RELATO INÉDITO

Los últimos días de Rodolfo Walsh en el pueblo

Yolanda Mastruzzo era vecina del mítico escritor y en su relato cuenta cómo, un día después de su desaparición, efectivos de la ESMA saquearon su casa y no pararon hasta destruirla.
martes, 27 de enero de 2015 · 16:38

Corría el año 1977 y la dictadura azotaba al país con una calamidad in crescendo. Nadie se salvaba ni estaba a resguardo incluyendo a los personajes públicos. Una de las víctimas que se cobró este período fue el periodista y escritor Rodolfo Walsh.

Esa madrugada era sábado 26 de marzo de 1977, dentro del mundo de calles de tierra y casas sin tendido eléctrico de uno de los barrios obreros de San Vicente. El día anterior, el periodista Rodolfo Walsh había sido atacado por una patota de la ESMA en San Juan y Entre Ríos. Llegó muerto o casi muerto al centro clandestino.

Mientras dormía, Yolanda oyó sacudones en la puerta, y el grito y la orden de: "¡Salgan todos con las manos levantadas!”. Ella se levantó de la cama de un salto y salió con su marido a la calle, "armados” con una linterna.

"Eran las cuatro de la mañana cuando en un momento vemos que empezaban a apuntarnos a nosotros, diciendo que nos quedáramos con las manos arriba –explicó–, que nos iban a matar a todos, entonces mi esposo y yo le preguntamos a ese señor qué buscaba”, rememora ante un auditorio que la escucha atentamente.

"Señora –le preguntó el presidente del Tribunal en el año 2011, al abrir la audiencia con el protocolo de todos los días–, ¿tiene algún interés especial en la causa o su objetivo es que se haga justicia?” Yolanda Mastruzzo, calabresa, con el dialecto reverberando todavía detrás de cada palabra y sus 77 años de edad, le soltó: "No, si estoy acá por eso; vengo por el susto que nos pegamos esa madrugada, ¿vio?”.

Esta mujer, que todavía es ciudadana italiana, no se acuerda su número de documento, pero no puede olvidarse de lo que pasó. Convocada por el Tribunal Oral Federal Nº 5 a cargo del juicio por los crímenes de la ESMA a pedido de la querella de Patricia Walsh, escuchó las preguntas: "Justamente, queremos saber qué le pasó a usted esa noche, si todavía lo recuerda después de tantos años”, preguntó la abogada Myriam Bregman.

Los dichos de aquella tarde han pasado desapercibidos por la prensa y no han alcanzado a la población en absoluto. Las memorias de esa madrugada aparecen como inéditas en el conocimiento colectivo.

"Buscaban a una pareja”, explicó Yolanda. "Discúlpeme –le dijo en ese momento al hombre que la increpó–. Nosotros somos un matrimonio, tengo tres chicos adentro.” Uno de los hombres fue "adentro de la pieza, los chicos estaban llorando abajo de la cama del susto que nos llevamos, y de la parte de adelante de la casa también nos apuntaban a nosotros”.

En esa ocasión mencionó que cuando uno de los uniformados entró a la pieza, intentó buscar a tientas la perilla de la luz. "¿Qué luz?”, preguntó ella, porque en la casa no había luces y en el barrio la gente se iluminaba con el sol de noche. El dato que parece menor, siempre fue importante para quienes todavía intentan reconstruir lo que pasó con la casa de Walsh, porque es una señal de que los integrantes del operativo no eran habitantes locales.

"Esta casa no es la que usted está buscando”, les dijo Yolanda en ese momento, y les señaló la casa del otro lado del cerco. "El hombre es un profesor”, les dijo ella. "¡Ma qué profesor! –respondieron los otros–. ¡Flor de extremistas son!”, recuerda que respondieron aquellos desconocidos.

Walsh se había mudado a esta localidad en diciembre del año anterior con su compañera Lilia Ferreyra. Para los vecinos, era un profesor de inglés retirado al que cada tanto veían pasar con un changuito de compras y con quien alguno de ellos se paraba a conversar sobre los pájaros. En marzo de 1977, Yolanda llevaba apenas veinte días en el lugar, recién se había mudado. Dijo que a él le decían "Beto” y a ella "Betty”. "¿Alguna característica física? –le preguntaron–. ¿Algo con su color de pelo?” "De eso no puedo decir nada –aclaró–. Un día lo tenía de un color, y otro día de otro.”

Después del cruce, la mandaron adentro de la casa: "Vaya para adentro y escóndase –le dijeron–. Vamos a tirar la casa a bajo”.

"Poco después empezaron a cargar todo lo que encontraban en la casa –dijo–. Todo lo que pudieron se llevaron con una camioneta y nosotros los escuchábamos desde adentro.” De la casa se llevaron la heladera, la cocina, las latas de conserva y hasta el papel de los baños, dijo. Cuando todo terminó, desde adentro de su casa escuchó la orden de "apaguen la luz”; pero estaba destinada al que manejaba el camión y era para ocultar la carga.

A esta altura, se sabe que además se llevaron los documentos, archivos y cuentos inéditos de Walsh. Yolanda aseguró que los hombres estaban uniformados y tenían boinas y que en la casa quedó de custodio uno de los hombres que la amenazaron al comienzo.

Así es como una noche cualquiera, un ser humano perdía sus pertenencias que hacían a su idiosincrasia y dejaba una mancha más a una sociedad que tendría mucho sufrimiento por delante.

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