Historia

La calesita de Alejandro Korn volvió a funcionar luego de dos años de espera

Alberto Cariaga tuvo que cerrarla en 2015 y desde entonces trabajó para reacondicionarla. Ahora la disfrutan cientos de chicos en el Parque Urbano Viejo Casal.

La calesita de Alejandro Korn volvió a funcionar luego de dos años de espera
El Diario Sur

La tradicional calesita de Alejandro Korn volvió a funcionar la semana pasada en el Parque Urbano Viejo Casal, luego de dos años de estar cerrada. "Para mí, esto representa mi vida, y para el pueblo sé que es importante. Estoy muy contento de volver a trabajar", le dijo a El Diario Sur el dueño, Alberto Cariaga. 

La calesita funcionaba desde 1982 en la esquina de Boulevard de Mayo y Mitre, pero debió cerrar en 2015 porque el dueño del terreno -que se lo prestaba a Cariaga- decidió usar el espacio para construir. Entonces, el Concejo Deliberante y el gobierno municipal se comprometieron a ceder un fragmento del Viejo Casal para instalar la atracción. 

El Municipio demoró dos años, pero finalmente entregó un espacio alambrado y con una construcción para cobrar los tickets y cocinar los infaltables panchos. En el interín, Alberto -que es jubilado y cobra la mínima- invirtió todos sus ahorros y energías en reacondicionar la calesita. La hizo pintar íntegramente, le colocó iluminación LED y hasta aparecieron algunos nuevos personajes contemporáneos. Todo eso sin perder la esencia: el camión de bomberos y el carro que él mismo diseñó en los comienzos se mantuvieron originales. 

"Papá está grande. Tiene 74 años. Tenía miedo de no llegar a verla terminada y volviendo a funcionar", describe la hija, Natalia Cariaga. Tardó en llegar y al final hubo recompensa. El sábado pasado fue la reapertura y la calesita desbordó de chicos. Lo mismo ocurrió el domingo último, hasta que la lluvia disipó al público.  

El precio del ticket es muy popular, casi simbólico. Alberto cobra diez pesos la vuelta, aunque tiene flexibilidad. "Hay gente que viene con 4 o 5 chicos, entonces no se les cobra a todos. O pagan una sola vuelta y después siguen andando. Hay que ponerse una mano en el corazón. Si uno cobra caro, pueden andar poquitos chicos; cobrando barato andan grupos de a 30 y se van todos contentos". 

El padre de Alberto, cuando él tenía ocho años, puso la primera calesita, en el terreno de al lado de su casa en Dolores. Ahí empezó la fascinación por esos personajes que giran. "En el año 56 fuimos con mi papá a Santa Teresita y llevamos una calesita tirada a caballo. Es increíble todo el tiempo que pasó", recuerda. Años más tarde, su hermana se pondría de novia con el dueño de un parque de diversiones, y Alberto se volcaría a lo que siempre quiso. 

Ahora, la sonrisa lo delata. Corta los boletos, sube chicos a upa y hasta da algunas vueltas sin marearse. También atiende los reclamos: ante un "a mí no me gusta Piñón Fijo", ordena cambiar la música. 

"Lo veo fortalecido anímicamente. Trabajó mucho para esto que es su gran alegría", comentó a El Diario Sur José Luis Godoy, un amigo que le va a dar una mano cobrando las entradas y haciendo los panchos. "Y la gente está respondiendo mucho. Hay algunos que vinieron de chicos y ahora traen a sus nietos. Es una cosa de no creer", agrega. 

A Natalia, la hija, le preocupa la seguridad. "El predio queda sin nadie que cuide a la noche y nos da miedo. No solo por nosotros, sino porque mucha gente aprovecha las noches de verano para hacer ejercicios o cenar", manifiesta.