San Vicente

ARCA, la dignidad del trabajo para las personas con capacidades diferentes

Más de 20 talleristas asisten todos los días para realizar labores manuales. Venden los productos y cobran un salario. La inclusión y el sentido de pertenencia a una comunidad.

ARCA, la dignidad del trabajo para las personas con capacidades diferentes
El Diario Sur

“Nuestra función es que ellos puedan integrarse a un ambiente social y económico,  y tengan un lugar para compartir su vida con pares”. Esa fue la definición de Raquel Fernández Dewey, la coordinadora de ARCA, un “taller protegido” al que cada día asisten más de 20 personas con discapacidades para trabajar en diferentes actividades.

Los talleristas tienen entre 18 y 65 años y patologías variadas que los hacen padecer discapacidades leves y moderadas a nivel madurativo. Arca significa Asociación de Resurgimiento con Amor de familiares y amigos de personas con discapacidades. Allí tienen una chance de encontrar la dignidad del trabajo y el bienestar de formar parte de un proyecto y de una comunidad.

Romina Yungblut, de 30 años, tiene síndrome de Down. La semana última, su tarea consistió en doblar sobres y bolsas de papel, al igual que la de todos los talleristas. “Nos explican cómo hacer las cosas y nosotros trabajamos”, le cuenta a El Diario Sur. “A veces trabajo mucho y hay días que más o menos. Pero nadie te reta, son todos buenos como ángeles”, asegura.

Las dos actividades principales de ARCA actualmente son la elaboración de bolsas de papel y de nylon, que venden en el Hospital Ramón Carrillo y en comercios de San Vicente. Dejaron atrás las manualidades en cuero, porque tenían una demanda muy baja, y en el futuro proyectan comprar un horno para moldear cerámica. “Toda la ganancia de las ventas es para comprar nuevos materiales y el resto para ellos”, explica la coordinadora.

Los asistentes cobran unos mil pesos por mes del Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia, y un extra de 300 pesos del de Nación. “La verdad es que suelen atrasarse, y a veces están hasta dos meses sin cobrar. Pero ellos vienen igual. Lo que más les importa es participar”, cuenta Fernández.

Las actividades en el taller, ubicado en Humahuaca al 50, en el barrio Parque Ibáñez, se extienden desde las 8 de la mañana hasta las 13. “Antes teníamos comedor y almorzábamos acá, pero ahora no hay plata”, se queja Hugo Noriega, de 47 años. Empezó a trabajar en Arca en el 2000, es el más antiguo. Y todos le recuerdan su anécdota más célebre: cuando cruzó al entonces gobernador bonaerense Felipe Solá y reclamó un aumento en los salarios. “También le pedí que terminaran la ruta 6, y me hicieron caso”, fanfarronea.

En el taller predomina un bullicio tranquilo. Nadie grita y todos doblan y pegan papeles a la par, sin conflictos. “Trabajar con ellos es muy ameno y gratificante. Acá nadie compite. Es una tarea que te hace sentir muy bien”, reflexiona Fernández. Y hace hincapié en la importancia de la institución para las personas con discapacidad: “Hay que pensar que ellos no van a tener a sus padres para siempre. Entonces buscamos que puedan tener una salida económica y que se puedan adaptar”.

Patricia Yungblut es la hermana de Romina y destaca como “muy linda” la experiencia en Arca. “Se ha integrado muy bien y tiene su espacio y sus amigos, y se mantiene ocupada en algo que le gusta. Terminó la escuela especial y hace cuatro años empezó acá. Fue un cambio grande para ella, pero es muy independiente y aprende muy rápido, le pone muchas ganas todo, nunca tiene un no”, comenta.

¿Qué es ARCA?

Es una asociación sin fines de lucro formada en San Vicente en 1997, que funciona dentro del programa de “talleres protegidos de producción para personas con discapacidad” que impulsa el Ministerio de Desarrollo Social. Personas con discapacidades moderadas asisten todas las mañanas para realizar trabajos manuales, y a cambio perciben una remuneración de 1300 pesos mensuales. Queda en la calle Humahuca al 50.

La historia de Patricia, que se hizo cargo de su hermana a los 9 años

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El Diario Sur

Patricia Yungblut se hizo cargo de su hermana Romina, que tiene síndrome de Down, cuando ella apenas había cumplido nueve años, a raíz del fallecimiento de la madre de ambas. “Fue muy fuerte pero nos fuimos acomodando. Para mí Romi es como una hija más. Yo crío a mi hijo, que tiene 12, y a ella al mismo tiempo. Y entre ellos se llevan muy bien y se quieren mucho. Realmente ella es muy especial y muy alegre. La amamos profundamente”, contó ante El Diario Sur.

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