Nació en el barrio de Monserrat, de la ciudad de Buenos Aires, y se crio en Paso del Rey. En enero cumplió sesenta y nueve años, y unos treinta y cinco de carrera. Una carrera comprometida, de lucha y esperanza; de profundas tristezas y una búsqueda incansable por la verdad.
-Nunca dejó de cantar canciones comprometidas, que condenan las desigualdades. ¿No lo condiciona?
-No, eso es algo que ya superé. En su momento tuve la preocupación de no quedar encerrado en el perfil de cantautor comprometido. Pero después entendí que así también no puedo obligarme ni obligar a mi familia a inventar limitaciones económicas. Ni dejar de disfrutar de la diversión o del ocio. Lo que tengo me lo gané trabajando y no disfrutaría de lo que tengo si me negara a colaborar cuando me llaman de un comedor o de Abuelas de Plaza de Mayo, por ejemplo.
-¿Alguna vez se sintió juzgado por lo que tiene?
-Sí. Hay un prejuicio consistente en que uno debería vivir de acuerdo a lo que canta. Es imposible.
Una vez bajé de mi auto, de una marca alemana, y me dijeron despectivamente: "Miralo, tiene un auto importado. No puedo explicarle a cada persona que el auto es del 81 y que cuesta 3.000 pesos. También me criticaron cuando me mude a un barrio privado de Pilar. No me interesa. No tengo contradicciones; sé quién soy.
El 17 de junio de 1976, cuando Víctor Heredia todavía pertenecía a la juventud comunista, en los inicios de la dictadura militar, un grupo de tareas irrumpió en la casa de Paso del Rey donde vivía su hermana María Cristina, docente. La mujer que estaba embarazada fue secuestrada y desaparecida junto a su pareja, ante la mirada de Yamila, la hija de ambos, de dos años. "Al poco tiempo, mi papá murió de dolor", recuerda Heredia, quien debió cuidar de su madre y su sobrina, buscar a sus familiares desaparecidos, y sobrevivir vendiendo flores plásticas, chorizos y libros, o componiendo unos jingles desde el anonimato.
- ¿Alguna vez se preguntó cómo fue que se salvó de que lo secuestraran también?
-Bueno... sufrí un intento de secuestro y constantes persecuciones. Pero creo que muchos artistas conocidos nos salvamos por el asesinato de Víctor Jara en Chile. Fue tanto el repudio mundial a ese crimen de la dictadura de Pinochet que acá se prefirió al desaparecido ignoto que al popular. Es siniestro. La muerte de Jara nos salvó la vida. Lo lamento tanto por los otros 30.000...
- Alguna vez dijiste que te quedó la culpa de haberle inculcado la militancia a tu hermana.
-De vez en cuando me asalta la duda. Sobre todo desde que leí en el diario un informe firmado por Albano Harguindeguy. Ahí figuraba mi nombre y los de 500 tipos, 49 de los cuales están desaparecidos. Se les pedía a los servicios que nos investigaran, persiguieran y exterminaran. Pero lo que más me golpeó es que se pedía que se hiciera lo mismo con los familiares. Me dije: No se la agarraron conmigo sino con ellos. Nunca me había puesto a pensar en que yo había tenido relación con aquellos secuestros, en que habían sido mi culpa. Leer eso me mató.
-¿Tiene esperanzas de encontrar a su hermana?
-En el 2013 por primera vez nos dieron datos certeros. Participé en varios organismos, como la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Tuve y tengo una estrechísima relación con Hebe (Bonafini), HIJOS y la Línea Fundadora de Madres. Canté en casi todos los espacios del terror que se abrieron para ejercitar la memoria. Y tuve el triste y penoso privilegio de contactarme con muchos compañeros detenidos sobrevivientes. Pero nadie supo responder ese interrogante familiar que tuvimos de si alguien había visto a mi hermana y su pareja, Nico, en algún centro clandestino.
-¿De qué se enteró en el 2013?
- Los chicos pertenecían al Partido Revolucionario de los Trabajadores, trabajaban para la prensa. Y empezaron a desarrollar esa tarea después de manifestar divergencias ante la cúpula del Partido Comunista, que terminó retirándoles sus carnets. Yo renuncié al partido en 1978, y ninguno de sus camaradas me informó de aquellos alejamientos
-¿Por qué le resultó llamativo?
- Porque soy una persona pública, y frente a un hecho de tanta gravedad, lo obligatorio desde el punto de vista político, siendo yo en aquella época un integrante del PC, era que me contaran lo que había pasado con mi hermana y mi cuñado. Pero esas son anécdotas
¿Cómo se enteró del secuestro?
Por mi papá, que vivía en Paso del Rey, muy cerca de la casa de ellos. El grupo de tareas dejó a Yamila en una ventana del vecino de Cristina, y el hombre lo llamó a mi viejo inmediatamente. Papá no quería que lo acompañara, estaba preocupado, "¿y si me lo llevan a Víctor también?". Pero no podía hacer otra cosa, era mi hermana, mi cuñado. Fuimos a todos lados, a comisarías, al Edificio Libertador, redactamos hábeas corpus, lo denunciamos en el exterior. Pero el viejo aguantó nueve meses, murió de tristeza.
¿Y su mamá?
Estuvo realmente muy mal, pero la situación de Yamila le produjo un clic en la cabeza, para bien. De repente se quedó sin nada: sin su hija, sin su marido, con un hijo perseguido y una nieta de dos años a la deriva. Pero se repuso, crio a Yamila, hizo de mi sobrina una persona extraordinaria, que hace poco le dio una bisnieta. Sin Yamila, mi vieja se hubiera hundido definitivamente.
-¿Qué secuela le dejó esta situación?






