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Nunca se puso en guardia con la vida

Nicolino Locche, el Intocable, representó el revés de la trama: tocar, no pegar. Malabarismo de la más pura esencia. Acariciar, bailar, escapar y, de improviso, irse a las barbas de su oponente, poniéndole la cara para que le “peguen” y desaparecer de la escena.

Nunca se puso en guardia con la vida
El Diario Sur

Nicolino Felipe Locche nació en Tunuyán, Mendoza un 2 de septiembre de 1939. Hijo de inmigrantes italianos que llegaban al país alejándose del conflicto de la Segunda Guerra Mundial. De chico se enamoró del boxeo, comenzó su carrera como amateur a los 9 años en el Mocoroa Boxing Club con quién fue su primer maestro Francisco Paco Bermúdez. Como aficionado ganó 122 peleas, con apenas 5 derrotas. y debutó como profesional a los 19 años en 1958, ganándole a Luis García por nocaut en el segundo round. En 1966 ingresa a la categoría welter junior y logra a la coronas nacional y continental. Era un púgil muy rápido y habilidoso, con un estilo propio de boxeo, donde se destacaba por su virtud para el esquive veloz, de los feroces latigazos que sus rivales querían propinarles.Deportivamente Nicolino Locche se caracterizó por su gran defensa la cual le adjudicó su apodo y sus ataques efectivos e inesperados. Fue el primer boxeador de su país que logró llevar público femenino a sus combates, hoy en día es considerado un símbolo del boxeo argentino junto a Carlos Monzón y Pascual Perez. Les ponía su cara al descubierto, como provocándolos descaradamente y cuando lanzaban sus puños, es ya los había "gambeteado” y estaba en otro lugar del ring, para mostrarle nuevamente su cara. Sus peleas eran verdaderos shows de habilidad e ingenio, el público se emocionaba y él a su vez iba cosechando popularidad.La misma popularidad del "Intocable”, como lo apodaban, comenzó a crecer, llenando el Luna Park en cada una de sus presentaciones. Participó en 127 peleas como amateur y en 136 como profesional entre 1958 y 1976. Su eterno romance con el Luna Park duró toda la década del 60 y principios de los 70, cuando peleó por los títulos argentinos y sus defensas del título mundial welter juniors.Para llegar a ese galardón tuvo que viajar hasta Japón para enfrentarse al campeón, el haitiano Paul Takeshi Fuji, el 12 de diciembre de 1968, noche histórica en la que Nicolino brindó una exhibición en la que enloqueció a su rival con sus amagues, sus fintas y una izquierda disfrazada de látigo.El ring se asemejó a las arenas donde un toro embravecido era humillado por el matador. Uno, la fuerza, la enjundia; el otro, el talento y la inteligencia para pegar y no dejarse castigar, para transformar un deporte eminentemente violento en un espectáculo basado en el engaño y la picardía.Fuji no sale al décimo round y el sueño se cumple: nuevo monarca, de la mano de su amigo y entrenador, Francisco Paco Bermúdez y el siempre presente Tito Lectoure. El país se estremece por la hazaña, Mendoza delira con un hijo que pone su nombre en consideración del planeta."Fue la exhibición del más grande boxeador extranjero que jamás hayamos visto en un ring japonés. Un verdadero sensei", dijo un comentarista nipón sobre aquella proeza. Es que siempre fue difícil, más en aquella época, ser torazo en rodeo ajeno.Después se suceden las defensas de su título 6 veces ante Manuel Jack Hernández, Carlos Hernández, Joao Henrique, Adolph Pruitt, Antonio Cervantes y Domingo Barrera Corpas en Buenas Aires y la reconfirmación de la leyenda. Locche ya es el intocable en todo el planeta y los porteños se rinden ante los guiños, saludos y sonrisas que el campeón dispensa a la multitud en medio de las rounds.Locche fue protagonista de noches gloriosas en el Luna Park y fue uno de los ídolos más grandes que dio el boxeo argentino. Durante un montón de años, el sábado a la noche fue casi una religiosa "obligación” ir al Luna. Nadie podía faltar. "Hoy pelea Locche”, era la consigna que se pasaba de boca en boca. Y el coliseo de Corrientes y Bouchard, repleto hasta por los codos, moría ante cada finta de Nicolino, ante cada esquive, ante cada gambeta, ante cada conejo que salía de su galera burlona, casi infantil. El imán de su figura convocó a muchas generaciones. No había límites para la alegría. Nadie iba a ver "sangre”, todos querían ver al mito que ganaba sin un golpe. Por ese estilo fue conocido y el recordado como el "Intocable”. En cada una de sus presentaciones llenaba el Luna Park, y fue tan popular que comenzó a asistir el público femenino y el famoso "ole del futbol”, también comenzó a escucharse en cada mágica gambeta que le hacia a los golpes al aire de sus contrincantes.Cinco noches en el Luna para defender su título y siempre el mismo resultado: vencedor por decisión de los jurados, su cara casi intacta y los rivales con ganas de pegarle a algo. Son clásicas sus poses agazapado o girando la cintura contra las cuerdas para sentir el aire silbando junto a su rostro. Son risueñas las anécdotas que dicen que fumaba un cigarrillo o dormía una siesta minutos antes de sus combates.En su extensa campaña profesional, que se inició el 11 de diciembre del '58 cuando doblegó por nocaut en el segundo asalto a Luis García, Nicolino fue campeón mendocino ligero, argentino y sudamericano liviano y mundial welter juniors de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). Luego de defender exitosamente el título ante el Morocho Hernández, Joao Henrique, Adolph Pruitt, Domingo Barrera y Antonio Kid Pambelé Cervantes, el 20 de marzo del '72 lo resignó por puntos ante a Alfonso Peppermint Frazer. Un año más tarde trató de recuperarlo en Maracay, pero cayó por nocaut en la novena vuelta frente a Kid Pambelé. El 7 de agosto del '76 en el Hotel Llao Llao de San Carlos de Bariloche, frente al chileno Ricardo Molina Ortíz, colgó definitivamente los guantes. Muchos sostienen que más que un boxeador, Nicolino fue algo así como un showman del ring, capaz de cruzar palabras con algún reportero gráfico mientras bloqueaba golpes entre el encordado. Por eso, también lo apodaron Chaplin y cuando peleaba, los aficionados decían que el Luna Park tenía un encanto especial. El ídolo tuvo un récord profesional de 103 victorias (14 antes de límite), cuatro derrotas y una sin decisión. El ex monarca mundial welter juniors de la AMB fue quien le quitó dramatismo a una de las más duras disciplinas deportivas. Esa fue una noche de múltiples emociones para la finta mayor en la historia del pugilismo argentino. "Total esta noche, minga de yirar, si hoy pelea Locche en el Luna Park", reza un pasaje del tango de Chico Novarro, que inmortalizó su nombre. Si hasta parecía que se burlaba de sus oponentes cuando les ponía la cara, para luego hacerles errar ráfagas de cuatro o cinco golpes. Después, les palmeaba la cabeza como excusándose. Un artista, un genio, un mago del cuadrilátero. Cuentan las crónicas de aquella época que antes de subir al ring para pegarle la paliza de su vida al hawaino Paul Fuji y arrebatarle la corona mundial en aquel epopéyico 12 de diciembre del '68 en Tokio, Japón, alguien le preguntó a Locche: "¿Qué sintió antes de semejante pelea?". A lo que Nicolino, con gesto sobrador, respondió: "¿Qué pelea?" El Intocable fue el boxeador más exquisito y talentoso en el arte de la defensa. No necesitaba pegar para adjudicarse el round, simplemente marcaba los golpes. Alguien que desconcertaba arriba y abajo del ring. Parecía desinteresado de todo y de todos. Además de su inagotable magia, siempre lo acompañó el cigarrillo, traidor que le envenenó el cuerpo desde los 13 años y le provocó afecciones pulmonares y problemas cardíacos desde siempre.El cigarrillo fue su peor rival, el que le venía aguantando algunos rounds en los últimos tiempos. En