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Ricardo Varela
Editorial

El miedo no es zonzo, pero tampoco muy vivo

Los argentinos dejamos de votar según ideologías, la pertenencia a un partido político o la billetera, para darle lugar a un hipotético ranking del miedo: ¿votamos al que nos genera menos miedo?

Hace apenas una semana escribí en esta página que por primera vez desde que trabaja con Mauricio Macri, Durán Barba ofrecía una sola opción electoral en 2019: polarizar con Cristina Fernández. Es un golpe al ego del ecuatoriano, especialista en múltiples escenarios electorales.

Los números de Mauricio y Cristina no levantan; y la posibilidad que un tercero logre capturar los votos de los indecisos y de los no representados por uno y otra, aparece. Independientemente que la estrategia de mostrar a muchos candidatos para que no mostrar a ninguno viene funcionando, también crece el número de encuestados que dicen “ninguno de los dos” (a la hora de la opción: Mauricio o Cristina).

Un síntoma de que ésta realidad alteró al gobierno fueron las declaraciones de Durán Barba del martes pasado: “Si Cristina gana, armará milicias populares y Argentina será como Venezuela. Armaría a los barra bravas, a los moto chorros, los presos y los narcos, para que maten opositores”. ¿Alguien en su sano juicio puede creer esto?

Faltan siete meses para la primera vuelta y los principales candidatos nacionales vuelven a elegir “la campaña del miedo”. Esa misma de la que quejaba Cambiemos en 2015 cuando el entonces candidato Scioli alertaba sobre ajustes y devaluación. Para entonces ya había dejado atrás la campaña del amor y paz (la fe, la esperanza y todo lo demás). El consultor brasileño João Santana, que había dirigido la “campaña del miedo” que ayudó a Dilma Rousseff en Brasil, mostraba familias que se encontraban a sus “fantasmas del pasado”, versiones más pobres de ellos mismos, antes de que dieran el salto a la clase media. Otro spot mostraba una familia sentada en la mesa, a punto de comer, cuando la comida se desvanecía con la frase “no podemos volver atrás”. Scioli azuzaba afirmando que Macri significaba una vuelta a los noventa y Macri le contestaba: "Te escucho decir que los argentinos tienen miedo, y los que yo creo que tienen miedo son ustedes, los que están en el poder. Vos hacés de vocero mío, de las cosas que voy a hacer, y yo te pido que hables de tus propuestas. Yo nunca hablé de ajustar, por algo hace cuatro años que no crecemos. ¿Qué te han hecho, Daniel? Parecés un panelista de 678, no dejás de decir mentiras. El problema de la Argentina es el gobierno kirchenrista. Nos han ocultado la inflación, la Argentina tiene que crecer en base a un gobierno que diga la verdad, y que defienda el valor de nuestra moneda".

Todo esto fue hace solo 4 años. Parecen más, ¿no? Al menos la realidad es bien distinta. 

Por entonces los que querían instalar el miedo a Macri eran kirchneristas. Y cuatro años después es el macrismo quien dice de cara a octubre: somos nosotros o Argentina será como la Venezuela de Maduro.

Así las cosas, parece que los argentinos dejamos de votar según ideologías, la pertenencia a un partido político o la billetera, para darle lugar a un hipotético ranking del miedo: ¿votamos al que nos genera menos miedo?

El miedo es inconducente, paraliza y condiciona. Y unos y otros debieran saber a esta altura que “la gente” ya no se arría como ganado. No vaya a ser que aparezca un candidato que no hable de la grieta, ni de la corrupción, ni de la inflación, el ajuste, o el Fondo Monetario Internacional, y se meta en el balotage. ¿Por qué no? Puede aún aparecer un candidato que nadie ve venir.

Más allá de los ecos de las aperturas de sesiones, la audiencia por el nuevo incremento del gas o el pasaje desfinanciado a la Provincia de Buenos Aires y la Ciudad de las distribuidoras Edenor y Edesur, quiero referirme a un tema que me conmovió: le practicaron una cesaria a una nena de 11 que había sido violada por el novio de su abuela. Escuchar el relato de la pareja de médicos que la asistió (por indicación judicial) me generó dolor, bronca e impotencia.

En la Argentina el 14% de los nacimientos anuales (unos 100.000 casos) son de madres menores a 19 años. El embarazo adolescente tiene serias consecuencias para la salud (física y psicológica). Las madres menores a 15 años corren cuatro veces más riesgo de muerte en el embarazo y seis veces más durante el parto. Existe una correlación comprobada entre el embarazo adolescente y una peor trayectoria escolar y una condicionada inserción en el mundo del trabajo posterior. Lo que se mide no se discute, ni acepta colores verdes o celestes. Se debiera analizar para cambiar realidades.

Todos los problemas son problemas de educación, decía Sarmiento. E implementar acciones para prevenir embarazos no deseados en la adolescencia necesita de adultos que nos pongamos a la altura de esas niñas. Eso son: niñas.

Buena semana.

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