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Es terapista en la región, estuvo internado grave con Covid y lo salvaron sus compañeros: su historia

El médico venezolano Ernesto Montiel trabaja en el Hospital del Bicentenario y en el de la Cuenca Alta de Cañuelas, ambos con sus terapias llenas. En 2020 permaneció un mes internado grave con Covid. 

El médico Ernesto Montiel tiene 32 años y es terapista. Trabaja en los servicios de terapia intensiva del Hospital Regional de la Cuenca Alta Néstor Kirchner, ubicado en Cañuelas, y en el Hospital del Bicentenario, de Esteban Echeverría. Es venezolano y vive en el país desde hace seis años. En 2020 pasó por un cuadro grave de coronavirus: debió estar 13 días conectado a un respirador. “Mis compañeros me salvaron la vida, fue un acto de amor impresionante”, asegura con emoción.

¿Cómo está la situación de la terapia intensiva en el Hospital de la Cuenca Alta?

Hasta esta semana, las 22 camas con las que cuenta la terapia intensiva están ocupadas. En terapia intermedia hay 40 camas y también están ocupadas. Allí también se atiende a pacientes críticos y se les puede hacer soporte ventilatorio. Está todo lleno. Los pacientes de coronavirus representante entre el 60% y el 70% de la ocupación.

¿Estamos ante una situación de colapso?

No hay un colapso como tal, pero sí una rotación de camas constante. Todos los días sale un paciente y entra otro. Un colapso es cuando los recursos no alcanzan para cubrir toda la situación de emergencia.

¿Hay pacientes que se están quedando sin camas?

No. Por ahí no pasan a la terapia intensiva porque no hay camas, pero quedan en la guardia o en la terapia intermedia. Se está logrando contener la demanda adecuadamente. Hay que tener en cuenta que los pacientes complejos demandan mucha atención de médicos, enfermeros, kinesiólogos. Antes había un solo médico de guardia en la terapia y ahora somos dos o tres para que la atención pueda ser de calidad.

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¿Y en el Hospital del Bicentenario cómo es la situación?

Lo mismo. La rotación de camas sigue siendo elevada y hay muchos pacientes Covid. Tenemos 28 camas de terapia ahí. Prácticamente somos el mismo equipo de profesionales en los dos lados. Es un equipo muy grande de 30 terapistas que se logró armar preparándonos para la primera ola el año pasado. Lo que más nos preocupa en los dos hospitales es que el rango de edad en las terapias viene disminuyendo. El año pasado eran personas de más de 60 o 70 años y ahora vemos jóvenes de 22, 24 años complicados.

¿Qué características tienen estos casos graves de coronavirus en jóvenes?

Lo que vemos es que la gran mayoría no tiene antecedentes como hipertensión o diabetes. Pero sí obesidad o sobrepeso. La obesidad es el factor de riesgo que abandera a este tipo de pacientes. Pero no hablamos necesariamente de mucho sobrepeso sino de lo que podríamos llamar “rellenitos” o “gorditos”. La obesidad es una enfermedad que genera cambios en el cuerpo, como inflamación. Y el virus genera más inflamación. Así se producen complicaciones respiratorias, cardiovasculares, metabólicas.

¿Cómo están anímicamente los equipos de trabajo de los hospitales?

Somos personas que trabajamos en lugares donde vemos mucha gente morir y estamos en contacto directo con la familia. Al paciente grave, cuando cae en respiración mecánica, los medicamentos le producen una disociación de la realidad, no se da cuenta lo que pasa. Pero lo que queda es la familia, que está del otro lado. Escuchar la angustia de esa familia repercute mucho sobre tu psiquis. Eso, aunado a una cantidad de trabajo que se multiplicó, representa una carga bastante difícil de llevar para todo el personal de salud. Los pocos momentos que tenemos cuando llegamos a nuestras casas piensas “me habré contagiado” o te preguntas “cómo estará tal paciente”. Sigues dándole a la cabeza y eso repercute mucho en tu bienestar físico y mental.

El cansancio debe ser muy grande.

Estamos sumamente cansados. Muchos no hemos tenido vacaciones. Pero todos los días nos reinventamos para seguir dando el servicio porque hoy somos el punto crítico. A quienes trabajamos en terapia intensiva nos encanta lo que hacemos y dentro del caos tratamos de encontrar la calma. Es muy importante el apoyo del grupo. Contamos con un equipo que somos como amigos y que cuando uno está cansado nos apoyamos entre todos. Muchas veces las cosas no salen como uno quisiera porque no somos máquinas sino seres humanos. O no logramos la cobertura completa porque somos pocos. Pero siempre tenemos el espíritu de cuidarnos entre todos.

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Pasaste por un cuadro de coronavirus muy grave, internado con respirador en el Hospital del Bicentenario, ¿Cómo fue la experiencia?

Fue la experiencia menos esperada de mi vida: un terapista en terapia intensiva. Me contagié en agosto. A los tres días del positivo me interné porque tenía mucha fiebre y tos, y en poco tiempo ya me estaban ventilado. Estuve 13 días conectado a un respirador. Duré un mes internado, atendido por mis propios jefes y compañeros, mis compañeros de residencia. Fue un acto de amor hacia un compañero impresionante. Todos se movieron para que yo pudiera salir. Estuve durante un mes con el brazo paralítico como secuela. Luego me reintegré y al poco tiempo ya estaba ahí en la trinchera con ellos de nuevo. Me baso mucho en mi experiencia como paciente para la atención que le damos en general a la gente.

¿Cómo fue que decidiste venir a la Argentina desde Venezuela?

Yo me recibí de médico en Venezuela en 2015 y al poco tiempo vine. Lo tuve que hacer por la situación país de Venezuela, que está jodida. Allá tenía trabajo, pero lo que ganaba no alcanzaba para nada. Vine con tres amigos porque vimos que era muy factible hacer una especialidad y seguir formándonos, con muchas opciones públicas.

¿Y cómo te trató el país?

Solo traje cien dólares en el bolsillo, pero de a poco las cosas se me fueron dando. Es un país muy generoso, muy receptivo. Nunca fui víctima de un acto xenofóbico. He sido tratado como un argentino más. Y toda la comunidad venezolana en general, porque venimos con ganas de trabajar y estudiar y hacer país. El choque cultural te pega, pero fui muy afortunado por la gente de la que me rodeé. Toda mi familia quedó allá, sin embargo uno se va ganando a las personas de a poco y se terminan convirtiendo en tu familia.

¿Y tu recorrido profesional?

Estudié y trabajé mucho: en Quilmes, en Laferrere, en Morón. Y con el equipo del doctor Pablo Centeno y Matías Anchorena nos tocó inaugurar las dos terapias intensivas del Hospital Cuenca y el del Bicentenario, que tienen equipamiento de primera. Es un servicio que está a la altura del mejor privado. Yo soy un defensor de la salud pública.

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