PASO 2015

Votemos bien

Soy de una generación que aprendió el ejercicio de votar recién después de la recuperación democrática del ‘83. Al cabo de la euforia y posterior desazón por una guerra absurda que despertó a la sociedad, en pleno colegio secundario debatíamos apasionadamente aunque sin mucho fundamento entre adeptos radicales, peronistas, y mi solitaria defensa de la Democracia Cristiana.
sábado, 08 de agosto de 2015 · 11:40

Mi militancia en la Acción Católica Argentina sumada al desconocimiento de los partidos políticos por inexistentes, me hacían deducir que si era Cristiano, era el indicado. Ahora, cuando llegaba el domingo en la mesa grande familiar y a medida que se acercaba la fecha indicada, solía escuchar a mis mayores repetir una frase que no llegaba a comprender, "votá bien", que se agregaba a la letanía final de cada debate familiar: "pensá”. Mientras tanto, me preguntaba qué significaría para el otro ese consejo, y trataba de identificar si venía con alguna intencionalidad política personal. ¿Me querrían decir que votara a su candidato? ¿Estarían presionándome por joven o inexperto?

En todos los casos, sabía reconocerle a los que vivieron como adultos los años más oscuros de la Argentina, y en especial a mi familia, que el hecho de votar tenía para ellos un significado distinto. La recuperación democrática del ‘83 tuvo un costo altísimo para los argentinos y yo vivía esa época de los ‘80 con renovada esperanza y expectativa, pensando que lo peor ya había pasado, y que con la democracia todo se encaminaría a un nuevo bienestar general, ya que "Con la democracia se come, se cura y se educa”, repetía Alfonsín en sus discursos de campaña. Al final de cada uno de ellos, hasta al más peronista se le erizaba la piel cuando escuchaba a quien sería luego elegido Presidente y padre de la democracia, recitar el preámbulo de la Constitución Argentina.

Aquella democracia joven sufriría por más de tres décadas distintos atentados, pero sobrevivió. Y sobrevivió a resabios militares, hiperinflaciones, especulaciones financieras, modelos económicos encontrados, corrupciones, dirigentes mediocres, revolución productiva, punto final, obediencia debida y un sinfín de barbaridades que la historia se encargará de juzgar.

En vísperas de un nuevo domingo electoral me encuentro diciéndole a mis hijos, "voten bien". Y me veo en la obligación de no dejarle dudas abiertas. Votar bien significa tomarse el trabajo de conocer todas las propuestas, de saber de dónde viene cada candidato, cuál fue su recorrido, cuáles son sus equipos y fundamentalmente analizar sus propuestas para evaluar si son viables. Resulta una estafa escuchar las iniciativas irresponsables de algunos que se saben perdedores y prometen cosas irrealizables, total, nunca tendrán la obligación de demostrarlo.

¿Será por este motivo que pocos candidatos se sentaron a charlar con mi audiencia radial? Las reglas para ser invitado son claras. Además de decir QUE va a hacer, debe explicarnos COMO, con qué recursos lo va a ejecutar, y CUANDO hará realidad todas esas promesas. Ya alguna vez conté la promesa de un candidato de asfaltar todas las calles de tierra, sin decir que para ello debería invertir treinta y cinco años de presupuesto municipal sin desviar un solo peso a ningún otro destino. ¿Asfalto para todos suena tentador, no? Pero irrealizable.

En varias oportunidades fijé posición acerca de la relación tóxica de la gestión público/política y el furor de las encuestas. Cualquier personaje que pueda pagar una encuesta y armar una campaña política y con eso estará en condiciones de considerarse "candidato". Sólo tiene que prometer solución a las demandas de "lo que quiere la gente". La realidad es otra cosa. Ángel Labruna, goleador histórico y exitoso técnico de River Plate, repetía: "...la verdad se ve en el verde césped". Amigo lector, este domingo Ud. saldrá a la cancha, "piense” y "vote bien”.

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