COUNTRIES

Entre el costo y la identidad

Los recientes aumentos de expensas, independientemente de las particularidades de cada caso, trajeron nuevamente a la luz uno de los conflictos espinales de la vida en un country: el costo de vivir en una comunidad ensamblada, que prometía perfección. ¿Estamos ante un cambio de paradigma en la “vida country”?

Entre el costo y la identidad
El Diario Sur

En los ’90 se lo llamó "el fenómenocountry”. El contexto económico y scocial de la Argentina de la época fue elcaldo de cultivo ideal para que aquella idea originalmente desarrollada dentrode la comunidad judía en la Argentina de la década del ’60 se transforme en unhecho masivo, una gigantesca revolución del mercado inmobiliario, y uno de losprocesos de transformación sociodemográficos más particulares de nuestra época.Un puñado de localidades en nuestro paísfueron las ‘privilegiadas’ receptoras del desarrollo urbanístico country, unconcepto a medio camino entre las gated communities norteamericanas, los CountryClub ingleses y los kibutz sionistas.

Dentro de aquellas pocaslocalidades privilegiadas, Canning ocupó un lugar central. Fue hogar delpionerísimo ‘Country Mi Refugio’, -según sus desarrolladores, el primer uso dela palabra en la acepción que hoy se le conoce-, alojó en los años ’80 a lasegunda ola de comunidades hebraicas, y fue el principal foco de desarrolloinmobiliario de la zona sur durante los años del "fenómeno”, así como tambiéndurante la segundo ola de migración masiva, en el período post crisis del 2001.Canning pasó de ser una posta rural, a convertirse en una "ciudad decountries”.

En un contexto nacionalde inestabilidad institucional, desigualdad creciente y aumento de lacriminalidad, el paradigma de la ‘vida country’ se transformó en una utopía ala que era fácil acceder, especialmente considerando que los precios de losterrenos y las casas a lo sumo excedían marginalmente los de una propiedadsimilar en un barrio "normal”. Donde había inseguridad y asaltos, hubo cercosperimetrales y vigilancia 24/7.

La "Maldita Policía” fue reemplazada porguardias de seguridad sonrientes. La desigualdad se perdió detrás de losarbustos que maquillan el cerco, y la política corrupta de la vida real fuereemplazada por una sociedad de vecinos iguales, que toma sus propiasdecisiones, administra sus recursos y decide sus destinos. De la misma manera,ante la sociedad alienada, deshumanizada e individual de las ciudades, se le enfrentóun renovado sentido de comunidad.

"Se buscaba construir una pertenencia; un espacio identitario, de iguales,de homogeneidad social en contraposición con lo que es vivir en la ciudad.Aparecía en ellos el tema de la calidad de vida, el contacto con la naturaleza,el compartir ciertos valores e intereses, que en la mayoría de los casos sonestilos de vida donde el consumo ocupa un lugar importante", explicaba lasocióloga Cecilia Arizaga en su tesis, titulada "El mito de comunidad en laciudad mundializada: estilos de vida y nuevas clases medias en urbanizacionescerradas.”

Una vez superado el picode movimiento demográfico, desde el año 2007 en adelante, el flujoinequívocamente unidireccional que predominó las etapas de mayor crecimiento delas urbanizaciones cerradas no sólo en Canning sino en todo el país, empezó a mostrarsus fisuras cuando un número ya no insignificante empezó a recorrer el caminoinverso. Y del country, volvió a la ciudad.

Si bien no existió una oleda "emigratoria”–siempre fueron más los que se mudaron a un country que los que se fueron deél, y aún hoy lo son-, desde el sector inmobiliario se intentó en aquel momentominimizar el hecho de que había gente que había vivido en un country, y queelegía irse. Fue curioso el argumento esgrimido: "son casos aislados, los queno se adaptaron”. La idea de que el que se fue es el otro, el inadaptado, veníaa reforzar la pretendida homogeneidad social, el sentido de profunda comunidadque se había anclado en la esencia del paradigma country.

Paradigma que no sólosufrió la deserción de "los que no se adaptaron”, sino que también comenzó amostrar sus propias grietas estructurales. La ilusión de invulnerabilidad serompió cuando empezaron a aparecer los primeros casos de robos, ya no a casasdeshabitadas sino a familias residentes, volviendo mucho más tangible lainseguridad. La complicidad de las compañías de seguridad privada en losasaltos reavivó la desconfianza en las autoridades.

Y el estilo de vida,especialmente en aquellas familias que habían dado el salto en una época demucha movilidad entre escalones socioeconómicos, comenzó a sufrir al tener queafrontar los costos de mantenimiento y operación de una infraestructura que enmuchos casos pasó rápidamente de ser un ‘amenitie’, a convertirse en una carga.

