Cuando los primeros cristianos llegaron al norte de Europa, descubrieron que esas comunidades celebraban el nacimiento de Frey, dios del sol y la fertilidad, adornando un árbol de roble, en la fecha próxima a la Navidad católica, con la evangelización los cristianos tomaron la idea de ese árbol para celebrar la navidad.
Se dice que San Bonifacio (680-754), evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó un árbol y en su lugar plantó un pino, que por ser perenne, simbolizó el amor de Dios, adornándolo con manzanas y velas. Las primeras simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo. Las guirnaldas representan la unión de las familias y personas queridas alrededor de dones que se desean dar y recibir.
Finalmente se dice que se tomó un simbolismo de las comunidades Celtas y que fue Martín Lutero, uno de los padres de la reforma en el cristianismo, impuso los árboles de Navidad, hacia el año 1.500, pero en vez de roble, de pino. Cuenta la leyenda que de regreso a su casa Lutero se sorprendió por el brillo de las estrellas en los árboles y que quiso reproducir la escena en su hogar.
Desde hace 200 años en Argentina se arma el árbol de navidad. El primero en el país se armó en 1807 por un irlandés que decoró un pino en una plaza pública, para recrear las costumbres de su país.
En países nórdicos las esferas son sustituidas por ángeles y duendes; en Japón, el árbol lleva en sus ramas muñecas, adornos de papel, abanicos y sonajeros y en China se utilizan naranjos.






