NACIONAL- SOCIEDAD

Cuerpo de acero, corazón de miel

No necesitó ser Campeón del Mundo para atraer multitudes y convertirse en ídolo popular. Vivió como quiso, murió por sentirse inmortal.
viernes, 25 de septiembre de 2015 · 17:31

Oscar Natalio "Ringo” Bonavena. Una figura clásica. Un deportista que hizo historia. Arriba del ring, supo destacarse por sus golpes atinados que le trajeron varios títulos y reconocimiento. Ganó muchas peleas aunque perdió la más aclamada, con Alí. Fuera del campo de acción, también sabía moverse: tenía muy buena oratoria y una astucia para responder a los medios; la misma que sobresalía a la hora de molestar a sus contrincantes. Nació en la calle y murió en el mismo lugar pero en Estados Unidos, en las puertas de un prostíbulo.

Nació el 25 de septiembre de 1945, en Boedo. Era hijo de una lavandera y un conductor de trenes. Su infancia transcurrió más en la calle que en otro lugar. En sexto grado, abandonó el colegio y comenzó a trabajar. "De tanto repetir, casi me caso con la maestra”, mencionó aluna vez con tono burlesco sobre sus dificultades a la hora de estudiar. En un primer momento, era repartidor de pizzas aunque la gente creía que tenía otra vocación. Sus conocidos le decían que por su contextura debía ser boxeador. 

Oriundo de Parque Patricios, el club de sus amores era Huracán. Allí comenzó su carrera como boxeador pero, si no hubiera sido ese su destino, hubiera sido ese mismo lugar porque esa era la camiseta que identificaba a Ringo como a ningún otro. "Si fuera futbolista, jugaría para Huracán y de ´fulbá centro´, bien en el medio del área, aunque sea zurdo. Sería una especie de líbero. Me gustaría enfrentarme contra tipos grandotes. Primero, evitar el caño, después el amague, después que me pase, y si me falla todo eso, lo corro y le doy una piña. De esa manera, los delanteros no harían goles”.

Su inicio en el boxeo fue en 1958, a los trece años. Un año después, ganó su primer torneo amateur y en dos años alcanzó dos coronas Sudamericanas, en campeonatos consecutivos. En 1963, protagonizó uno de los hechos más polémicos de su carrera: durante una pelea le mordió la tetilla a su contrincante, Lee Carr, de San Pablo. Bonavena fue expulsado, de manera que perdió la pelea, y sancionado por la Federación Argentina de Boxeo. Ante esta situación, enojado, decidió probar suerte en uno de los lugares más famosos por sus boxeadores, Estados Unidos.

Hasta 1965, el joven argentino se especializó en Nueva York, a la espera de su debut, que tuvo lugar en el Madison Square Garden. En el primer minuto, en el primer round, Ringo acertó una seguidilla de golpes que no le dieron respiro a su contrincante y lo derrotaron. Sin embargo, su primera racha de suerte lo abandonó ante Zora Folley, con quien Ringo perdió su primera pelea.  Luego de eso, retornó a Argentina con menos ego del que llevaba cuando se fue al país norteamericano.

A su vuelta, Ringo comenzó a "perseguir” a Gregorio Manuel "Goyo” Peralta. Campeón Argentino, gozaba de reputación y fama dentro del ámbito deportivo y fuera de él ya que era muy querido por la gente. Con su habitual palabrerío y facilidad para provocar, el recién llegado logró captar la atención del referente del boxeo nacional.

El4 de septiembre de 1965 se produjo el emblemático choque en el Luna Park. Ambos contrincantes captaron las miradas del público en igual medida: Bonavena fue abucheado por todo el estadio mientras que Goyo fue ovacionado. A casi dos minutos del quinto round, Bonavena ganó la pelea y se consagró como Campeón Argentino. Al otro día, con su traje y su corbata fina, salió a caminar por su barrio para que la gente vea que él era un ídolo popular. "Siempre me paso por el café del barrio. Ahí están los muchachos de siempre, esos que conozco de cuando no era nadie y siguen siendo los mismos tipos desinteresados”. Así era él.

Su apodo, aquella denominación que lo acompañó toda su carrera y fue central para la construcción de su personaje, nació por una confusión: una fan de Los Beatles lo llamó "Ringo Star” por las calles de Nueva York. A ello se sumó un gran paso por los espectáculos y los medios. Ya popular, eran habituales sus presentaciones en una TV todavía inocente, grabó discos, hizo famosos "los fideos de doña Dominga" y fue personaje de una farándula porteña que recién iniciaba su desarrollo hasta lo que hoy se conoce.

El 10 de diciembre de 1968, tuvo una chance por el título mundial en Nueva York ante Joe Frazer, con quien perdió por puntos en quince saltos. Tiempo después, enfrentó a Cassius Clay. En ese momento, Ringo ya tenía sesenta y ocho peleas en su haber, con cincuenta y ocho victorias, nueve derrotas y un empate, pero no pudo ser, Clay lo venció por KO reglamentario.

En 1970, Ringo pisó Estados Unidos una vez más para enfrentar a uno de los boxeadores más reconocidos a nivel mundial: Muhhamed Alí. Primero hubo una conferencia de prensa, en la que, Ringo se llevó todos los premios: atrapó la mirada de los oyentes y humilló a su contrincante, quien también era conocido por defenderse muy bien en la oratoria. La pelea fue ese mismo año, el 7 de diciembre. Asistieron 19.417 espectadores al Madison y dejaron en taquilla 615.401 dólares. Mientras, los argentinos estaban paralizados frente a la televisión y, los menos afortunados, con la oreja pegada a la radio.

