No paramos de publicar noticias sobre comercios chinos. En el Conurbano están abriendo bazares a rolete aprovechando el boom de importaciones que permite la política aperturista de Milei. Es fácil caerles a los chinos, sobre todo porque a nivel sociocultural no tienen nadie que los defienda. Se pueden publicar barbaridades sobre ellos que nunca va a salir una asociación a denunciar discriminación, como ocurre con cualquier otro colectivo.
Apuntes del conurbano: Carcasas de celulares y carcasas de pollo
Un vago recorrido por los comercios que marcaron la fisonomía de las ciudades del Conurbano a lo largo de las últimas décadas (y de los vaivenes económicos). Por Manuel Nieto
Igualmente a los chinos parece que mucho no les importa: solo quieren trabajar, trabajar y trabajar. Y si a algún racista les caen antipáticos, ellos contestan con su ética ultra capitalista: los precios más bajos del mercado para competir y ganar. Los veo acá y los vi en España, donde están por todos lados con sus mercaditos, mezclando su acento con el local, un blend insólito. No producen amor entre los españoles, pero ahí están, quedándose hasta cualquier hora abiertos para venderles sus Estrella de Galicia, sus “patatas de bolsa”.
El fenómeno de los bazares chinos es el mismo que en los 90 motorizó los “Todo por dos pesos”. Productos baratos y a granel, y una diversidad entretenida. Eran el consumo al que podían acceder los que se habían quedado con la ñata contra el vidrio en la era de los Shoppings Centers. Se podía ir al Coto de Temperley o al Boulevard de Adrogué, quizás, una vez cada tanto. Pero la sed de consumismo diario, una sartén o un juguete para los chicos, se saciaba en el “Todo por dos”.
Otros comercios icónicos de los 90 fueron las canchas de pádel, los locutorios y los parripollos. No sé si con justicia o no, en el imaginario popular quedaron asociados a las indemnizaciones que cobraban los trabajadores de las fábricas que se fundían o las empresas privatizadas que se achicaban.
Las canchas de pádel cerraron: pasaron de moda y se las culpó de lesiones en hombros y rodillas por la superficie y las paletas duras. Pero revivieron gracias a la pandemia y al avance técnico: las palas ahora son de carbono y las pistas de césped sintético, así que ya no producen daño. A los locutorios los mataron los celulares. Los parripollos quedaron en el olvido pero hoy, con la crisis, podrían ser un buen negocio. Comida rica, sana, proteica y mucho más barata que el asado. Con mi amigo Seba siempre fantaseamos con poner un parripollo en la laguna de San Vicente: imaginamos precios populares, un negocio fácil de manejar con pocos proveedores y sin demasiada ciencia para cocinar su monoproducto. Pero él siempre está renegando con las vacas del tambo y yo con el periodismo y nunca nos decidimos, así que si alguien quiere emprender le dejo la idea.
El kirchnerismo del viento de cola con los precios récord de la soja quedó asociado a los Fravega y los Garbarino y, sobre todo, a las casas de deportes. En San Vicente abrieron dos casas de deportes por esa época y nos parecía un montón; también apareció Hendel. Laprida, en Lomas, tenía varias zapatillerías por cuadra. Era el momento para comprar las TV “plasma” o las “altas llantas”, todo en cuotas, con tarjeta, una estrategia conveniente ante la alta inflación.
Las tarjetas de crédito se quedaron pero ahora muchos las usan para sacar alimentos en cuotas. Fravega y Garbarino tienen cada vez menos locales con el auge del comercio electrónico. Las estrellas de las peatonales del conurbano son, desde hace varios años, las tiendas que venden cargadores y fundas para teléfonos. Mi idea millonaria es poner un negocio especializado en carcasas: de celulares y de pollos.

