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Un día no se le niega a nadie

Nicolás Varela es periodista y conductor de radio de profesión. De lunes a viernes conduce Buenos Vecinos, un magazine de información y entretenimiento local por FM 88,7 y El Diario Sur en Vivo. También forma parte de FeFIJEE al Extremo, los sábados a las 20.

¿Cuál es la unidad de medida del éxito? Esta semana escuché decir que "el éxito es la realidad menos las expectativas". Por eso me considero exitoso, puesto que me despierto todos los días para hacer lo que siempre quise hacer, en el lugar y con las personas que siempre quise. Pero a pesar de auto-percibirme exitoso siempre estuve en contra del concepto de meritocracia. Porque me esforcé mucho para tener lo que tengo, pero no por eso le quito valor a la suerte. Alguno rápido pensará que hablo de la suerte de ser "el hijo de...", pero créanme que es un poco más complejo que eso. Por eso siempre pensé que parte de lo que me toca, resultado de la suerte que tuve, es necesario devolverlo a mi entorno. Lo saben los que me rodean, a los que invité a compartir mi suerte, los que hoy hacen su propia suerte gracias a las oportunidades que les compartí y supieron valorar haciendo a partir de eso su propio camino. Lo seguiré haciendo, y jamás los ingratos, mediocres o envidiosos van a vencer el espíritu que me moviliza a dar. Porque creo que esa es la medida del éxito. Riqueza no es tener, riqueza es dar.

A continuación, les dejo una editorial sobre el Indio Solari que escribió mi mejor amiga. Ella no quiere que se sepa su nombre, ni se vea su cara, ni recibir ningún reconocimiento por eso. Para ella, el éxito es compartir con ustedes un ratito a través del milenario arte de la literatura.

UN DÍA

Es viernes, son casi las nueve y media, estoy sentada frente a la compu desde las siete.

Abro pestañas, saco cuentas, respondo mail, contesto whatsapp. Básicamente, corro como todas las mañanas, una carrera que no se donde me lleva. Pienso que me debo tiempo, para otras cosas, también pienso que sin “estas”cosas no tengo cómo tener las “otras” cosas. Sociedad de consumo.

Escucho algunos ruidos, es mi hijo adolescente que se está levantando porque tiene clase a las 10. Los viernes es virtual, como mi trabajo, como tantas cosas desde que nos atravesó la pandemia. Va al baño y aparece en el marco de la puerta de la habitación que era de su hermana, devenida en oficina desde hace unos años, desde que la vida se volvió un poco más virtual.

Me mira apoyado en el umbral, no habla, se acerca me da un beso y vuelve a apoyarse. Espera algo y no se que es. Me mira en silencio. Buenos días le digo. No contesta. Sigue mirándome. Dejo la compu, giro la silla, intuyo que necesita toda mi atención y se la doy, algo pasa.

- Ma, se murió el Indio

- No

- O me comí una fake gigante o se murió. Lo dicen en todos lados

No contesto, vuelvo a girar la silla y empiezo a abrir pestañas. Lo dice Infobae, Clarin, TN, La Nación.

Se murió el Indio.

Mi hijo me sigue mirando, espera algo y no sé bien qué. No soy ricotera, nunca fui a “misa” pero se murió el Indio.

Una tristeza rara nos envuelve, él tampoco es ricotero, ni siquiera el rock es lo suyo. Le gusta el rap pero desde sus inteligentes diecinueve años intuye, sabe que lo que pasó es grande.

Ayer, jueves, me pase la tarde escuchando a Los Redondos, a veces se me da por ahí. No sé porque ayer, justo ayer. Es que tienen eso, no sos fan, pero te llegan igual, tal vez ni te gusta el rock pero no podes escuchar JiJiJi sin saltar. Es más, diría que no podes escucharlos bajito, tiene que ser al taco, tenes que cantar a los gritos. ¿Cuántos perros dinamita habrá en el país en el honor a él?

No queda nadie, le digo, me da un beso y se va a su clase, virtual, lejana. Quiero volver a trabajar pero me cuesta y me cuelgo un rato en Instagram. No hay otra cosa, al menos mi algoritmo simula entenderme y me muestra lo que quiero ver, lo que ahora necesito ver. Todos tienen una anécdota, una frase, un momento, aparecen entrevistas viejas, algunas no tanto. Lo critican. Lo idolatran. Lloran.

En medio del dulce dolor de empezar a despedirlo surge lo que cada uno tiene adentro, la mezquindad de un gobierno que no entiende a su pueblo. La grandeza de un pueblo que despide a quien supo poner palabras a lo que, de alguna manera, nos pasa y nos pasó a todos.

Leé más: ¿Quién escribirá su historia?

El Indio

Nunca fui ricotera igual estoy triste. Me inunda una orfandad rara. Tengo la sensación, creo que como muchos, de haberme quedado sin referentes. No siempre me cayó bien, no siempre entendí que decía, no siempre estuve de acuerdo con él y a pesar de eso comparto la mayoría de las cosas. Como dicen por ahí, nos representa. Tiene “eso que somos”, como el Diego, imperfectos, bocones, pendencieros, mal hablados, leales, honestos, compañeros, solidarios.

Ya es domingo, el cielo está nublado desde el viernes, el sol también está de luto. Dicen que un millón, dicen que más. Los que menos dicen hablan de siete kilómetros de fila, todo para decirle chau, para dejarle una flor, un gorrito, una bandera. Todo para dejar de vivir tan virtual y volvernos un poco más reales. Todo para buscar el abrazo y la compañía, es que parece que el dolor duele menos si nos dan la mano. Nadie convocó tanta gente en tan poco tiempo. Se sumaron las plazas de los barrios, los que nunca fueron a “misa”, los que fueron a todas. Se sumaron los grandes, los chicos, es de todos, fueron todos, fuimos todos, hasta los que no fuimos.

El pogo más grande del mundo.

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