En la casa de Ana María Bianchi viven dos personas y más de40 perros. Es una vivienda digna, como la mayoría de las del barrio El Fortíndonde se encuentra ubicada- con un patio atrás y una galería adelante, perocon una particularidad: la de ostentar un potente olor a perro encerrado que roza lo nauseabundo. El amor casi patológicoque Ana tiene por los animales es lo que posibilita que esta mujer casada, deunos 55 años, resigne su bienestar en pos de darle hogar y comida a perrosenfermos, tullidos o simplemente abandonados.
Además de los 40 desu casa, Ana y su marido, Daniel, están a cargo del cuidado de otros 50 perrosque tienen en una quinta que un familiar les presta. Junto a cuatro voluntariosy a otra mujer que tiene 70 perros más en su casa, conforman la institución "ElRefugio San Vicente, que busca atender perros abandonados y darlos enadopción.
"Yo siempre juntéperros que me encontraba por la calle y que veía que estaban atropellados o conalgún problema relata Ana desde la galería de su casa, rodeada de unos 15animales- Y bueno, en el barrio la genteve que tenés tres perros adelante y entonces cuando no pueden tener alguno telo traen, ya sea porque esté alzado, porque no le pueden dar de comer osimplemente porque no los quieren. Y yo no me puedo negar: si les digo que no,los bichos quedan tirados en la esquina y mueren de hambre o pisados por uncoche.
Ana asegura que, si bien nunca tuvo menos de veinte animales,el auge de su hogar como protector de canes comenzó hace cuatro años, cuando,tras una redada municipal contra los perros callejeros, las instalaciones deZoonosis la institución gubernamental encargada del control animal- quedaronsaturadas. "Los cachorritos que agarraronno tenían chances de sobrevivir ahí, mezclados con los perros mordedores; asíque yo, pensando que no me iban a dar bola, les dije que me podían traeralgunos de los chiquitos.
La inocente propuestade Ana no sólo fue aceptada por Zoonosis, que comenzó a llevarle perros, sino quetambién fue avalada por el Municipio, que hasta hace unos meses le llevababolsas de alimento y bidones cloro. Ana y su marido llegaron a convivir con 80perros en su casa. Actualmente, las cuatro decenas de animales se repartenentre el modesto patio del fondo, la galería y el interior de la casa. "Mi calidad de vida es espantosa,reconoce Ana, sincera y altruista.
-Señora, usted estámedio loca, eso lo sabe, ¿no?
-Ana: No, del todo loca. Mi hijo mismo me dijo que no va avenir más Hace dos años que no viene.
-¿Y por qué haceesto?
-En primer lugar, nome puedo resistir a la mirada de los bichos cuando están tirados; siento que yoestoy mejor y ellos están mal y me hace pelota. Y en segundo lugar porquesiento vergüenza ajena por las personas que miran y no ven, que dejan tirado aun perro, o maltratan un caballo, o tienen un chico en ojotas en plenoinvierno. No puede existir todo este abandono y que a nadie le importe.
Es verdad que algunosperros en mi casa pueden llegar a estar peor. Aquellos señala Ana- no tenían tanta sarna cuando vinieron, yalgunos se agarraron moquillo acá, porque ya el hacinamiento no me permiteaislarlos para curarlos; pero yo sé que si quedan en la calle, o los mata unauto o tienen una muerte horrible. Entonces apuesto a que tengan unaposibilidad de salvación en un hogar con comida, y que puedan morir bien, notirados en un zanjón sin que nadie los mire. Ojalá yo acá los pudiera tenermejor y hacer que sobrevivan más; hoy por hoy de diez que me traen a lo mejorse salvan dos.
Ana cuenta, además, que los casi 100 perros que se encargade cuidar consumen a razón de medio kilo cada uno- 50 kilos de alimento pordía, que se complementan con las donaciones de sobras que dos restaurantes deSan Vicente le acercan a diario. Sin embargo, el mayor gasto que su afición alsalvataje canino le impone viene por el lado de los tres empleados a los que elmatrimonio les paga por atender a los animales en la quinta de la calleViamonte. "Son como $ 9 mil al mes, lamitad del sueldo de mi marido.
Ana y Daniel no están del todo solos en su cruzada contra elabandono canino. Alicia Buscaglia, una maestra jubilada del pueblo, cooperaencargándose de conseguir donaciones de alimento y organizando rifas. Y así,otros tres voluntarios colaboran en "El Refugio, que además recibe los favoresdel veterinario Juan Ardohain.
Manuel Nieto






