Esbozando una sonrisa, atendiendo las máquinas o detrás delmostrador, Miriam es una de las primeras caras que se asoman entre los buendías de cada vecino que transita por Restelli a diario. Algunos de esos vecinos simplemente entran enla panadería y tanto Miriam como su hija mayor, ya saben que va a llevar a sucasa. "Los comienzos fueron en forma escalonada, como si fuera un proceso.Cuando tomamos la decisión de que este sería el lugar para darle vida a nuestrocomercio, solo teníamos un despacho de pan, rememoró.
Detrás de "Loreley no solo está el segundo nombre de sumentora. Además, treinta y cinco años de esfuerzo y perseverancia, incluso unagran inundación que dejó a todo el barrio inmerso en una gran desazón. Peroluego de tres meses de estar sumida en la tristeza, una mañana tomó la decisiónde que debía seguir en la lucha, apuntalando ese sueño familiar en el quehabían invertido todo lo que tenían.
Y junto a su historia, se suman las historias de los vecinosque en algún momento encargaron la clásica torta de comunión para sus hijos, elservicio de lunch para alguna ocasión especial o mandaron a cocinar el lechónpara celebrar las fiestas. "Quizás detrás del mostrador no fui notando como elbarrio fue creciendo. Recuerdo lo angosta que era la calle Restelli y hoy quequizás me detengo más a pensar, me doy cuenta de cuánto tiempo pasó, de cómomis vecinos ya vienen con sus nietos. Creo que todos crecimos juntos.
Para llevar adelante un negocio a lo largo de tantos años yconservar buenos clientes, Miriam ante todo destacó el hecho de reinventarsecomo regla básica. "El país, cada uno de mis vecinos, incluso yo misma debimoshacer frente a momentos difíciles en los que a veces no alcanzaba ni para pagarlos impuestos. La decisión de cerrar estaba presente a diario, pero lapeleamos, intentamos ir con los deseos y el bolsillo de nuestros vecinos y asísalimos adelante.
Como una suerte de latiguillo, la palabra trabajo resuenauna y otra vez en el relato de Miriam. Sus años de trabajo y el recuerdo dedistintos momentos le dibujan una sonrisa tal si fuera un artista contemplandosu obra de arte. Quizás también sea nostalgia, por esos días en que junto a sufamilia juntaban sus esfuerzos para seguir construyendo su casa a la par de lapanadería.
"Yo creo en el esfuerzo y en la dignidad del trabajo. Connuestro comercio intentamos dejar no sólo un negocio para nuestros tres hijos,sino también sembrar en cada uno de ellos que con trabajo se puede llevar unavida digna, que los hijos estudien, e ir cumpliendo sueños. Soy una agradecidaa nuestros clientes que vienen de San Carlos, San Sebastián y pasan por nuestronegocio. Ahora siento que estoy viendo lo que construimos como familia ydisfrutando los frutos de ello, destacó Miriam.






