Policiales

Una película de terror

En la primer mitad de los años 80, la sociedad argentina se vio conmovida por una caso que excedía todos los antecedentes policiales. Se trataba de una familia de la clase alta que secuestraba a sus conocidos, los mataba y cobrara el dinero.
miércoles, 20 de mayo de 2015 · 17:34

Hay una frase popular que dice "la educación empieza por casa”. El problema es que esa enseñanza que se brinda puertas para adentro no siempre es la correcta. Así sucedió con el "Clan Puccio”; los valores que aprendieron los hijos de su padre no fueron los que debieron ser, sino que los llevaron a formar parte de una banda que secuestraba personas, cobraba el rescate y luego las mataba. La familia era de alcurnia, vivía en una casona de San Isidro y extorsionaba a la gente que formaba parte de su mismo ambiente. Los Puccio tenían muchos amigos. Amigos que, tarde o temprano, dejaban de serlo para convertirse en sus víctimas.

Eran una familia que pertenecía a la alta sociedad por herencia. Juan Puccio fue jefe de prensa del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto durante la gestión del canciller Juan Atilio Bramuglia -su amigo personal-, en el primer peronismo. Su hijo Arquímedes, líder del clan, ingresó en la Cancillería al poco tiempo de haber egresado del secundario; su instrucción y su formación profesional prometían que el joven iba a ser un personaje de renombre en el mundo de los empresarios argentinos y de hecho lo fue, aunque no por los motivos que enorgullecen a cualquier hombre de negocios.

En 1950, Arquímedes comenzó a trabajar en la embajada argentina en Madrid como correo de base, denominación técnica de los correos diplomáticos. Durante esa labor, el incipiente mafioso se vio tentado con el primer delito conocido que cometió: intentó contrabandear, por valija diplomática, doscientas cincuenta pistolas Beretta provenientes de Italia. El proceso se atenuó porque las armas eran de calibre 22 y él manejaba influencias, finalmente fue sobreseído por la Justicia.

Arquímedes se recibió de contador público y se casó con la profesora de contabilidad y matemática Epifanía Angeles Calvo, con quien tuvo cinco hijos: Alejandro, Silvia, Daniel, Guillermo y Adriana. En su matrimonio, no sólo se consolidó la historia de una pareja sino también la del crimen organizado.

En 1973, la familia vivía en un caserón de San Isidro. Eran conocidos en el barrio ya que tenían un negocio donde vendían artículos para deportes náuticos en la planta baja de su vivienda, y un bar en el edificio lindero. También, eran reconocidos en el ambiente del deporte: Alejandro, "Alex”, era integrante de la primera división del Club Atlético San Isidro (CASI) y de Los Pumas al igual que Daniel, "Maguila” también jugador del mismo club. Epifanía daba clases en un colegio católico al que asistía la hija menor; los Puccio concurrían a la misa del domingo. Parecía una familia intachable pero detrás de ese carisma para las actividades sociales, se escondía una historia de terror. Eran un grupo de criminales que también contaba con el apoyo de amigos cercanos como Guillermo Fernández Laborda, Roberto Díaz, Gustavo Contempomi, el militar retirado Rodolfo Franco y el albañil Herculano Vilca.

Tiempo después, la gente que vivía en el barrio declaró que era muy común ver a Arquímedes barrer la vereda, incluso la de sus vecinos. Esa actitud lo hacía parecer un hombre amable. Pero no eran sólo hojas lo que se llevaba su escoba; se movía como el personaje de "corazón delator”, con la sospecha de ser descubierto por haber cometidos crímenes irreparables, sospecha que, más tarde, se convertiría en realidad aunque él siempre negó sus delitos.

El primer hecho fue cometido el 22 de julio de 1982. Ese día, el joven empresario Ricardo Manoukian, hijo de los dueños de la cadena de supermercados Tanti, fue entregado por su amigo Alejandro. La víctima pasó nueve días en la bañera de la casa de los Puccio hasta ser asesinado de tres tiros en la nuca. Lo mataron a pesar de que su familia había pagado el rescate de 250.000 dólares ya que podía testificar contra los secuestradores y se acabaría la fuentes de ingresos de la banda.

La segunda víctima fue el ingeniero Eduardo Aulet, otro conocido de Alejandro del ambiente del rugby. Fue secuestrado el 5 de mayo de 1983 en Libertador y Austria. Su familia pagó 100.000 dólares de rescate pero los Puccio lo asesinaron apenas cobraron la importante suma de dinero. Su cuerpo recién apareció cuatro años después.

El dueño de la firma de ropa y zapatos, Emilio Naum, sería la tercera víctima de la ola de secuestros que atormentaba a los vecinos de San Isidro. Naum iba caminando cuando vio que Arquímedes le hacía señas para que se acerque a su auto, se dio cuenta que estaba por ser secuestrado e intentó resistirse pero no lo logró: fue asesinado de un balazo. Lo dejaron muerto en el auto, en plena calle, sin poder cobrar ningún dinero a cambio de su vida.

En 1985, secuestraron a la cuarta víctima: la empresaria Nélida Bollini del Prado. Por ella pidieron 500 mil dólares y estuvo treinta y dos días encerrada. A la mujer le hacían creer que estaba en el campo y no en un sótano (hay que recordar que la mantenían con los ojos vendados); para ello los Puccio llevaban al sótano fardos de pasto que colocaban cerca de la señora, ponían un casete en un equipo de música en el que habían grabado cantares de pájaros silvestres y cada tanto encendían un ventilador para hacer pasar el viento como brisa campestre. El caso fue develado gracias a una empleada de la antigua empresa de teléfonos Entel. La mujer logró descifrar los llamados que venían de teléfonos públicos que ayudaron a la policía a interrumpir el momento en que Arquímedes, Daniel y Fernández Laborda pactaban la entrega de dinero por Nélida.

En el bolsillo de la campera de "Maguila" los efectivos hallaron un papel con los números de teléfono de los dos hijos de la mujer cautiva. Era el fin del clan. Esa misma noche, veintiún efectivos de la Policía Federal al mando del comisario Mario Fernández allanaron la casona de los Puccio. En la cocina estaba el ex Puma, Alex, junto con su novia, Mónica Survik, a la espera de que sus cómplices llegaran con el dinero. Los policías fueron hasta el sótano y dieron con la señora Bollini en estado de desesperación.

 

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