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Todos somos educadores

La pandemia y la cuarentena nos cambiaron para siempre. Hay empresas que van a reconfigurarse a partir del teletrabajo. Pero hay otras en las que la ausencia reafirmó la necesidad del persona/persona. Nada, ni nadie, reemplazará al docente frente del aula.

De repente Juan (en su rol docente) puso un impasse en la vorágine diaria y empezó hacer cuentas. Después tomó coraje y decidió el llamado: “Mira Jorge voy a tener que dejar, no puedo seguir. La realidad es que yo soy docente de Opinión Pública I y tengo asignada una carga horaria los miércoles de 13:40 a 15:40, y eso encaja perfecto en el andamiaje de mi día a día laboral. Vos sabés que yo hago otras cosas; dirijo el portal de noticias, y tengo que hacer la corrección de las 48 páginas de la revista además del programa de radio. La realidad es que hoy las clases virtuales hicieron que esas dos horas semanales se transformarán en mi principal trabajo y ocupación.”

Lo que Juan no compartía con su jefe (el director de la carrera de periodismo de la Universidad del Centro) era que estaba cansado de las miles de mensajes en el famoso sitio Classmate, un portal virtual que la universidad contrató para que sea realidad algo parecido al proceso de enseñar y aprender.

El classmate es como un delivery online al que le puedo hacer preguntas y consultas en cualquier momento del día, y en cualquier día de la semana. Y nuestro amigo Juan, que estaba acostumbrado a “los miércoles de 13:40 a 15:40” esa realidad no solo le modificaba la rutina sino que también lo obligaba a exponerse frente a sus colegas. Pasa que el famoso Classmate tiene una lengüeta (o apartado) que se llama Classrate, que va marcando (en tiempo real) cuánto tiempo tardan los docentes en responderle a sus alumnos, y si esa respuesta incluye alguna cita bibliografía o adjunta algún link que los estudiantes deben navegar. Es una especie de competencia; no entre quién es el mejor docente, si no entre quien es el mejor docente Virtual. Una modalidad 2020 que hace temblar a propios y extraños.

Para alguien (como Juan) que estaba acostumbrado a dar dos horas de clase a 70 chicos y despedirse hasta la semana entrante, corregir todas las semanas 70 trabajos prácticos y hacer una devolución individual por mail, convirtió a la cuarentena en una realidad demoledora.

Elegí compartir este ejemplo (de la realidad real), para mostrar otra de las facetas de este tiempo. No solo se trata de si los runners corren por los bosques de Palermo o no, o si el presidente de la Nación está más o menos enamorado de la cuarentena, o si hay más o menos muertes que en Chile, Uruguay o Brasil. La pandemia y la cuarentena nos cambiaron (en algunos casos) para siempre. Y si bien ya dijimos que hay empresas que van a reconfigurarse a partir del teletrabajo o a dejar de pagar altísimos alquileres, porque comprobaron que tienen servicios que pueden ser ofrecidos y garantizados con sus trabajadores remotos; hay otras en las que la ausencia reafirmó la necesidad del persona/persona. Un ejemplo es el proceso de enseñanza aprendizaje. Nada, ni nadie, reemplazará al docente frente del aula. Ninguna tecnología superará un gesto, una mirada que da una segunda oportunidad para aprender (o que habilita equivocarse).

Evaluar estos resultados no significa someterse a la medición de los algoritmos de un programa diseñado para que cada uno estudie desde su casa. Eso no se puede medir con ausencia o presencia. La vocación es difícil de mensurar a través de las pantallas. Hoy naturalizamos pacientes son “seguidos por telemedicina”, que están internados con COVID en sus casas y son supervisados diariamente con uno (o dos) llamados o videollamadas. “Abra un poco más la boca, prenda más luces porque no alcanzo a ver. No tiene un celular con mejor cámara, ¿no?”. Después, viene el diagnóstico y la receta...

La confianza de la mirada del médico, la manera cómo lo observamos (escrutando pelos y señales) en la forma en la que lee un informe con nuestros estudios, sus muecas y gestos, la forma en la que nos saluda o apoya su mano en nuestro hombro, fueron, son y será al irreemplazables.

Hay una oportunidad pos pandemia. Y es que nos volvamos (todos) más humanos, que valoremos al otro y recuperamos la etapa constitutiva de la sociedades donde el rol de los educadores (en toda su inmensa dimensión) es el del que construye persona. Educadores son maestros y profesores, pero también cada uno de quienes se sepan mirados por otros con ánimo de aprender. De alguna forma, todos somos educadores aún cuando no nos lo propongamos.

Buena semana.

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