La pelea fue como una película de suspenso. Alí marcó el ritmo con sus piernas y su jab fue imparable aunque Ringo tenía puntería con su cross de izquierda. Muhammad sumaba ventajas por la precisión del "uno-dos" hasta llegar al noveno round; el que todos esperaban por la promesa que había hecho: "Noquearé a Ringo en el noveno. Se burló de mi gente y me llamó Clay, mi nombre del pasado”.

Bonavena, con su cross de izquierda, conmovió a Alí y lo colgó del encordado en una situación dramática que puso al ex campeón mundial cerca del KO. Alí había caído por un empellón en los primeros segundos de este asalto sin recibir cuenta del árbitro Mark Conn, que fue testigo de un intercambio de impactos electrizante en donde el argentino desbordó y se llevó la mejor parte. Pero no pudo rematar ni escribir la gran historia.

Con sus movimientos y golpes audaces, Alí se mantuvo firme, y supo estirar la pelea hasta el round quince. Y allí, gracias a su cross de izquierda, aprovechó la desesperación de Ringo por buscar el KO, derribándolo en tres oportunidades, con la complicidad de Conn, que jamás se atrevió a enviar a Muhammad a un rincón neutral luego de cada una de las caídas. Después de eso, Bonavena tuvo su épica derrota. "¿Que podía haber terminado de pie con Alí? Puede ser, pero ése era mi verdadero sueño y, por lógica, los sueños también a veces terminan mal. Fue mi pelea, aunque haya sido derrotado”.

Al poco tiempo, Ringo, "calentón”, soberbio, seguro de sí mismo, comenzó a buscar la revancha con Alí pero no pudo ser.

Bonavena había sido vendido por su apoderado en Estados Unidos a Joe Conforte, un comerciante famoso en Estados Unidos por abrir el primer prostíbulo legal de Nevada, en 1972. Se sabía que tenía estrecha relación la mafia de San Francisco y la familia Bonano de Nueva York. El empresario sabía poco de boxeo y no tardó en notarse, prometió combates que nunca concretó hasta que, ya desinteresado, le pasó la tutela de Bonavena a su esposa Sally, mujer de sesenta y cinco años. Conforte y Sally estaban separados pero eran socios. Sally y Bonavena se hicieron amigos. Ellos decían que eran sólo eso, para todos los demás eran amantes. A ello se suma otra figura clave: Ross Brymer, el guardaespaldas de Conforte y matón a sueldo.

Bonavena había peleado contra Joyner. Tras el triunfo, se lo vio en una fiesta, en la cual discutió con Brymer. En la celebración, Ringo habría alardeado de ser el dueño del rancho y Conforte habría respondido: "Con mi mujer hacé lo quieras pero no te metas con mis negocios". Y le prohibió volver al Mustang Ranch, advirtiéndole que no podía garantizarle que no corriera peligro. El día siguiente, el 16 de mayo de 1976, el tráiler donde vivía Bonavena apareció incendiado. Ringo tenía pensado volver a Buenos Aires pero el fuego se había llevado su pasaporte. Bonavena fue a buscar a Brymer pero no lo dejaron entrar al prostíbulo. Oscar bajó de su auto y, a los gritos, anunció que iba a entrar de cualquier manera. John Coletti, otro guardaespaldas de Conforte, le pidió que se retirara. Fue inútil. Un balazo le destrozó el corazón y allí quedó, en el medio de la calle. Coletti miró a su derecha y ahí estaba Brymer, con el arma a la altura de su cadera. Luego se metió en la cocina y comenzó a comer cereales con leche. "¿Por qué lo hiciste?”, le preguntó un empleado, Jim Peri. "Le dije que se quedara quiero. Metió la mano en la bota, tenía un arma. Entonces le tiré”, fue la respuesta. En verdad, sí se encontró un 38 en la bota derecha de Oscar, lo que no se entiende porque él era zurdo. Ante la policía, Brymer dijo que no tuvo intención alguna de matar a Bonavena, sino de ahuyentarlo. Finalmente le dieron dos años de cárcel. Con una fianza de 250 mil dólares, quedó en libertad.

Mientras Ringo perdía su último round, a unos 20 mil kilómetros de distancia, en Sudáfrica, vía cable coaxil, el recordado relator de boxeo Osvaldo Caffarelli trasmitía por Radio Rivadavia cómo otro grande del ring, Víctor Galíndez, combatía a todo coraje contra Ritchie Kates, defendiendo el título mundial medio pesado. De pronto se hizo un silencio en medio de la transmisión radial: "Tenemos que informar que Ringo Bonavena murió hoy en Nevada, estamos todos consternados, esperamos que haya más precisiones al respecto", dijo el conductor con la voz entrecortada por la emoción.

En Argentina, eran los años malos. Recién se empezaban a sentir las tristezas de la dictadura y del "no te metas, no salgas”. Sin embargo, el pueblo se opuso a la restricción para darle un último adiós al boxeador. 150.000 personas lo despidieron en el Luna Park.

"¡Somos del barrio, del barrio de La Quema, somos del barrio de Ringo Bonavena!”, todavía se escucha hoy. El legado sigue intacto. El emblemático boxeador continúa recibiendo homenajes: de músicos, de su querido club y, por supuesto, de los jóvenes deportistas que sueñan con parecerse al gigante de Boedo.

 

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