Columnista | Francisco Monzón | Opinión

De la pantalla al libro

Por Francisco Monzón (@flmonzon)

El reciente estreno cinematográfico de La Odisea, de Christopher Nolan, reflotó un fenómeno que desde hace años vincula al séptimo arte con la literatura.

De pronto, en las redes sociales aparecieron expertos en letras recomendando traducciones al español, compartiendo datos de contexto y explicando quién, cómo y cuándo escribió La Ilíada y La Odisea. Lo llamativo es que gran parte de estas menciones apuntan a adolescentes y jóvenes.

A pesar de la idea instalada de que los jóvenes no leen literatura de manera regular, las estadísticas en nuestro país sostienen lo contrario. Según la última Encuesta Nacional de Consumos Culturales (2022), el 77 por ciento de la franja de 13 a 17 años declaró haber leído al menos un libro durante el último año, y entre los 18 y 29 años ese porcentaje baja al 58 por ciento. Podemos relativizar el primer dato porque coincide con el tránsito escolar obligatorio, aunque resulta llamativo que, en general, el 77 por ciento de los lectores declare leer por entretenimiento u ocio.

Entonces, ¿qué está pasando? Referentes de la industria editorial sostienen que las películas y series basadas en novelas o sagas juveniles impactan en las ventas del libro original luego de su estreno. Pero la sinergia también funciona a la inversa: los fanáticos de la historia original esperan ansiosos el estreno de las películas, aunque sea para criticar la adaptación.

La semiología llama "transposición" al proceso por el cual un discurso cambia de lenguaje para convertirse en una nueva creación: una novela que se vuelve película, un cómic que se transforma en serie, un videojuego que llega al cine. En este proceso, la pantalla no necesariamente compite con el libro. Muchas veces funciona como una puerta de entrada.

El efecto de una película que retoma una historia clásica puede ser indirecto: no es tanto la transposición en la pantalla grande lo que lleva a los jóvenes a las librerías, sino el efecto multiplicador de las tendencias que circulan por Instagram y TikTok, capaces de viralizar libros que ya son best sellers y acercarlos a nuevos públicos. Ahí están las sagas de Harry Potter (la serie de libros más vendida de la historia), Percy Jackson o Los Juegos del Hambre, además de otras historias enmarcadas en los géneros del romance juvenil, el drama y las novelas gráficas.

Las redes sociales se transformaron en una de las principales fuentes de orientación para los lectores noveles. Hasta existe un perfil específico para el "especialista": el booktuber, o creador de contenido que anuncia lanzamientos, comparte reseñas y comenta sus lecturas en YouTube, Instagram o TikTok. En Argentina hay varios perfiles activos (Victoria Resco, Carla Dente o Fede Valotta entre otros), con un denominador común: buscan generar comunidad a partir de un nicho temático.

Otra variante aparece de la mano de famosos que aprovechan su relevancia social para hablar de autores o títulos. Oprah Winfrey lo hace desde la televisión, mientras que Emma Watson (que además de su rol protagónico en Harry Potter tiene formación académica en literatura inglesa) suele compartir sus lecturas con sus seguidores.

Dua Lipa es otra referente en este ámbito, ya que a las recomendaciones puntuales que realiza desde sus redes podemos sumarle su plataforma digital Service95, con contenido sobre estilo de vida, cultura y sociedad, donde los libros ocupan un lugar destacado.

Sin dudas, esta tarea de divulgación cultural por parte de figuras influyentes, que desde el campo de la comunicación denominamos "líderes de opinión", genera una validación de la lectura al promoverla como una actividad atractiva y moderna: "cool", dirían los más jóvenes.

Ver a sus ídolos leer un libro impreso rompe el estereotipo de que la lectura es aburrida o puramente académica, y el libro deja de ser una obligación escolar para volverse parte de una identidad cultural que también se construye en las redes.

Y aquí aparece una paradoja: las mismas plataformas que funcionan como puerta de entrada a la literatura están regidas por el consumo inmediato (videos breves, scroll infinito, estímulos diseñados para capturar la atención apenas por unos segundos). A esto se suma la "basura digital" producida en masa por la inteligencia artificial, ya bautizada como “AI Slop”. Lo que los especialistas señalan como un problema, más allá de la evidente mala calidad de buena parte de este contenido, es que a mayor volumen de producción, menos espacio queda para los contenidos originales, creativos y de calidad.

En este escenario, el libro parece ocupar un lugar particular. Leer implica detenerse. No hay scroll. No hay una nueva recomendación apareciendo inmediatamente después. No hay un algoritmo que decide qué capítulo debería interesarnos. Hay que sostener la atención, avanzar a nuestro propio ritmo y construir mentalmente aquello que el texto propone.

Tal vez por eso resulte tan interesante que los jóvenes lleguen a los libros desde lugares en apariencia alejados de la lectura: una película, un influencer o un video en TikTok. Quizás el camino hacia el libro ya no empieza necesariamente en una biblioteca o un aula. Puede empezar en una pantalla. Y, paradójicamente, esa misma pantalla que nos acostumbró al consumo breve e inmediato puede estar funcionando como puente hacia una experiencia que exige exactamente lo contrario.

¿Será el libro un refugio ante el consumo acelerado de las redes? ¿Sostener una rutina de lectura, o incluso sentarse a ver una película de tres horas sobre héroes de la Antigüedad y criaturas mitológicas, puede interpretarse como un gesto de rebeldía que reivindica la atención analógica?

Espero que me disculpe, estimado lector, si en esta nota le propongo más preguntas que certezas.

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