Canning

Sabiendo adaptarse mantiene su comercio hace treinta años

'Casa Diez' es atendida por sus dueños desde hace tres décadas. Fue almacén, mueblería y ahora es la ferretería de la zona. Cómo sobrevivir a la invasión de mega-marcas.
jueves, 05 de mayo de 2016 · 12:26
El comercio ubicado sobre la calle Sargento Cabral al 1876, inaugurado por Jorge Diez y familia, data del año 1985, cuando el oriundo de Monte Grande decidió mudar su local de dicha localidad. Prácticamente "de casualidad”, según las palabras de su hijo Diego (hoy dueño y responsable del negocio), ya que la idea original de Jorge era comenzar un emprendimiento por la zona de Tristán Suárez, la cual se esfumó rápidamente debido a que cuando fue decidido a hacerse con el edificio que había visto, ya había sido alquilado. Volviendo para su hogar "se encontró con Cresmani que le ofreció un local donde está ahora la estación de servicio, él aceptó y comenzaron, junto a otros comerciantes, una especie de minimercado”.

La hoy ferretería y cerrajería elegida por todos los vecinos del lugar, aunque parezca mentira, arrancó siendo un almacén ubicado en la vereda contraria, hasta que a mediados del año 90’, con el crecimiento de Canning, y tras atravesar varios rubros (casa de muebles, venta de lavarropas y de artículos del hogar), se convirtió en el negocio que es en la actualidad. "Empezó con algunos tornillos y llegó a formar todo esto”, afirma orgulloso Diego.

Hace ya 20 años que "Casa Diez” se estableció en la zona, por lo que la nómina de clientes se ha ido acrecentando con el correr del tiempo, y los que al principio le compraban a Jorge, hoy hacen lo propio con su hijo: "Los chicos con los que yo jugaba en el 85’ acá en la calle, cuando esto todavía era todo campo, hoy en día son todos mis clientes. Igual que la gente que atendía mi papá de acá y de los countries, aún viene a este lugar porque nos conoce, y cuando me ve a mí me dice ‘Y pensar que yo le compraba a tu viejo, desde que tenía el almacén’. Nos ganamos su confianza y su cariño”.

La relación con las personas que acuden al lugar en busca de artículos que le hacen falta, muchas veces termina superando el trato de cliente-vendedor, porque además de ofrecer productos de la mejor calidad, Diego –al igual que lo hacía su padre-, trata a sus compradores como algo más que eso: "Cuando vienen a comprar casi siempre te ponés a charlar amistosamente y te terminás enterando de lo que pasa en la zona. Somos algo así como la oreja del barrio, no por ser chusmas, sino porque la gente se encariña y te termina contando sus cosas”.

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