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De Monte Grande a Qatar: la experiencia de una joven que fue a "hacer temporada" por el Mundial

Camila Piris tiene 25 años y está instalada desde hace dos semanas en Doha. Trabaja como moza en un restaurante y cuenta los mitos y verdades sobre el país organizador de la Copa del Mundo. Locura por la Selección Argentina.

Apenas unos días antes que la Selección de Scaloni, Camila Piris, una joven de Monte Grande de 25 años, se instaló en Doha, capital de Qatar, para trabajar como camarera en un restaurante italiano, el cual comenzó a tomar nuevos empleados por la alta demanda que tendrá durante el Mundial.

“Mi primera impresión en Qatar fue haber llegado a un aeropuerto de lujo en el que no entendía bien si era un shopping, un aeropuerto o una ciudad con techo. Había mucha gente, escaleras y ascensores”, recordó Camila. Y comparó: “Cuando salí del aeropuerto, me topé con un calor insoportable que me hizo acordar a los peores veranos en El Jagüel, que no podías estar en la calle y los locales cerraban por la siesta”.

El insoportable calor de Qatar, que incluso hizo que la FIFA pospusiera por primera vez en la historia la fecha de realización del mundial, es uno de los tantos puntos a considerar para quienes vayan. Los otros, son más bien culturales: la homosexualidad, el alcohol y el trato a las mujeres.

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En el primero de los aspectos, Piris desmitificó: “Mi jefe es homosexual y está viviendo acá. No tiene su pareja, pero tampoco se tiene que andar escondiendo”. En ese sentido, añadió: “Lo que he visto es a musulmanes agarrados de la mano, del dedo meñique. También me contaron que se saludan con besos en la nariz, aunque no lo vi personalmente. Son bastantes contradictorios con lo que puede hacerse y lo que no. Para nosotros no se entiende, pero para ellos tiene muchísima lógica”.

Así como Qatar no permite la homosexualidad, tampoco ve con buenos ojos el afecto heterosexual en público. “En la ciudad no se ven muestras de afectos. Sin embargo, yo vivo como en los subsurbios de Doha, que no deja de tener departamentos lujosos, y en la calle se suelen ver parejitas escondidas besándose”.

Camila Piris contó también que “para comprar alcohol tenés que tener carnet de residencia”. Sobre eso, explicó: “También venden alcohol en algunos restaurantes y adentro de los hoteles, donde una botellita de Corona puede estar alrededor de $3.000, pero no existe eso de comprar alcohol y tomarlo en la casa”. La actividad nocturna, por su parte, también está limitada: “Hay discotecas adentro de los hoteles. Todo termina hasta las 2 de la mañana. No sé cómo será cuando empiece el mundial. A esta altura del año, acá es de noche desde las cinco de la tarde hasta las cuatro de la mañana”.

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Camila Piris

“Hay hindúes que son fanáticos de Argentina, como si la selección fuese un artista. Ahora están haciendo eventos para aprenderse las canciones y demás. La ciudad está empapelada con banderas de todo el mundo, con el emblema y la mascota de Qatar. Es como Navidad pero del mundial”.

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Mitos y verdades sobre el trato a las mujeres

Entre los rumores que circulan sobre la sociedad qatarí, se encuentra un supuesto maltrato hacia las mujeres. Sin embargo, para Camila Piris, esa versión no es tan así, aunque en muchos lugares “recomiendan taparse las rodillas y los hombros”.

“En la cultura qatarí, la mujer está diferenciada de la humanidad como algo diferente. No está en la lógica de los hombres hacerle daños a las mujeres”, contó a El Diario Sur. Y agregó: “Muchas veces la mujer tiene la razón e incluso un lugar de privilegio: si le hablás, tocás o mirás de más, la mujer habla con la policía y el hombre puede ir preso directamente, sin preguntarle bien qué pasó o pidiendo pruebas. Ante esto, el hombre se comporta muy natural con nosotras: quiere ayudarte o asistirte pero sin pedirte el número o halagarte”.

En ese sentido, Piris recordó una secuencia que vivió en Doha, donde los prejuicios la llevaron a confundirse: “Estaba en un supermercado y un hombre se me acercó para preguntarme si necesitaba ayuda con los precios. Empecé a titubear, temblar y sudar. Le contesté mal y le dije que no. Después me di cuenta que era el dueño del supermercado y que estaba ayudando a todos por igual”.

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