Y ante las fisuras en losaxiomas duros del paradigma, comenzó a resquebrajarse también aquella malla dehomogeneidad que había definido la identidad country; el renovado sentido decomunidad empezó a derrumbarse cuando se hizo evidente que aquel ideal de "vidaperfecta” no venía exento de costos.

Para mantener aquelestilo de vida, era necesario invertir. Y no sólo en dinero, sino también encompromiso para con esa comunidad. La mayoría de los countries se encuentranregidos por un directorio formado por vecinos –y electo por vecinos-, y es esteel órgano encargado de tomar las decisiones administrativas, financieras ysociales de aquella comunidad. Es una tarea que demanda tiempo y esfuerzo, yque no es remunerada. En épocas de austeridad, resulta especialmente complicadoen cualquier comunidad.

Más complicado resultaaún, cuando se trata de una comunidad cuyos miembros invirtieron su capital ysu esperanza de futuro bajo la promesa de perfección, y se encuentran que estademanda una inversión monetaria cada vez más difícil de sostener. Sumado a ello,con la llegada masiva de nuevos countristas, mucha de esa comunidad que solíaconsiderarse homogénea –esto era aún más claro en los countries de la comunidadmacabea- deja de serlo. Los círculos sociales se expanden por fuera delcountry, la ciudad crece y ya no queda todo tan lejos. Entonces, aquellasociedad individualista, alienada y deshumanizada de las ciudades, se trasladadentro del country. En algunos casos, escasi tan probable que el vecino del Lote 34 conozca al del Lote 108, como queel de Planta Baja conozca al del 9° F.

En los últimos tres mesesdel año 2014, una media docena de Presidentes de los countries de Canningpresentaban su renuncia al cargo. Nadie quiere hacerse responsable de unsistema que empieza a fallar, que se desfinancia conforme disminuyen los pagosy aumenta la morosidad, y del que todavía se espera que cumpla con aquellautopía que años atrás prometía. Y mucho menos, gratis. No sólo de unaremuneración económica, sino sobre todo del reconocimiento simbólico haciaquien ocupa su tiempo en hacerse responsable directo por la comunidad en la queel también vive. "Ser Presidente es un trabajo en el que entras con unareputación de diez, y hagas lo que hagas, te vas con un ocho. Y a veces, aunquehagas bien las cosas, con un menos cuatro”, relataba uno de los directivos quefue parte de aquella ola de renuncias.

"Te llaman a tu casaporque no tienen luz o no tienen agua, pero nadie viene y te dice ‘te doy unamano’. Ese es el grave problema que tenemos todos, acá se corta la luz por unproblema con Edesur y la gente piensa que es culpa del Presidente, que no hacenada. Y hay gente que intenta aprovechar la situación, para su beneficiopersonal o a veces hasta pareciera que por puro entretenimiento. Y hay unamayoría silenciosa que no está de acuerdo, pero que no toma parte dentro de lacomunidad como para hacer valer su posición”, agregaba otro de ellos. ""Lagente influye, a veces pide más cosas delas que uno puede hacer o se confunden los roles. Se cree que quien está acargo de un country es empleado o trabaja para los demás, cuando en realidad esun vecino, y lo hace por los demás.”

"Hay gente que al día dehoy, si me ve caminando por el country me quiere pisar con el auto”, completabauno más de aquella legión de deserciones masivas.

Los conflictos actualesen relación a los costos de las expensas, puede que respondan a la mismasucesión de razonamientos. Cuando no está claro el sentido de pertenencia haciauna comunidad, no existe solidaridad que fortalezca el entramado social anteépocas austeras. No significa decir que toda administración sea siemprehonesta, eficiente, o siquiera legítima. Pero abre interrogantes, acerca delrol del countrista ante el cambio de paradigma; inclusive de la supervivenciaaún del countrista en sí.

Las opciones postconflicto son varias: muchos encuentran la solución abriendo las puertas "haciaafuera”: siendo que existen formas de financiamiento externo –sponsoreo detorneos, alquiler de espacios, actividades abiertas aranceladas-, cómo tambiénformas de hacer más selectiva la carga de expensas sobre los residentes en basea cuantos "servicios extra” utilizan, por fuera del asfalto y la seguridad.Otros opinan que se trata de una cuestión de "madurez” histórica. Consideranque Canning es una "ciudad country” aún joven. Pilar, suespejo y antecesor en la Zona Norte, habría logrado superar la etapa deconflicto recuperando el sentido original de comunidad, volviendo a mirar haciadentro y restituyendo la "malla homogénea” de la relación entre vecinos,gracias a un sentido de pertenencia que ya no se basa solamente en valoresasociados al consumo, -los cuales son vulnerables a las fluctuaciones macro ymicroeconómicas-, sino en una verdadera identidad, forjada con el paso de lasgeneraciones.