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Un largo camino a casa

Ricardo Varela.

De repente el hombre se paró frente a la vieja casa de piedra de un pequeño pueblo perdido en el mapa, en la provincia de La Coruña, España.

A esta altura, el hombre, ya incorporó el “A Coruña” con el que “os galegos” defienden su idioma.

La casa vacía y deshabitada, pero cuidada, destila pasado, presente y futuro.

El hombre contempló en silencio, observó detalles, imaginó como si pudiera transportarse y viajar en el tiempo. Luego abrió la puerta desvencijada pero firme, hecha de uno de esos robles destinados a no morir nunca. Caminó y dejó que el sol del verano le tocara la cara a través de una ventana intacta que no denota sus casi 200 años.

El hombre se sentó en el piso de la casa vacía, cerró los ojos en silencio y recibió la información celeste que había ido a buscar. Aún sin saber qué sucedería había sentido la necesidad de hurgar en su raíz, de saber de dónde venía (para elegir dónde ir).

Con los ojos cerrados el hombre escuchó las voces, llantos y risas de la casa ahora vacía. Eran ancianos, jóvenes y niños, había música de gaitas y panderetas. Todo el resto lo completó el relato oral, ese que se trasmite de generación en generación. Que a veces resulta impreciso pero se vuelve necesario para quienes, como él, quieren “conocer” de su pasado. Un poco para entenderlo y otro para honrarlo.

El hombre había escuchado de su padre miles de relatos en primera persona, descripciones de lugares y situaciones que ahora quería (re)vivir.

El padre del hombre había nacido en esa casa hace casi 100 años. Creció allí hasta encarar el desafío de muchos de sus contemporáneos durante el siglo pasado: “hacer la América”.

Algunos escapados “políticos” o como consecuencia de la hambruna de la pos guerra civil española y otros en busca de un mejor porvenir, cientos de miles de españoles llegaron al puerto de Buenos Aires para quedarse. Aquí los recibió un país bien distinto al actual, lleno de oportunidades para aquellos que estuvieran dispuestos al sacrificio. Y en eso de no ahorrar una gota de sudor, el padre del hombre había forjado una familia.

Entre las gruesas paredes de piedra de la casa gallega el hombre linkeó nombres y hombres y mujeres. Revivió historias y se sintió “completo” por primera vez en mucho tiempo. Entonces se preguntó, ¿por qué no había ido antes? La respuesta llegaría algunos días después: fue a tiempo.

A tiempo para conocer historias de su papá de pequeño que le contaron otros. A tiempo para saber cómo era la vida en la vieja aldea, llena de necesidades y sin los servicios ni el avance actual. “En menos de un siglo pasamos del carro tirado por vacas a los tres coches cero kilómetro por casa. De las velas y el fuel oil, a los 500 megas de internet. De calentar la casa con los animales del establo abajo, a la calefacción central”.

El hombre pensó entonces cómo habría sido ese contraste para su padre. Cómo 30 días de barco habían separado aquella vida de aldea de la pujante Buenos Aires pretenciosa y llena de oportunidades. “Verdaderos gladiadores, nosotros a su lado somos remiseros”, recordó y parafraseó un libro de Fernández Díaz. También vió con algo de tristeza como aquella vieja realidad había evolucionado directamente proporcional a la involución de la Argentina.

Al hombre solo le falta un deseo: ver el Depor en el Riazor. Lejos quedaron aquellos tiempos de gloria del “superdepor” que en 1994 casi da el batacazo de ganar la Liga. Hoy deambula a mitad de tabla de la tercera división del futbol español. “Del Depor y del Rojo”, así se resume la pasión y el punto de encuentro de dos hombres unidos por el Atlántico. Juntos habían visto coronarse rey al Rey de Copas en los 70. Juntos, sufrieron el penal del final malogrado por el croata Djukic en el 94 que le dio el título al Barcelona.

El hombre compró entradas para el sábado 27 de agosto a las 14:30. El Depor juega en el Riazor contra un rival llamado pretenciosamente “Internacional”. Fila 32, asientos 17 y 18. Algún distraído pensara que el hombre alentará solo.

Buena semana.

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