Si uno recorre el sector izquierdo del centro comercial deMonte Grande (juguemos un rato y hagamos de la calle Leandro N. Alem la líneadivisoria entre dos mundos paralelos), podremos avistar entre otras cosas, porsupuesto, edificios de departamentos, complejos de oficinas, la clínica que llevael nombre de la localidad y el club del barrio, todos espacios que tienen comodenominador común al público al que apuntan: familias.
Pero también hay una serie de locales de antaño que sobrevivencomo recortes tijereteados de un pasado que fue fotografiado en sepia y que, acontramano de lo que ocurrió con aquel añejo paisaje general, se niegan adesaparecer.
Sucede que en una de las cuatro esquinas conformadas por elcruce de las calles General Rodríguez y Florentino Ameghino aún persiste uno deesos comercios, que a principios de 2016 se dispuso a celebrar treinta años devida, en la que la atención ininterrumpida de su dueño fue una constante.
Luis Zicavo es su nombre de simple mortal, pero aquí no hayvecino que tras abrir la puerta no lo salude de la misma forma que el héroe delas historias de caballerías creado por Miguel de Cervantes Saavedra lo hacíaante su insuperable compañero de aventuras: "¡Sancho!.
El hombre maestro mayor de obras de profesión y laburantede sol a sombra de oficio tuvo que sortear, al igual que Don Quijote y SanchoPanza, treinta desafiantes retos que más que molinos de viento se trataron deaños consecutivos al frente de un rubro del que al principio no entendía jotao, para el gusto de la tribuna new age, nocazaba un fulbo.
Arrancó vendiendo productos típicos de almacén y tras elrápido asesoramiento de un vecino almacenero de Lomas de Zamora -donde vivió toda suvida-, aprendió a desguazar las patas de jamón que vendía en la semana. Otro delos atractivos de Sancho Panza bautizado así luego de una charla entre Luis ysu sobrino, eran los inmensos pollos al espiedo de dos kilos y medio con los quelas familias montegrandenses luchaban entreatracones para poder terminarlos.
Pero no fue hasta diecisiete años más tarde que Sancho Panzaincorporó a su menú las tradicionales pizzas y empanadas de la casa de comidasNoi, otro histórico referente gastronómico de la zona que cerró luego de lacrisis de 2001. Sucede que algunos de los ex empleados de la firma quebrada lepidieron trabajo a Luis, quien los acogió y contribuyó a continuar con latradición del sabor noi, lo que lepermitió mantener gran parte de la clientela.
Pero no sólo de delivery vive el hombre, porque a lo deSancho también se puede ir a tomar unas frescas y sentarte en las sillas cuyo respaldo llevanel logotipo del local. Eso sí, tenés queestar dispuesto a pasar un rato de humor, porque además de almacenero, Sanchoes una enciclopedia humana de chistes para todo público y también para adultos,cuentos que recita mientras sus cigarrillos PallMall emanan un halo de misterio que lo envuelve y lo hace desparecer apenasla anécdota llegó a su fin o uno de sus clientes requiere de sus servicios.
"Tengo mis clienteshabituales. Soy como los de antes y le sigo fiando a quienes no llegan a fin demes, asegura Sancho, quien a modo de justificación de tal acto demodé asume, mientras se toca la cabeza:"¡Sí me compran desde la época en la que tenía pelo, nene!.






