano bonaerense.

En el comienzo del programa el conductor Andy Kusnetzoff les preguntó a los invitados si alguna vez estuvieron presos, y Furriel contó que en una Navidad terminó detenido injustamente en la Comisaría 1° de Brown.

"Estábamos festejando con unos amigos en el centro de Adrogué, se nos ocurrió tirar petardos haciéndonos los cancheros y uno le tiró un petardo a un patrullero. El pibe al que agarraron dijo 'Fue ese negrito aquel de ojos claros'. Me agarraron y me metieron preso", recordó sobre aquel momento.

Tras ser llevado a la dependencia policial, la escena siguió cuando su padre fue a buscarlo: "Estuve hasta que llegó mi papá. Se puso muy nervioso porque le pareció una injusticia. Empezó a los gritos, me acuerdo que vino uno de los oficiales y me dijo 'Andate y llevate a tu papá porque lo vamos a llevar en cana en cualquier momento'".

Segundos después el browniano contó cuando en una pelea con compañeros en el Colegio Nacional rompió una pecera. "Había pica con el equipo de rugby de Pucará. Había habido un problema importante y mi manera de resolverlo fue hagamos esto. Hoy me arrepiento absolutamente y espero que mi hija no esté viendo el programa", lamentó.

Furriel admitió que en su adolescencia fue muy rebelde y le generó problemas a sus padres. Y recordó otro momento de su etapa en Almirante Brown: el día que tuvo un accidente automovilístico en la avenida Espora a los 17 años.

Todo comenzó un día que sus padres salieron y quedó en su casa el auto de su mamá: "Yo estaba con dos amigos que se iban a vivir a Italia, que eran de Lanús, y como llovía finito les dije que los llevaba hasta la avenida que quedaba a 15 cuadras de mi casa para tomar el 79 o el 160. No me dejaban usarlo, lo saqué, se subieron y los llevé hasta Espora".

Luego de dejar a sus amigos regresó a su casa, perdió el control de su auto y sufrió un choque. "A una cuadra de mi casa estaba la Plaza Rosales. La calle era toda adoquinada y se me ocurrió hacer algo que hacía mi papá, que era tirar el freno de mano y meter el auto de costado. Vengo embalado en tercera, tiro rebaje en segunda, meto embrague y freno de mano, tiro volantazo y me voy para el otro lado. El adoquín estaba húmedo y se me trabó el freno de mano. El auto no respondía y fue directo a un árbol. Me la puse contra el espejo retrovisor".

Tras el accidente dejó el vehículo en el lugar del accidente y se fue a su casa. "Mi hermano menor me dice 'Qué hiciste?', le dije que choqué, que no se meta, y les escribí una notita a mis papás que decía: 'Papi y mami, cuando lleguen despiértenme que quiero contarles algo'. Y me fui a dormir".

Sus padres estaban volviendo al hogar, y al ver el auto chocado pensaron que había pasado algo grave: "Mi papá reconoció la patente, se bajaron y no me vieron", recordó, y agregó lo que ocurrió después. "Recuerdo que estaba durmiendo y escucho a mi papá. 'Joaco, chocaste con el auto. ¿Vos estás bien? ¿No te hiciste nada? ¿No te duele ningún hueso? ', me preguntaba. Le dije que estaba bien, me levantó de la cama y me empezó a pegar cachetazos mientras mi mamá le pedía que pare. Me salvó mi hermano".

Acto seguido, su padre lo llevó con una frazada hasta donde estaba el auto chocado y como castigo lo hizo quedarse allí. "Me dijo 'Entrá al auto. Ahora te vas a quedar a pasar toda la noche adentro del auto hasta que la grúa lo venga a buscar para que no se roben nada'. Ya estaban hartos con estas demostraciones de rebeldía".

Pero la anécdota no terminó allí, sino que siguió al día siguiente en la escuela: "En el colegio se corrió la bola que yo me había matado. Cuando volví todos me saludaban con un abrazo espectacular, como que reviví".

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