setiembre del '94 fue sometido a una operación de triple by pass debido a una insuficiencia cardíaca por su gran adicción al tabaco. En julio del '98, y enero de 2000, una insuficiencia cardiopulmonar descompensada debido a su enfermedad pulmonar obstructiva crónica lo tuvo al borde del nocaut. Locche está considerado como un prócer del boxeo argentino, algo así como una atracción turística mendocina, puesto que todo aquel que visita la tierra del sol y del buen vino quería verlo y estrecharle la mano. Se podrán discutir algunos matices de su vida privada, pero sobre un ring fue único, incomparable, irrepetible. En el año 2003 ingresa al Salón Internacional de la Fama del Boxeo junto a George Foreman y el jamaiquino Mike McCallum. Su última aparición pública fue el 24 de agosto de 2004, cuando recibe en su domicilio el cinturón de campeón mundial que había ganado en Japón, ya que esa vez le habían dado una réplica. Locche una semana antes de morir había recibido de las autoridades de la AMB el cinturón de campeón mundial que nunca había poseído. El legendario boxeador fue declarado "Ciudadano Ilustre de Mendoza", el 29 de abril de 2004 en un acto en que cual participó de la presentación del libro autobiográfico que se titula "La Leyenda del Intocable", de un vino que lleva su nombre y de un documental sobre su vida. De este modo, el Concejo Deliberante de la Ciudad de Mendoza y del departamento provincial de Tunuyán cumplieron con una asignatura pendiente con uno sus hijos dilectos, el más célebre en el boxeo. Locche acababa por entonces de mejorarse de una afección cardio respiratoria, a raíz de una angina de pecho, por la que permaneció internado cinco días. Esa fue una noche de múltiples emociones para la finta mayor en la historia del pugilismo argentino. El maldito cigarrillo le ganó la batalla más importante y se lo llevó a los 66 años en su Mendoza natal, el miércoles 7 de septiembre de 2005.  Su corazón dijo basta, su recuerdo seguirá vivo, porque los grandes artistas siempre permanecen presentes en la memoria colectiva.Locche está considerado como un prócer del boxeo argentino, algo así como una atracción turística mendocina, puesto que todo aquel que visita la tierra del sol y del buen vino quería verlo y estrecharle la mano. Se podrán discutir algunos matices de su vida privada, pero sobre un ring fue único, incomparable, irrepetible. Nicolino Locche fue un boxeador entrañable no sólo porque su personalidad irradiaba ternura, sino porque su estilo tan singular alimento la imaginación de casi tres generaciones. El mendocino estuvo lejos, sin embargo, de ser un "púgil argentino autóctono”. El público en general, al que le costó aceptar a Cirilo Gil, otro estilista de enorme talento, prefería a peleadores explosivos: Gatica, Bonavena, Saldaño. Pero el arte de Nicolino pudo más y enseguida se transformó en el preferido de la muchedumbre, inaugurando - hace más de 30 años - el "ole, ole, ole”, que mucho después se popularizó como un desdén dedicado a aquellos que la "ven pasar”. Indudablemente, Locche reivindicó la necesidad de volcarse a la frescura y a la inocencia en un deporte tan destructivo, apelando tan sólo a las fantasías, a los garabatos de sus alocados esquives. Lo suyo fue la adjudicación de una mirada estética al boxeo universal, donde se movieron imágenes, libres de toda culpa. Cualquiera que busque una vía de escape hacia la realidad (la tan cotidiana de hambre, miseria, desocupación, secuestro y violencia) y ansía que le hablen con letra concreta, tiene que buscar la proximidad de una voz que le cuente sobre Locche. El único e irrepetible boxeador que siempre le escapó a la solemnidad. Nicolino fue quien inventó la ficción en el boxeo. Le quitó dramatismo. Le agregó belleza. Le impuso el ritmo perfecto de los paisajes dibujados en el aire. Fue, en todo caso, el arquitecto más perfecto para diseñar a la autenticidad.