*Por Manuel Nieto, periodista de El Diario Sur
Una montaña rusa, con ascensos y descensos abruptos, curvas exageradas, tramos veloces y momentos de calma intranquila. Así graficaría mis últimas dos semanas, en las que pasé de la emoción de mi primer viaje por Europa, al miedo por la pandemia del coronavirus en una de las zonas más afectadas del planeta; de la incertidumbre de no saber si podría volver a casa, al encierro tedioso entre cuatro paredes.
Por pura casualidad, en mi viaje programado artesanalmente, con búsqueda obsesiva de ofertas- siempre estuve un paso adelante de la emergencia por el Covid-19. Llegué a Londres cuando la enfermedad parecía una amenaza lejana. Estuve en Dublín y los irlandeses seguían emborrachándose todos amontonados en los pubs. Me fui de España y mis familiares andaluces continuaban con sus rutinas de caminatas al sol y salidas de cañas y tapas. En sus casas no había rastros de alcohol en gel.
Visité el Museo del Louvre de París el último día que permaneció abierto: el domingo 1° de marzo, por pedido de sus empleados, las autoridades francesas decidieron cerrarlo. Paseé en bicicleta por los canales de Ámsterdam y el tráfico mantenía su habitual intensidad. Pero me tocó estar en Berlín en el momento que marcó un antes y un después para la gestión de la crisis: cuando la canciller Ángela Merkel anunció que los cálculos de los expertos preveían que entre el 60 % y el 70 % de los habitantes del país se enfermarían. A partir de ese mensaje de Merkel, las calles comenzaron a vaciarse.

Las últimas 48 horas de mi estadía en Berlín estuvieron signadas por la incertidumbre. Mi vuelo de regreso al país debía hacer escala en Roma. Pero fue cancelado y la empresa italiana Alitalia, responsable del viaje, estaba colapsada y no respondía mails ni llamados. Tampoco tenía oficinas abiertas en la capital alemana. Además, por esas horas los diarios argentinos informaban que el Gobierno planeaba suspender los viajes desde Europa. Ya estaba asustado: no podía disfrutar de la arquitectura y la historia de Berlín, ni mucho menos pensar en ir a una de sus célebres fiestas alternativas.
Finalmente, después de esperar cuatro horas en línea, Alitalia respondió mi enésimo llamado. Mi vuelta había sido adelantada 24 horas y la escala en la capital italiana se mantenía, pero el segundo vuelo sería de Aerolíneas Argentinas.
Si el aeropuerto Tegel de Berlín era un muestrario de caras de preocupación y barbijos, el Leonardo Da Vinci de Roma ofrecía una imagen clara de la emergencia en el país: decenas de negocios con persianas bajas y más de la mitad de los vuelos anunciados en las pantallas con el aviso de cancelado. Carteles y altavoces pedían a los pasajeros mantener distancias de un metro entre sí. Solo había una farmacia abierta: no tenían barbijos ni alcohol en ningún formato. Sold out, me explicó la empleada, con mascarilla y guantes.
Como era de esperarse, en el vuelo a Buenos Aires había casi exclusivamente argentinos: familias, parejas, grupos de amigos. Muchos estaban tristes porque habían perdido dinero y tiempo de sus vacaciones. Pero todos tenían la satisfacción de volver a casa. Nunca creí que iba a valorar tanto a mi pasaporte, decía entre risas un joven cordobés.

La tripulación nos repartió a todos los pasajeros la famosa declaración jurada que pide datos personales, de la estadía en el exterior y pregunta por la existencia de síntomas de Covid-19. Después del vuelo de 14 horas, personal del Aeropuerto de Ezeiza también con protección absoluta- revisó las planillas e hizo hincapié en que debíamos cumplir con la cuarentena obligatoria y reportar a las autoridades sanitarias en caso de sentir algún malestar relacionado con el virus.
El viernes 13 de marzo llegué a mi casa enfundado en un barbijo y guantes de látex. Jamás había imaginado que después de cinco semanas sin ver a mi familia, no los iba a abrazar ni a besar. Fui directo hacia el piso de arriba, donde me esperaban mi habitación, el baño y otro cuarto acondicionado como oficina y comedor. Desde ese día solo bajo algunos escalones para recoger la comida, que mi mamá me deja en bandejas descartables. Casi todas las tardes estreno algún barbijo para charlar con ellos, a los gritos, desde el piso de arriba al de abajo.
Con el home office, Netflix, mi biblioteca, el ajedrez online y las permanentes videollamadas con mi novia, mis hermanos y mis amigos, los días se pasan rápido. No hay aburrimiento ni tristeza, aunque a veces extraño el contacto directo con otras personas. Pero en este período de aislamiento y paranoia in-crescendo, entendí que los no-abrazos y los no-besos son los nuevos abrazos y los nuevos besos, las mejores formas de demostrar el cariño. Es evidente que esta crisis necesita que todos estemos a la altura y seamos responsables. Para que, como en toda montaña rusa, después de los gritos y el vértigo, vuelva la paz.










