EDITORIAL

700 mil NO votos

Este domingo se definirá en segunda vuelta quien será el próximo Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires : ¿Larreta o Lousteau? La situación es bastante atípica. Los porteños eligen entre un partido joven (el PRO) y otro embrionario (ECO). Sin embargo las últimas PASO arrojaron varios datos curiosos. Entre otros, que más de 700.000 vecinos habilitados en la Ciudad no fueron a votar. Casi tantos votos como los que obtuvo la fórmula ganadora del PRO...
domingo, 19 de julio de 2015 · 10:00

Desde la recuperación democrática la participación ciudadana en los actos electorales rondó el 85% (85.61% en 1983, 84.55% en 1985, 84.34% en 1987). En la elección de 1995 comenzó una tendencia descendente (82.08%) que se acentúa en 2001 (73%) y no vuelve a recuperarse.

¿Acaso se trata del descrédito de la clase política? ¿Qué genera el desinterés de 700.000 porteños a la hora de votar? ¿Hay 700.000 ciudadanos "silenciosos", o en realidad son "silenciados"?

Durante la dictadura comenzó a arraigarse la concepción del "sálvese quien pueda" al tiempo que se descreía de la clase política. Luego llegó Alfonsín, que representó la esperanza de empezar de nuevo. Esperanza que minó la obediencia debida y el punto final. Con la llegada a la presidencia de Carlos Menem aquel descrédito se corporizó: prometía salariazo y revolución productiva. Gobernó con Bunge y Born y el Fondo Monetario Internacional, privatizó todo lo privatizable y más.

La historia reciente es más alentadora. Del "que se vayan todos", pos fracaso de la Alianza, al kirchnerismo. Es paradójico que, aun cuando la politización de la política afloró en el país desde 2003, la participación de los porteños no acompaña o, peor aún, disminuye.

La clase política rompió la confianza y hoy no compiten ni radicales ni peronistas en una de las principales cajas de resonancia del país, allí donde "atiende Dios". El PRO ofrece continuidad apoyado en una obra pública vistosa pero cortoplacista. ECO es una gran incógnita. Un buen antídoto para reconstruir confianza sería acordar un código de convivencia, pero el de las normas no escritas. El del respeto al otro, el que busca trascender como comunidad para que nuestros hijos disfruten de un país mejor.

Hay una clase política que abandonó el largo plazo, el valor de la coherencia, que no impulsa un debate profundo porque no lo puede sostener en el tiempo. Todo es inmediato y se prioriza el cotillón a las obras trascendentes. Y la gente lo ve y se harta tanto que es capaz de no ejercer el derecho, y obligación, de ir a votar.

En el "juego que jugamos todos" (la democracia) hubo más de 700.000 jugadores porteños que no quieren jugar. Con otras reglas lograremos que esos jugadores que "se fueron" vuelvan ¿Quién gobierna y quiénes son oposición? ¿Quién gestiona y quiénes controlan? ¿Quién legisla y quién imparte justicia? Un juego donde no dé lo mismo prometer y no cumplir. Donde la ideología vaya de la mano de los valores y la corrupción se castigue sin dilaciones ni excepciones. Un juego donde lo colectivo y el largo plazo sean prioridad.

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