COUNTRIES - SOCIEDAD

El Golf, ¿un elefante blanco?

Otrora un símbolo de status, embebido en el concepto mismo de la vida en un Country, hoy se debate la verdadera relación costo-beneficio de construir y mantener un circuito de golf..
martes, 08 de septiembre de 2015 · 09:47

Cuenta la leyenda que los antiguos reyes de Tailanda, cuando estaban poco satisfechos con un súbdito, le regalaban un elefante blanco. En la antigua cultura Siam, el elefante blanco era un animal sagrado, venerado por su rareza y de una fragilidad tal que debía ser criado bajo las mejores condiciones, protegido constantemente y alimentado con una costosísima dieta sin la cual el elefante moría, trayendo desgracia a su dueño. Entonces, regalar un elefante blanco era una forma sútil de imponer un castigo. El costo del mantenimiento del sagrado animal hacía que el súbdito "honrado” con tan exquisito regalo terminase en quiebra.

"Pararse frente a la salida del hoyo 1 y dejar que la vista se pierda en el verde que parece nunca acabar es un privilegio que los que vivimos en Altos de la Cascada a veces no valoramos lo suficiente. Hasta que lo perdemos. Uno se acostumbra a lo que tiene, más cuando lo que tiene es maravilloso. Muchos de nosotros pasamos meses sin dar una vuelta por alguno de sus dieciocho hoyos como si no nos importara que estuvieran ahí, a metros de nuestra casa y a nuestra entera disposición. No hace falta ser golfista para disfrutar de semejante belleza natural. Natural porque es pasto, y árboles, y lagunas. Pero no natural porque el paisaje haya estado allí antes que nosotros. Antes eso era un pantano (…).”

" Hoy es imposible imaginarse que nuestros fairways hayan sido alguna vez un pantano. Hay especies arbóreas que fueron especialmente traídas de distintos viveros del país. Arbustos puestos por paisajistas, renovados todas las temporadas y mantenidos todas las semanas. Riego automático que se enciende todas las noches. Fertilizantes, insecticidas, abonos. (…)”

" Nuestra cancha se resiembra todos los años. No en todos los clubes lo hacen, la mayoría sólo resiembran la salida de cada hoyo. Pencross en los greens y Bermuda en los fare ways. La resiembra, sumada al costo de las máquinas, al personal involucrado, a los sistemas de riego y desagote, etcétera, hacen que el costo de mantenimiento de la cancha de golf sea uno de los renglones más abultados de nuestro presupuesto. Los tenistas se quejan. Hay pica entre quienes practican uno y otro deporte. Dicen que el club invierte mucho más dinero en golf que en tenis,  y que todo sale de los mismos bolsillos.”

"Pero invertir en la cancha de golf no es sólo una cuestión deportiva. Los socios pueden caminar por la cancha, tomar algo en la terraza del hoyo 9 frente a un paisaje envidiable, escuchar música mirando una puesta de sol sobre el hoyo 15, hacer safaris fotográficos para retratar distintos tipos de aves. (…) Pero más allá del placer que cada uno pueda sacarle a nuestra cancha, hay un importante factor económico, y eso lo sabemos todos. El valor de nuestras casas está relacionado directamente, en un porcentaje indeterminado pero sin duda significativo, con su cercanía a un buen link de golf. La misma casa, en un barrio sin cancha de golf, no valdría lo que vale.”

El pasaje corresponde a "Las Viudas de los Jueves”, novela policial escrita por Claudia Piñeiro en el 2007 y llevada al cine en el 2009 por Marcelo Piñeyro, con papeles protagónicos de Pablo Echarri, Leonardo Sbaraglia, Gloria Carrá y Juana Viale entre otros. Si bien el imaginario country de "Altos de la Cascada” no cita una locación real, la descripción que hace la narradora acerca del significado social de la cancha de golf es perfectamente aplicable a la Canning de hace algunos años atrás. Desde la histórica cancha de Mi Refugio – un circuito de 9 hoyos, proyectada por el reconodido diseñador Emilio Serra e inaugurado en 1984 – pasando por los links de Venado I y II, El Sosiego en los ’90, a las 5 canchas del complejo Saint Thomas y la cancha premium apadrinada por Roberto de Vicenzo en San Eliseo, durante buena parte del desarrollo de la ciudad, el golf significó para Canning lo que magistralmente describe Piñeiro en su novela: "Invertir en la cancha de golf no es sólo una cuestión deportiva.”

