COUNTRIES

Entre el costo y la identidad

Los recientes aumentos de expensas, independientemente de las particularidades de cada caso, trajeron nuevamente a la luz uno de los conflictos espinales de la vida en un country: el costo de vivir en una comunidad ensamblada, que prometía perfección. ¿Estamos ante un cambio de paradigma en la “vida country”?
lunes, 14 de marzo de 2016 · 10:22

En los ’90 se lo llamó "el fenómeno country”. El contexto económico y scocial de la Argentina de la época fue el caldo de cultivo ideal para que aquella idea originalmente desarrollada dentro de la comunidad judía en la Argentina de la década del ’60 se transforme en un hecho masivo, una gigantesca revolución del mercado inmobiliario, y uno de los procesos de transformación sociodemográficos más particulares de nuestra época. Un puñado de localidades en nuestro país fueron las ‘privilegiadas’ receptoras del desarrollo urbanístico country, un concepto a medio camino entre las gated communities norteamericanas, los Country Club ingleses y los kibutz sionistas.

Dentro de aquellas pocas localidades privilegiadas, Canning ocupó un lugar central. Fue hogar del pionerísimo ‘Country Mi Refugio’, -según sus desarrolladores, el primer uso de la palabra en la acepción que hoy se le conoce-, alojó en los años ’80 a la segunda ola de comunidades hebraicas, y fue el principal foco de desarrollo inmobiliario de la zona sur durante los años del "fenómeno”, así como también durante la segundo ola de migración masiva, en el período post crisis del 2001.Canning pasó de ser una posta rural, a convertirse en una "ciudad de countries”.

En un contexto nacional de inestabilidad institucional, desigualdad creciente y aumento de la criminalidad, el paradigma de la ‘vida country’ se transformó en una utopía a la que era fácil acceder, especialmente considerando que los precios de los terrenos y las casas a lo sumo excedían marginalmente los de una propiedad similar en un barrio "normal”. Donde había inseguridad y asaltos, hubo cercos perimetrales y vigilancia 24/7.

La "Maldita Policía” fue reemplazada por guardias de seguridad sonrientes. La desigualdad se perdió detrás de los arbustos que maquillan el cerco, y la política corrupta de la vida real fue reemplazada por una sociedad de vecinos iguales, que toma sus propias decisiones, administra sus recursos y decide sus destinos. De la misma manera, ante la sociedad alienada, deshumanizada e individual de las ciudades, se le enfrentó un renovado sentido de comunidad.


"Se buscaba construir una pertenencia; un espacio identitario, de iguales, de homogeneidad social en contraposición con lo que es vivir en la ciudad.Aparecía en ellos el tema de la calidad de vida, el contacto con la naturaleza, el compartir ciertos valores e intereses, que en la mayoría de los casos son estilos de vida donde el consumo ocupa un lugar importante", explicaba la socióloga Cecilia Arizaga en su tesis, titulada "El mito de comunidad en la ciudad mundializada: estilos de vida y nuevas clases medias en urbanizaciones cerradas.”

Una vez superado el pico de movimiento demográfico, desde el año 2007 en adelante, el flujo inequívocamente unidireccional que predominó las etapas de mayor crecimiento de las urbanizaciones cerradas no sólo en Canning sino en todo el país, empezó a mostrar sus fisuras cuando un número ya no insignificante empezó a recorrer el camino inverso. Y del country, volvió a la ciudad.

Si bien no existió una oleda "emigratoria” –siempre fueron más los que se mudaron a un country que los que se fueron de él, y aún hoy lo son-, desde el sector inmobiliario se intentó en aquel momento minimizar el hecho de que había gente que había vivido en un country, y que elegía irse. Fue curioso el argumento esgrimido: "son casos aislados, los que no se adaptaron”. La idea de que el que se fue es el otro, el inadaptado, venía a reforzar la pretendida homogeneidad social, el sentido de profunda comunidad que se había anclado en la esencia del paradigma country.

Paradigma que no sólo sufrió la deserción de "los que no se adaptaron”, sino que también comenzó a mostrar sus propias grietas estructurales. La ilusión de invulnerabilidad se rompió cuando empezaron a aparecer los primeros casos de robos, ya no a casas deshabitadas sino a familias residentes, volviendo mucho más tangible la inseguridad. La complicidad de las compañías de seguridad privada en los asaltos reavivó la desconfianza en las autoridades.

Y el estilo de vida, especialmente en aquellas familias que habían dado el salto en una época de mucha movilidad entre escalones socioeconómicos, comenzó a sufrir al tener que afrontar los costos de mantenimiento y operación de una infraestructura que en muchos casos pasó rápidamente de ser un ‘amenitie’, a convertirse en una carga.

