Empecé con una cosa y con la otra, y me terminé haciendo muy famoso. Así resume Ricardo Javier Capitanio su carrera laboral en San Vicente. Es que desde que llegó al pueblo, siete años atrás, pudo hacer lo que siempre quiso: trabajar.
Tiene 37 años y padece hidrocefalia desde que nació, lo que lo lleva a tener un retraso madurativo leve. Pero eso no le impide tener dos trabajos. De lunes a viernes, todas las mañanas hace tareas para el Municipio como ayudante en el programa Envión, que asiste a menores en situaciones vulnerables. Por la tarde, tiene actividades en la calle: o reparte volantes (a $ 150 las mil unidades entregadas en mano) o vende bizcochitos. Nunca afloja. A veces no vuelve a su casa hasta la noche.
Es cierto que es famoso. Todos en el pueblo lo conocen como Riki o Ricardito gracias a su tenacidad. En su propio folleto publicitario, describe su actitud como plena responsabilidad. Yo soy así con todo. Si le doy un volante a alguien y lo tira, lo levanto del piso y lo vuelvo a entregar, le cuenta a El Diario Sur.

Riki vive en el centro de San Vicente con sus padres, Enrique y Stella Maris, de 65 y 66 años. También tiene una hermana y dos sobrinos. Además de trabajar, cuida sus pájaros: un corbatita y dos jilgueritos, y ahora también estudia. Yo terminé la primaria y mis viejos no quisieron que hiciera la secundaria por miedo a que repitiera o que me fuera mal. Pero ahora la estoy haciendo por mi cuenta en el FINES. Me quiero recibir de asistente social, comenta.
Pero no todo fue siempre color de rosa para Ricardito. Hasta hace siete años vivió en Temperley. Y de ese lugar no guarda los mejores recuerdos: Allá no podía trabajar porque me discriminaban. En la calle me gritaban mogólico o tarado. Era gente muy nariz para arriba, por suerte mis viejos y mi hermana siempre me defendían.
Pero cuando llegó a San Vicente su vida cambió. Acá puedo caminar tranquilo y tengo muchos amigos, la gente es muy buena, describe. Hasta hace algunos años trabajaba en el Hospital Ramón Carrillo, sacando fotocopias, pero pidió ser trasladado porque no estaba a gusto. Veía cosas feas, gente herida o golpeada, y me hacía mal, recuerda.

También señala que siempre lleva consigo una pastillita. Si me agarra un ataque me la tengo que poner debajo de la lengua y se me pasa. A veces me doy cuenta solo, otras me tienen que ayudar. En el hospital me pasaba muy seguido, apunta.
Antes de trabajar, cuando hacía la fila para cobrar su pensión, le decía a su papá que se sentía como un ñoqui. Ahora, después de largos años de esfuerzo, cuenta que llegó a comprar un auto cero kilómetros, del que todavía le falta pagar la mitad de las cuotas. Parece que no pero algo de plata junto, se ilusiona.
Ricardo habla y gesticula con las manos. Se refiere con cariño a sus viejos y cuenta algunos chistes finos. Si estamos solos entre hombres a veces cuento alguno más sarpado, confiesa. Habla por celular con su papá y hace gala de su memoria: se acuerda las fechas de todo. Muchos le piden que les haga acordar de cosas. Y él nunca falla: responsabilidad plena.
También relata una de sus anécdotas supremas: cuando tenía 18 años y debía someterse a una operación, él se negaba. Para convencerlo, sus padres le dijeron que accederían a lo que él pidiera. Entonces él quiso conocer a su ídolo, Ricardo Enrique Bochini. El encuentro llegó después de un largo tiempo de búsqueda, en el club Villegas, de Banfield. Cuando lo vi no lo podía creer. Lloré un montón, cuenta.








