SOCIEDAD

Llegaron las apps de delivery a la región: cómo funcionan y qué polémicas arrastran

Las tres marcas que revolucionaron los hábitos de consumo de los porteños ahora desembarcan en el Conurbano. Cómo funcionan, quiénes trabajan y cuáles son las diferencias con el servicio en CABA.
lunes, 09 de septiembre de 2019 · 15:29

Así como sucedió hace casi dos años en la Capital Federal, silbando bajito y sin pedir permiso, varias empresas digitales de entregas a domicilio sacaron a sus cadetes a las calles hace más o menos un mes en varios distritos de la Zona Sur del GBA. Lomas de Zamora, Esteban Echeverría, Almirante Brown y Ezeiza tienen día a día mayor cantidad de repartidores y de comercios adheridos. Para ambos rigen las mismas reglas que las establecidas en la Ciudad; pero el juego no es el mismo, al menos para los trabajadores.  

Para empezar, la distinción más palpable entre Capital y Conurbano está en quiénes integran el personal. Allá hay un altísimo número -las cifras exactas las tienen las empresas, pero al no estar reguladas no constan en ningún organismo público- de venezolanos o ciudadanos extranjeros. Acá, en cambio, los repartidores son vecinos locales, a veces del propio distrito y otras pertenecientes a alguna localidad cercana. ¿El denominador común? Todos son despedidos, desempleados o jóvenes que no logran insertarse en el mercado laboral.  

Y es por esto que, urgidos de recibir un ingreso fijo (o no tan fijo), los postulantes para ser repartidores de delivery se cuentan por miles, a pesar de la precarización laboral y las falacias de empleado libre que estas empresas mantienen.  

Es que una de las principales premisas de estas plataformas es tentar a los potenciales repartidores con la promesa de tener ingresos seguros a través de un trabajo simple en el que cada uno administra sus propios horarios; ser tu propio jefe. Sin embargo, la realidad está muy alejada de eso. Para obtener un salario sustentable, los repartidores se ven obligados a caer en un estado de precarización que hace de esta práctica un nuevo modelo de esclavización digital.  

La plata que llega al bolsillo del repartidor es por entrega. Según la categoría (que avanza conforme a la experiencia), por cada pedido un trabajador que recién empieza puede cobrar $50, mientras que uno más avanzado llega hasta los $90. Sin embargo, los repartidores han notado que en sus primeras semanas de trabajo sus celulares estallaban de pedidos, mientras que luego de los tres meses esa intensidad merma, y el mayor caudal de solicitudes van para los recién ingresados. En resumen, a pesar de subir la categoría, la ganancia es siempre más o menos la misma. 

Otra cuestión que se ve con mayor intensidad en el Conurbano que en Capital es el problema de las distancias. En CABA los pedidos pueden llevarle unas pocas cuadras a los trabajadores, mientras que en los distritos de Zona Sur las distancias suelen ser mayores. Y si bien los repartidores pueden negarse a entregar un pedido si éste conlleva recorrer más de cuatro kilómetros, las aplicaciones suelen fallar en cuanto a los cálculos: cuando notifica al empleado sobre el pedido le muestra una distancia aproximada a recorrer que resulta ser mucho menor a la real cuándo el repartidor traza una ruta en el mapa.  

Y aquí el trabajador se enfrenta a dos opciones: pedalear en velocidad récord hasta el objetivo (de no llegar en menos de media hora él será el que pague por el servicio y no el cliente) o cancelar su confirmación de entrega y así no realizar el reparto. Pero claro, esto no es gratuito; darse de baja una vez implica quedar suspendido por una hora, hacerlo dos veces implica el bloqueo del trabajador por un día y así sucesivamente, con

De esta forma, entonces, y con otros múltiples factores detrás, miles de porteños ya están incorporados a una nueva máquina de precarización laboral que contra viento y marea se instaló en Capital Federal y ahora asoma sin contrariedades en el Conurbano.  

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