San Vicente

Qué hay detrás del circo colombiano que llegó a San Vicente

La compañía se llama “Estrellas de Colombia” y son quinta generación de artistas circenses. Nomadismo, pasión y risas. Escenas de una vida imposible de imaginar.
lunes, 25 de julio de 2016 · 09:21

"En un mundo convulsionado por la violencia, el circo queda puro, como la sonrisa de un niño”. Con esa frase termina la función y los pocos chicos presentes, con algunos padres, se empiezan a ir. Es el primer lunes de las vacaciones de invierno y, a pesar del solcito de las cuatro de la tarde, hay apenas ocho grados de temperatura. Entre la pequeña tropa que va abandonando la carpa, se ven sonrisas y se escuchan comentarios. "Estuvo re cheto”, define un nene de diez años que pudo bailar con un minion. "Qué cagaso que me pegué”, reconoce otro, que se asustó con la explosión del número final.

El circo "Estrellas de Colombia” llegó a San Vicente la semana última. La familia Salvador, los dueños, no tienen más que una vaga ascendencia colombiana. Por lo demás, son argentinos. Y difícilmente les pueda caber otro gentilicio más acotado. "Es que acá los chicos nacen donde les toca. Nosotros vamos de acá para allá permanentemente”, cuenta Patricia, la esposa de Roberto Salvador, el hombre de 57 años que comanda la empresa. A ellos se les suman las dos hijas, que rondan los 30 años, cada una con su respectiva pareja, y el hijo menor, de 15. Además, tienen empleados y artistas contratados, que en total conforman un plantel de unas 20 personas.

Roberto tiene tres hermanos y cada uno es dueño de su propio circo. Antes trabajaban todos juntos, pero con el tiempo se fueron abriendo. Sus hijos son quinta generación de artistas circenses. Y, al igual que sus padres, son "nacidos y criados”.

Distinto es el caso de Brian, un muchacho rubio y grandote que ronda los 30, y que hace unos años, cuando el circo fue a su pueblo, conoció a Pía, la hija mayor de la familia. En ese punto Brian se enamoró y tomó una decisión difícil de explicar. Dejó su trabajo de técnico químico en la central nuclear de Atucha y se unió a la locura del circo. "Era sumarme o dejar de ver a ella. Y la elegí a ella”, dice. Y asegura que ya se acostumbró, que el cambio fue positivo. "Yo me encargo de armar y desarmar, de las conexiones eléctricas, de los camiones”, sostiene. Pero miente: no se dedica solo a eso. Un rato después, su novia embarazada avisará que no podrá salir a escena, y él tendrá que ocupar el rol de payaso en el número final. Zafa.

34 años atrás, Patricia hizo lo mismo que Brian. A los 18, superó la oposición de sus padres y se casó con Roberto. La fiesta fue en la carpa del circo. "Al principio me costó. De corajuda empecé a aprender números en cama elástica: me daba dolor de panza antes de salir. Ahora soy payasa, pero también vendedora de papas fritas. Todos hacemos de todo”, apunta la mujer, y se muestra preocupada por la adolescencia de su hijo más chico: "El circo es un mundo chiquito. El afuera es distinto, hay muchas cosas malas y peligrosas”.

El estilo del "Estrellas de Colombia” es el tradicional: con carpa, pista y muchos payasos. El aroma es heterodoxo: una mezcla de pochoclos y papas fritas con el aserrín que desparramaron por el piso para que absorba la humedad. La principal diferencia con el circo moderno es la ausencia de escenario. Después, en el show, presentan malabares, acrobacias, equilibrio, humor y momentos para que los chicos pasen a bailar con personajes como el Sapo Pepe o Peppa Pig. También hay un gorila de mentira y un "auto transformer”. "Antes teníamos una jaula llena de animales: un tigre de bengala, un oso, un mono tití, caballitos. Pero ahora está prohibido”, cuentan.

El detrás de escena no muestra demasiadas sorpresas. Los artistas corren de un lado para el otro. Practican malabares, se cambian de trajes, elongan y gritan un poco para ponerse de acuerdo. Con todo, el espectáculo oculto es bastante armónico. El mismo show se repite a lo largo de toda la temporada, así que no hay demasiado lugar para dudas.

En cuanto a la economía, Patricia asegura que "subsisten”. "Es muy irregular, así que hay que ser ordenado y ahorrar”, receta. La gran estructura –a pesar de ser una empresa chica y familiar- les demanda un gasto grande en combustible, pero también en permisos municipales y en publicidad. Y, según se evidencia, la convocatoria de los circos tradicionales ha bajado en los últimos años. Para ellos, los lugares más prósperos son los pueblos pequeños y alejados de las grandes urbes.

Trabajar de payaso desde los dos años

Axel es el más chico del circo. Tiene 15 años y nació en Villa Luzuriaga, pero podría haber nacido en cualquier otra parte y sería lo mismo. Desde los dos años que actúa de payaso: "Nací para esto: hacer reír a la gente es lo que más me gusta. Ni se me pasa por la cabeza dejar el circo”. Lo que sí dejó Axel es la escuela. Con pase libre, yendo unas semanas a la primaria de cada pueblo por el que pasaba, pudo hacer hasta sexto grado. Después, su papá necesitaba una mano extra en el circo. Y a él no le costó la decisión de abandonar los estudios. Dice que no le gustaba mucho la escuela, y que a veces lo cargaban: era eternamente "el chico nuevo”.

Axel le envidia muy pocas cosas al resto de la gente. Ni las casas de cemento, ni la vida sedentaria, ni los campeonatos de fútbol, ni los actos escolares: "Me gustaría tener amigos fijos. Yo tengo amigos por dos o tres semanas, después casi nunca los vuelvo a ver”. Como contracara, asegura ser exitoso con las mujeres. Y sí: es un pibe lindo y simpático, con piercings, tatuajes y un peinado de moda; toda una pesadilla para cualquier padre protector. Y la prueba de sus triunfos es que mientras charla con El Diario San Vicente, después de la última función del día, aparecen dos chicas de su edad que esperan que termine la entrevista para ir a pasear. Una de ellas lo conoció en el verano, en Miramar, y ahora se vino desde Longchamps para volver a verlo. Se sonroja y suspira cuando le preguntan por él.

La rama adolescente del circo tiene otro integrante. Es Lautaro, un morochito tímido que también tiene 15, y que se sumó a la compañía hace dos años y medio. Es de Rosario, pero su mamá se juntó con uno de los empleados del circo. Así que ahora él se viste de payaso y hasta se anima con unos malabares. También tuvo que dejar la escuela, pero dice que extraña muy poco, que es feliz con su nueva vida.

Cuando los chicos se van a caminar por San Vicente, queda Patricia, que es efusiva, alegre y maternal. Delante de un tendedero colmado de ropa, asegura que "el circo es un mundo y un pequeño barrio”. Y que ellos lo aprenden. Todos los días.

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