Por Ricardo Varela
Si ésta no fue la peor semana de gestión del gobierno de Alberto Fernández desde diciembre de 2019, pega en el palo.
A pesar de la noticia positiva que significó su recuperación del COVID y la vuelta a la actividad normal, el miércoles último protagonizó una de sus peores apariciones públicas desde que preside la Argentina. Desmintiendo a sus ministros de Salud y Educación, que durante esa mañana habían confirmado la continuidad de la presencialidad en las escuelas (apoyados en estadísticas que reflejaban que no partían de allí los contagios que impulsan la nueva ola), el presidente resolvió que el AMBA volvía a una especie de fase 1 Light, que fue muy cuestionada desde varios aspectos pero fundamentalmente por las formas.
Tal vez su principal error fue señalar al sistema de salud como "relajado" después de un año de incesante batalla, o al tomar ejemplos individuales como potenciales situaciones comunes que vulnerarían los protocolos que venían desarrollándose (con el esfuerzo de docentes y directivos) en las escuelas. De repente, el presidente del consenso, y de aquella una foto con el jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta y el gobernador bonaerense Axel Kicillof, apareció solo anunciando medidas inconsultas y desmintiendo a sus propios funcionarios.
Situaciones que la lectura (intencionada) de la oposición multiplicó (intencionalmente). Porque de eso se trata la Argentina de este siglo: unos contra otros (todo el tiempo) y en esa pelea en la que el presidente había intentado ser neutral esta semana dio una inequívoca muestra de que la grieta solo se profundiza con más grieta.
La semana pasada en esta misma página hablábamos del crecimiento de casos que cada uno de nosotros podía verificar en su entorno familiar y social. No requerimos conocer las estadísticas del minuto a minuto para saber qué el virus alcanza por estos días a mucha más gente que antes. Sin embargo, hay situaciones y mediciones que debieran ser lo suficientemente objetivas para no generar ningún tipo de dudas. No es saludable escuchar a funcionarios de distintas jurisdicciones (y distinto color político) desmentirse acerca de la ocupación de las camas de terapia intensiva.
Mientras que el ministro de salud porteño habla de un 53% de ocupación, en la provincia sostienen que los hospitales porteños están al borde del colapso. ¿Tan difícil es contar camas? Esto debiera ser, a esta altura de la pandemia, información de acceso público. De esa que motiva demandas a los funcionarios que incumplan su obligación de brindar. Por que así sería mucho más sencillo entender porque tenemos que comprimir o descomprimir el sistema, por qué tenemos que encerrarnos o podemos salir, volver a fase 1 o proyectarnos a fase cinco. Sin embargo, todo parece estar condicionado según el color del cristal con el que se mire. Y en el medio, (como siempre) está la gente que necesita conducción. No más peleas. Que necesita poder creerle a sus dirigentes. Sea cual sea su procedencia política, cada uno de ellos encarnan una responsabilidad con la sociedad que los eligió y también con la que no los eligió. Porque de eso se trata (justamente) la democracia. Un ejercicio donde todos aceptamos las reglas del juego en relación a quien gobierna y a quienes son oposición; a quien decide y a quien controla; a quien juzga y a quien de legisla.
Desde marzo 2020, momento en el que se expandió el virus en la Argentina, venimos interpretando su evolución en cada rincón del mundo. El acceso a la información nos permite conocer en tiempo real cada avance y retroceso, apertura y cierre, confinamiento o liberación, de cada uno de los países en cada uno de los continentes. Supimos cuando se cerró todo en Italia y cuándo se abrieron los bares en Londres, y cómo armaron el concepto "burbujas" para asistir a clases en España. Sabemos cómo avanza el proceso de vacunación en los Estados Unidos y en China, y cómo evolucionan las mediciones de efectividad de cada una de las vacunas aprobadas. Sin embargo no podemos establecer un protocolo que nos de parámetros claros, para que no empiece a terciar la duda y desconfianza, ni el interés individual o corporativo de la política. No sería mucho más sencillo de escuchar a un técnico (o el mismísimo Presidente de la Nación) explicar que como se llegó a determinado número de: contagios/consultas/hisopados/índice de positividad/o lo que vos quieras, "estamos obligados a tomar estas medidas". Situación que se da como consecuencia de una corazonada, ni de una decisión individual o intencionada. Sería una acción/reacción producto de una certeza, de un acuerdo previo, en el que no existen buenos y malos, ni ganadores o perdedores, ni algunos que quieran cuidar más la vida de los otros (que otros) ni otros que quieren educar mejor a los alumnos que unos...
Estamos (como sociedad mundial) atravesando una pandemia, mientras en la Argentina discutimos el chiquitaje (repito lo dicho en éste espacio hace solo 7 días). Para salir de esta discusión menor es necesario que los dirigentes de los dos espacios mayoritarios se pongan los pantalones largos y dejen de especular sobre cómo los beneficia o perjudica una u otra decisión.
Aquella foto del presidente y los dos gobernadores de las principales provincias del país es imposible hoy. Y esa "imposibilidad" es de su exclusiva responsabilidad.
La gente los sabía acompañado en un pedido de "sacrificio" que fue, en 2020, mucho mayor al del fallido mensaje solitario del presidente Fernández el miércoles por la noche. Aquella foto hablaba de tres dirigentes dispuestos a ponerse al hombro las decisiones que se requirieran, pensando en el bien común y la urgencia de la hora.
Pasó un año y sólo logramos involución. Por eso la tristeza.
Buena semana.



