ESTEBAN ECHEVERRÍA

Sancho Panza, el almacén que lleva treinta años en la misma esquina

De cómo un maestro mayor de obras dejó los planos para dedicarse a su emprendimiento propio hasta convertirlo en uno de los comercios más reconocidos de Monte Grande.

Sancho Panza, el almacén que lleva treinta años en la misma esquina
El Diario Sur

Si uno recorre el sector izquierdo del centro comercial de Monte Grande (juguemos un rato y hagamos de la calle Leandro N. Alem la línea divisoria entre dos mundos paralelos), podremos avistar –entre otras cosas, por supuesto–, edificios de departamentos, complejos de oficinas, la clínica que lleva el nombre de la localidad y el club del barrio, todos espacios que tienen como denominador común al público al que apuntan: familias.

Pero también hay una serie de locales de antaño que sobreviven como recortes tijereteados de un pasado que fue fotografiado en sepia y que, a contramano de lo que ocurrió con aquel añejo paisaje general, se niegan a desaparecer.

Sucede que en una de las cuatro esquinas conformadas por el cruce de las calles General Rodríguez y Florentino Ameghino aún persiste uno de esos comercios, que a principios de 2016 se dispuso a celebrar treinta años de vida y de atención ininterrumpida por parte de su dueño.

Luis Zicavo es su nombre de simple mortal, pero aquí no hay vecino que tras abrir la puerta no lo salude de la misma forma que el héroe de las historias de caballerías creado por Miguel de Cervantes Saavedra lo hacía ante su insuperable compañero de aventuras: "¡Sancho!”.

El hombre –maestro mayor de obras de profesión y laburante de sol a sombra de oficio– tuvo que sortear, al igual que Don Quijote y Sancho Panza, treinta desafiantes retos que más que molinos de viento se trataron de años consecutivos al frente de un rubro del que al principio no entendía ni jota o, para el gusto de la tribuna new age, no cazaba un fulbo.

Arrancó vendiendo productos típicos de almacén y tras el rápido asesoramiento de un vecino almacenero de Lomas de Zamora –donde vivió toda su vida–, aprendió a deshuesar las patas de jamón que vendía en la semana. Otro de los atractivos de Sancho Panza (bautizado así luego de una charla entre Luis y su sobrino), eran los inmensos pollos al spiedo de dos kilos y medio con los que las familias montegrandenses luchaban entre atracones para poder terminar de comer.

Pero no fue hasta diecisiete años más tarde que el negocio incorporó a su menú las tradicionales pizzas y empanadas de la casa de comidas Noi, otro histórico referente gastronómico de la zona que cerró luego de la crisis de 2001. Sucede que algunos de los ex empleados de la firma quebrada le pidieron trabajo a Luis, quien los acogió y contribuyó a continuar con la tradición del sabor noi, lo que le permitió mantener gran parte de la clientela.

Pero no sólo de delivery vive el hombre, porque a lo de Sancho también se puede ir a tomar unas frescas y sentarte en las sillas cuyo respaldo llevan el logotipo del local. Eso sí, tenés que estar dispuesto a pasar un rato de humor, porque además de almacenero, Sancho es una enciclopedia humana de chistes para todo público y también para adultos, cuentos que recita mientras su cigarrillo Pall Mall emana un halo de misterio que lo envuelve y lo hace desparecer apenas la anécdota llegó a su fin o uno de sus clientes requiere de sus servicios.

"Tengo mis clientes habituales. Soy como los de antes y le sigo fiando a quienes no llegan a fin de mes”, asegura nuestro protagonista, quien a modo de justificación de tal acto demodé asume, mientras se toca la cabeza:"¡Sí me compran desde la época en la que tenía pelo, nene!”.

Julián Franzil