Historias del pueblo

Las aventuras de Perón en San Vicente

Hablamos con el museólogo de la quinta 17 de Octubre, con el sobrino nieto de Perón y con la mujer que fue casera de la quinta por 18 años. La historia de Perón en San Vicente, Emily Schindler cortando el pasto e Isabelita a los besos con el Almirante Massera.
miércoles, 21 de octubre de 2015 · 09:46

En San Vicente existe un territorio de 19 hectáreas en el que, hace más de medio siglo, el entonces Presidente de la Nación Juan Domingo Perón pasaba sus fines de semana de descanso junto a su mujer, Eva. Actualmente, dentro de ese espacio, que funciona como museo, también descansan, en un mausoleo, los restos de ese general que supo cautivar una diversa paleta de sentimientos apasionados en todos los sectores de la sociedad argentina.

La historia de la quinta 17 de Octubre es conocida, aunque vale recordarla. Perón, ya siendo presidente electo, pero sin haber asumido el cargo, compró la quinta en 1946 a su amigo el general Domingo Mercante, quien era gobernador de la provincia de Buenos Aires. En aquel desolado campito que Mercante tenía –según dichos de Perón- "donde empieza la pampa”, el creador del Partido Laborista hizo levantar, entre otras construcciones menores, los muros y la casa principal, que hoy se pueden ver en perfecto estado. La casaquinta fue pensada por Perón como un refugio de descanso, y decidió ofrendársela como regalo a su futura esposa, Eva Duarte.

Hasta 1952 –año en que murió Eva-, el matrimonio Perón utilizó la quinta asiduamente, instalándose allí casi todos los fines de semana y llegando a formar un vínculo especial con San Vicente. Según cuenta la leyenda, a la sombra del alcanfor de la quinta –que le hacía las veces de repelente- Perón redactó las bases de la Constitución de 1949.

"Este lugar era muy cuidado por Perón –relata Rubén Novoa, museólogo de la quinta y vecino de San Vicente-, tenía un significado muy especial para ellos dos. Acá nunca hicieron reuniones políticas y prácticamente no recibían gente. Venían a buscar un poco de paz. Le daban licencia a las trece personas que trabajaban en la quinta los días de semana y dejaban sólo una mujer para que les ayude con la casa”.

"Perón venía, se instalaba, cocinaba, andaba en motoneta, andaba a caballo, charlaba con la gente, paseaba con Eva por la laguna, iba hasta Alejandro Korn a comprar cigarros… Hacía una vida normal, como cualquier persona”, refleja Novoa.

Según Novoa, la reserva en la que el matrimonio presidencial mantenía su espacio en San Vicente era tal que, al día de hoy, resulta imposible reconstruir las habitaciones de la casa con la disposición original, puesto que no hay fotografías ni testimonios que puedan avalar la tarea.

"La casa principal, el palomar, la pileta, la cabaña, el aljibe, el torreón y los muros son las construcciones originales, levantadas en 1947. Y después están los árboles: hay 86 especies arbóreas de todo el mundo, la mayoría plantadas por el mismo Perón”, explica Novoa.

Luego de la caída del gobierno peronista, a manos de la Revolución Libertadora en 1955, la quinta de San Vicente fue expropiada por el régimen y pasó a manos del Ministerio de Educación, que llegó a utilizarla como colonia de vacaciones para niños con discapacidades. Durante 18 años, la familia Marín, de San Vicente, fueron los caseros de la quinta. "En el invierno por ahí venían los militares y se quedaban a pasar el día. Y en 1971 –antes del regreso de Perón- vinieron de visita Isabelita, Cámpora y López Rega. Nos prometieron que cuando ellos volvieran al gobierno íbamos a estar mejor”, recuerda Carmen Marín. "Despues, en 1973 –cuando volvió- vino Perón y recorrió toda la quinta. Lloró de emoción”.

A sus 76 años, Carmen asegura haber llegado a tener 150 ovejas, 200 gallinas y 200 conejos, entre otros animales, viviendo en la quinta. Y, además, aporta un dato de gran valor para las curiosidades históricas:

-¿Sabés quién venía siempre a cortar el pasto a la quinta? La alemana esa que salvó a los judíos.

-¿Emily Schindler?

-Sí, esa. Ella tenía muchos animales en su casa, entonces venía a buscar pasto para llevarles a ellos. Cortaba de a partes y hacía parvas para llevarse en un carro.

El testimonio de Carmen, que asegura que Perón lloró de emoción al regresar a San Vicente en 1973, entra en llana contradicción con el recuerdo de Alejandro Rodríguez Perón, sobrino nieto del ex Presidente y trabajador del museo. "Cuando Perón regresó al país yo tenía 11 años, y con mi familia éramos muy cercanos. Me acuerdo que cuando volvió a San Vicente –yo vine acompañando, con mis viejos- esto estaba todo abandonado. El tío (por Perón) bajó en helicóptero y dio la orden para que empiecen a arreglar todo. Lloró porque tenía mucha bronca de cómo estaba todo hecho mierda, lleno de pasto y mugre. Ni siquiera fue a ver la casa: paró por la puerta nomás. Nunca más volvió: murió y no la llegó a ver terminada”, rememora Rodríguez Perón, que tiene un cierto parecido con su célebre tío abuelo, a quien se refiere como "el tío” o "el viejo”.

Más allá de sus memorias familiares y de su niñez junto a "su tío, el presidente”, Rodríguez Perón puede relatar con precisión otro capítulo ineludible de la historia de la quinta 17 de Octubre. Luego de ser destituida del poder, en 1976, la viuda de Perón, Isabel Martínez, fue detenida por la última dictadura, que luego de llevarla a Neuquén, decidió trasladarla a la quinta de San Vicente, donde la ex Presidenta permaneció trece meses.

"Ella estaba presa acá y con mi familia veníamos a visitarla todos los fines de semana. Los milicos la trataban bien; ella no la pasaba mal. Se levantaba a las 8 de la mañana, desayunaba, tenía misa… Vivía sola con una señora que le cocinaba. Y cada tanto la venía a ver algún dirigente, como Manuel Quindimil, Antoni Cafiero, Fernando Galamarini, Herminio Iglesias, Ítalo Lúder… De compromiso, para quedar bien”.

Por fuera de la política, el recuerdo más jugoso de Rodríguez Perón sobre su tía Isabel parece estar más cerca de las revistas del corazón que de los libros de historia. "El que se la movía era el Almirante Massera, eso te lo confirmo, eran amantes. Para mí que venía porque se corría la bola de que ella tenía mucha guita –y es verdad, tiene 300 millones de dólares”.

"Otro que anduvo con Isabel fue el teniente coronel Alcalde, que estaba a cargo del pelotón de 60 oficiales que vivía acá en la quinta cuando ella estaba detenida. Eso lo vi yo. En una navidad que pasamos acá, con mi familia, estábamos bailando en el salón con los milicos y me mandaron a buscar un champagne al bar de la casa principal. Y ahí la descubrí besándose con el teniendo coronel. Se caga de risa ella, no le importaba un carajo. Sí, le gustaba un poco la joda”, cierra Rodríguez Perón su alocado relato.Manuel Nieto

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