Y ante las fisuras en los axiomas duros del paradigma, comenzó a resquebrajarse también aquella malla de homogeneidad que había definido la identidad country; el renovado sentido de comunidad empezó a derrumbarse cuando se hizo evidente que aquel ideal de "vida perfecta” no venía exento de costos.

Para mantener aquel estilo de vida, era necesario invertir. Y no sólo en dinero, sino también en compromiso para con esa comunidad. La mayoría de los countries se encuentran regidos por un directorio formado por vecinos –y electo por vecinos-, y es este el órgano encargado de tomar las decisiones administrativas, financieras y sociales de aquella comunidad. Es una tarea que demanda tiempo y esfuerzo, y que no es remunerada. En épocas de austeridad, resulta especialmente complicado en cualquier comunidad.

Más complicado resulta aún, cuando se trata de una comunidad cuyos miembros invirtieron su capital y su esperanza de futuro bajo la promesa de perfección, y se encuentran que esta demanda una inversión monetaria cada vez más difícil de sostener. Sumado a ello, con la llegada masiva de nuevos countristas, mucha de esa comunidad que solía considerarse homogénea –esto era aún más claro en los countries de la comunidad macabea- deja de serlo. Los círculos sociales se expanden por fuera del country, la ciudad crece y ya no queda todo tan lejos. Entonces, aquella sociedad individualista, alienada y deshumanizada de las ciudades, se traslada dentro del country. En algunos casos, es casi tan probable que el vecino del Lote 34 conozca al del Lote 108, como que el de Planta Baja conozca al del 9º F.

En los últimos tres meses del año 2014, una media docena de Presidentes de los countries de Canning presentaban su renuncia al cargo. Nadie quiere hacerse responsable de un sistema que empieza a fallar, que se desfinancia conforme disminuyen los pagos y aumenta la morosidad, y del que todavía se espera que cumpla con aquella utopía que años atrás prometía. Y mucho menos, gratis. No sólo de una remuneración económica, sino sobre todo del reconocimiento simbólico hacia quien ocupa su tiempo en hacerse responsable directo por la comunidad en la que el también vive. "Ser Presidente es un trabajo en el que entras con una reputación de diez, y hagas lo que hagas, te vas con un ocho. Y a veces, aunque hagas bien las cosas, con un menos cuatro”, relataba uno de los directivos que fue parte de aquella ola de renuncias.

"Te llaman a tu casa porque no tienen luz o no tienen agua, pero nadie viene y te dice ‘te doy una mano’. Ese es el grave problema que tenemos todos, acá se corta la luz por un problema con Edesur y la gente piensa que es culpa del Presidente, que no hace nada. Y hay gente que intenta aprovechar la situación, para su beneficio personal o a veces hasta pareciera que por puro entretenimiento. Y hay una mayoría silenciosa que no está de acuerdo, pero que no toma parte dentro de la comunidad como para hacer valer su posición”, agregaba otro de ellos. ""La gente influye, a veces pide más cosas de las que uno puede hacer o se confunden los roles. Se cree que quien está a cargo de un country es empleado o trabaja para los demás, cuando en realidad es un vecino, y lo hace por los demás.”

"Hay gente que al día de hoy, si me ve caminando por el country me quiere pisar con el auto”, completaba uno más de aquella legión de deserciones masivas.

Los conflictos actuales en relación a los costos de las expensas, puede que respondan a la misma sucesión de razonamientos. Cuando no está claro el sentido de pertenencia hacia una comunidad, no existe solidaridad que fortalezca el entramado social ante épocas austeras. No significa decir que toda administración sea siempre honesta, eficiente, o siquiera legítima. Pero abre interrogantes, acerca del rol del countrista ante el cambio de paradigma; inclusive de la supervivencia aún del countrista en sí.

Las opciones post conflicto son varias: muchos encuentran la solución abriendo las puertas "hacia afuera”: siendo que existen formas de financiamiento externo –sponsoreo de torneos, alquiler de espacios, actividades abiertas aranceladas-, cómo también formas de hacer más selectiva la carga de expensas sobre los residentes en base a cuantos "servicios extra” utilizan, por fuera del asfalto y la seguridad.Otros opinan que se trata de una cuestión de "madurez” histórica. Consideran que Canning es una "ciudad country” aún joven. Pilar, su espejo y antecesor en la Zona Norte, habría logrado superar la etapa de conflicto recuperando el sentido original de comunidad, volviendo a mirar hacia dentro y restituyendo la "malla homogénea” de la relación entre vecinos, gracias a un sentido de pertenencia que ya no se basa solamente en valores asociados al consumo, -los cuales son vulnerables a las fluctuaciones macro y microeconómicas-, sino en una verdadera identidad, forjada con el paso de las generaciones.

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