Esteban Echeverría

Estuvo preso 15 años, aprendió a escribir y ahora enseña filosofía

Carlos Mena se dio cuenta que la vida que estaba llevando no era la que había soñado. Se dio cuenta, revirtió su situación y ahora ayuda en los penales.

Estuvo preso 15 años, aprendió a escribir y ahora enseña filosofía
El Diario Sur

Todos lo conocen como "Kongo", pero su verdadero nombre es Carlos. Hace algún tiempo dejó de usar el apellido Miranda y lo cambió por Mena que era de su madre. Ella fue asesinada por su propio esposo, o sea, por el padre de Carlos y desde ese momento decidió borrar de su vida cualquier hecho o detalle que lo vinculara a él.

Su infancia no fue fácil ni tampoco su adolescencia. Sintió lo que es la marginalidad de cerca. Robaba y cometía todo tipo de hechos delictivos y él mismo se definía como un "mafioso".No era más que un chico que no tuvo posibilidades ni herramientas que, poco a poco, se iba marginando y viviendo en carne propia lo perverso que puede ser el "sistema".

No tardó mucho tiempo en caer detenido. Pasó por todos los penales de Buenos Aires y tuvo que cumplir tres condenas: todas ella por robo.La primera de las sentencias fue de dos años y medio, otra de tres y una última de ocho. Esta última fue la que más lo marcó no sólo espiritual sino corporalmente.

"Me sentía una mierda, estaba resentido y no veía ningún futuro. Robaba, nos agarrábamos a piñas, a tiros, a puntazos, hacían de nosotros lo que querían. Nos juntaron con presos peligrosos y nosotros no éramos de ese calibre, sin embargo, nos volvímos peores". Esos años dejaron en Carlos huellas irreversibles. "Casi perdí un ojo en un enfrentamiento, estuvo hemipléjico porque me dieron un puntazo en la columna, me hacía pis encima y mis compañeros me tenían que bañar. Tengo un tiro en la cara, en la cabeza y en el cuerpo, pero la vida me dio otra oportunidad y seguí viviendo".

Un día en el penal de Florencio Varela, fue de visita y a llevar un proyecto de integración, el abogado Carlos Sarlos, el mentor de Carlos. "Cuando lo ví no quería saber nada, sentía que lo odiaba pero su taller tenía como objetivo llevarnos a los barrios carenciados para acercar libros y material de lectura. Me inscribí en su clase porque tenía planeado fugarme y ese iba a ser el mejor medio para hacerlo. En la primera salida que tuvimos, se me acerca un nene no vidente que como no sabía mi nombre me llamó  'escritor ' y ahí me hizo un clik, que yo podía ser otra persona y descubrir una nueva faceta mía"

Esas palabras para Carlos fueron determinantes. Con 33 años decidió anotarse en la escuela primaria para aprender a leer y escribir, de acercó a la literatura e incursionó en la filosofía. Hoy, a cinco años de ese gran momento en su vida, tiene la oportunidad de recorrer los penales hablando de los grandes pensadores clásicos.

"Antes sentía que no valía nada, que no tenía metas ni objetivos, que me iba a pudrir en el baño de una cárcel. Pero lo pude revertir y ahora soy un hombre nuevo que quiere ser un intelectual" afirma Carlos y resalta que su gran mayor anhelo es formar una biblioteca en el barrio El Pantano en Monte Grande. "Quiero juntar libros y para eso preciso la ayuda de los vecinos. Nosotros caíamos en la mala junta, en las armas y el delito porque cerca de nuestras casas no había dónde ir a leer y salir de ese pensamiento siniestro. Los pibes se merecen una oportunidad y eso sólo se logran con empatía".

"Kongo" es el fiel retrato de que la meritocracia no es justa. Que hay miles y millones de personas que día a día viven una vida de marginalidad y exclusión, que les cuesta revertir el cauce de su vida, pero que sin embargo, con un poco de empatía y comprensión, conseguir una realidad mejor es posible.