Sin embargo, hoy en día, proyectar un nuevo country que cuente entre sus ammenities con una cancha de golf es prácticamente impensable. Y la discusión que plantea Piñeiro entre "los de tenis y los de golf”, parece haberse inclinado definitivamente para el lado de "los de tenis”. Sobre todo cuando "los de tenis” no son ya sólo los jugadores de tenis en un sentido estricto, sino un número que tranquilamente se acerca al noventa y nueve por ciento de la población – o de la potencial población – de una urbanización; es decir, todo aquel que no juega al golf. E inclusive, algunos de los golfistas, que ya no ven como una condición imprescindible la posibilidad de practicar el deporte en el mismo lugar en el que viven.

"Estrictamente hablando, nosotros en Malibú tenemos los metros cuadrados necesarios como para construir una cancha de golf. Pero jamás ni siquiera se nos pasó por la cabeza esa posibilidad. Construir un circuito de golf es una inversión enorme, y poder mantenerlo implica unas expensas carísimas que hacen que un barrio, hoy en día, sea imposible de mantener en funcionamento. Hoy tener una cancha de golf repele a mucha más gente de la que atrae, y si ya para una urbanización establecida es difícil, para un country nuevo es totalmente inviable”, explica Tony Botana, desarrollador de Malibú.

"Canning no es la zona norte – continúa Botana -, y por más que en algún momento se pensó que íbamos a seguir por ese mismo camino, la realidad demuestra que nuestra ciudad es muy distinta en ese aspecto. La zona norte está más planteada para el golfista, y si bien los primeros countries que se instalaron incluyeron una cancha de golf, el desarrollo posterior de nuestra población demostró que era otra nuestra identidad. Los primeros countries, como Mi Refugio, vinieron como parte de la colectividad judía y del mismo grupo de gente que ya se instalaba en zona norte. Highland, en Pilar, y acá Mi Refugio, por ejemplo, fueron obra del mismo diseñador y forman parte del mismo periodo. Pero el desarrollo orgánico que tuvo Canning posteriormente nos alejó de eso. Y se ve en El Sosiego, en Saint Thomas, en San Eliseo que hizo una apuesta muy fuerte y tiene una cancha de golf de primerísimo nivel pero todavía no termina de afianzarse, a pesar de que ya lleva casi quince años. No somos una zona de golf”, concluye.

Para tener en cuenta, un campo de golf de 18 hoyos debe sumar en la distancia de su recorrido no menos de 5200 yardas – 4755 metros- lineales para cumplir con los requisitos de homologación de la Asociación Argentina de Golf.  Cada porción de fairway requiere un mínimo de 50 yardas, que si se suman al espacio requerido para separar cada hoy del otro, hace que una cancha necesite por lo menos unas 20 hectáreas para hacer caber los 18 hoyos. Más aún, si ese circuito se encuentra entrelazado dentro del diseño de un barrio – como es el caso de Saint Thomas – , la superficie mínima necesaria alcanza con facilidad las 40 hectáreas, el tamaño de un barrio cerrado pequeño. Esas 40 hectáreas requieren de un césped especial – generalmente de la variedad Bermuda- para el fairway y otro para el Green. El Green, la zona de la cancha donde se encuentra el hoyo, requiere de un mantenimiento especializado de manera constante. Y aún hay que sumar el costo de mantenimiento de las trampas de arena, de las lagunas y de su fauna instalada, de las salidas, las señalizaciones, puentes y senderos; una cabina de starter – donde se concertan los turnos de salida para evitar la congestión de jugadores -, en algunos casos un pro shop o tienda especializada, y como un ammenitie agregado, el driving range donde practicar tiros largos y un putting green. Y, más importante aún, el personal necesario para mantener en estado operativo semejante infraestructura. El poseer una cancha de golf, no es para nada una cuestión menor. Junto con el costo de la seguridad privada, es uno de los dos factores que más influyen sobre el valor final de las expensas de un country.

"En algún momento, se vio como un símbolo de status, pero hoy en día con los precios de la tierra y el costo de los salarios, es completamente impensable” opina Cesar Giuggoloni, CEO del Grupo Giu, que tiene a cargo el desarrollo de Don Joaquín y Laguna del Sauce. "Una cancha de golf agrega más valor como paisaje que como infraestructura deportiva, pero es demasiado caro de mantener y más caro aún de construir. Nosotros nunca nos lo planteamos, y tampoco vemos que haya suficiente gente que juegue como para considerar que existe un mercado”.

"Pero no solamente es un problema de costos o de espacio físico, sino que creo que viene acompañado de un cambio social”, explica Giuggoloni.

 "El country ya no es un lugar de esparcimiento, sino que es un lugar de vivienda permanente, y la gente viene buscando seguridad y buscando un estilo de vida que ya no es el que se planteaba hace 20 años. La gente joven que viene ahora a Canning no piensa en una cancha de golf, porque tampoco juega. Y el que si juega, prefiere pagar una membresía de un club o que el country al que se va a mudar le ofrezca la membresía para usar alguna de las canchas que ya existen, más que buscar mudarse a un barrio con cancha propia. Depende del status al que se quiera acceder, por supuesto, porque una cancha de golf no es solamente una cancha sino que de alguna manera es un símbolo, pero que creo que se aleja del perfil al que apuntan los nuevos desarrollos.” Y agrega, que "inclusive estamos más cerca de pasar a una etapa de barrios privados, sin ningún tipo de ammenities – ni un Club House, ni una pileta comunitaria, ni canchas de tenis – que a pensar en construir una obra faraónica de este tipo, que vaya implicar semejante gasto. Construir una cancha nueva en Canning es impensable, no hay mercado, y ya es suficiente desafío el tratar de mantener las que ya existen.”

Al margen de este fenómeno, sin embargo, quedan los countries pioneros, miembros de la comunidad judía, en quienes el golf es parte integral de la actividad deportiva y la competencia en FACCMA y en la Asociación Argentina de Golf, se muestra vital y atractiva.

En Saint Thomas, por el contrario, algunos sectores ya proponen el desmantelar la cancha del Sur para aprovechar el espacio como lotes, o para generar nuevas áreas de esparcimiento. De facto, muchas zonas del circuito se transformaron en recorridos de caminata y es cada vez más difícil evitar que los jóvenes en moto o en cuatriciclo entren al terreno. De alguna manera, el estilo de vida propio e idiosincrático del mismo vecino es el que determina en los hechos el destino del link. Las lagunas que antes eran obstáculos se transforman en paisajes, y los greens donde estaba prohibido pisar se vuelven zona de picnic. Quienes viven hoy en Saint Thomas, aseguran que los golfistas no superan la veintena, entre las casi 600 familias que forman el complejo. Y que muchos de los que juegan, tampoco usan el circuito completo, sino que apenas van a tirar un par de golpes, o a jugar cada tanto los dos o tres hoyos que quedan más cerca de su casa. Ya no hay torneos de golf dentro del country, y el Club House de Saint Thomas Norte, originalmente concebido como Club House de Golf, ya no ostenta ese título. Quizás un poco se explique por un frío análisis de costos, por el aumento desmedido de las expensas, por el precio de la tierra y el costo de mantener algo que para muchos es bonito, pero caro e inútil. Quizás sea parte de un cambio social más amplio, en el que el country como institución va perdiendo rol social, y la población se amalgama en una entidad más grande, que toma forma como ciudad y deja atrás una etapa en la que el propio barrio era el eje de la actividad social del countrista. ¿Son entonces las canchas de golf, con sus lagunas, sus arboledas, su flora y su fauna, un elefante blanco?

 

 

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