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La herrería de Mario Erregue, una cápsula del tiempo en San Vicente que mantiene la vigencia

Tiene 78 años y está en el oficio desde los 15. Es uno de los pocos herreros que todavía hace reparaciones de carros. Su herrería es un punto de encuentro para trabajadores de diferentes rubros.

La herrería de Mario Erregue es una cápsula del tiempo ubicada a tres cuadras del centro de San Vicente. Piezas y ruedas de carros y de sulkys, patentes de la década de 1930, una colección de marcas para ganado, la fragua con la pava para el mate y con los hierros al rojo que luego se moldearán a mazazos… Esas son algunas de las imágenes que se pueden encontrar en el taller ubicado en la esquina de Sargento Cabral y Alsina, que atienden Mario y su hijo Juan Cruz.

Mario Erregue, el herrero histórico de San Vicente

Nacido en San Vicente el 28 de febrero de 1944, Mario Erregue tiene 78 años, aunque no los aparenta, y todavía tiene agilidad para andar “a los golpes con los fierros”. Desde adolescente sus padres le pidieron que trabaje, para ayudar a la familia, y empezó a aprender el oficio de ser herrero. “Empecé en la herrería del señor Torrano. No me pagaba, yo iba para aprender. Hasta que unos años después me fui de ahí y pude alquilar otra herrería que cerraba. Me aconsejó Víctor Elso, el ferretero, que era muy amigo mío. Después me mudé para esta esquina, donde todavía seguimos”, resume su historia Erregue en una charla con El Diario Sur en su herrería.

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Mario Erregue y su hijo Juan Cruz, trabajando una pieza en su herrería de San Vicente.

Mario Erregue y su hijo Juan Cruz, trabajando una pieza en su herrería de San Vicente.

Mario se formó en el oficio y se especializó en los carros y sulkys. En sus años de juventud, en las décadas del 60 y 70, eran el medio de transporte habitual para la mayoría de los vecinos, por lo que la demanda era alta. “Segba (actual Edesur) se manejaba con carros para colocar los postes de luz, la municipalidad hacía la recolección de residuos en carros, los traslados fúnebres también, y los paisanos para venir hasta el pueblo… había carros a montones”, relata, siempre protegido por la sombra de su boina criolla.

Con su vida dedicada al oficio, Mario ha sido testigo desde su lugar de trabajo de los múltiples cambios que atravesó la sociedad en las últimas décadas. Los carros, que antes eran la norma, hoy solo quedaron para el nicho de los tradicionalistas. Y las rejas, que hasta hace 20 años eran solamente decorativas, ahora son una medida de seguridad indispensable para todas las casas de San Vicente.

Mario repasa todas estas transformaciones y sus ojos claros se empañan de lágrimas al recordar los “muchísimos amigos” que paraban en su herrería por un mate, una charla, eventualmente un asado. Muchos siguen yendo, otros fallecieron. La lista es larga, desde el folklorista Omar Moreno Palacios, hasta el Padre Maffia, destacado cura y bombero de San Vicente.

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La herrería de Mario Erregue en San Vicente.

La herrería de Mario Erregue en San Vicente.

De todas formas, agradece que nunca le falta trabajo. “Con el tema de los carros viene gente de todos lados, hasta de Bahía Blanca. Porque ya no quedan herreros en los pueblos, se han ido muriendo y nadie los reemplaza, soy el único que sigue”, cuenta. Y agrega: “Mayormente se usan para desfilar, para dar una vuelta en el campo. Y al tener tan poco uso no se rompen nunca. Pero conseguir los repuestos es cada vez más difícil”.

Junto a su hijo Juan Cruz, han participado en desfiles tradicionalistas en toda la provincia y también en La Rural de Palermo. Sus trabajos han recibido reconocimientos, aunque para Mario, el más importante es el de la confianza de sus clientes. “Nunca me han traído una queja”, señala.

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Mario Erregue junto a su hijo Juan Cruz y su empleado.

Mario Erregue junto a su hijo Juan Cruz y su empleado.

La rutina de Mario empieza todos los días a las siete de la mañana, hace un corte al mediodía, y sigue trabajando durante la tarde. Después se da una vuelta por la Sociedad Española, ya no a jugar pero sí a ver partidos de paleta, hacer alguna apuesta, jugar al truco, compartir una cerveza con amigos.

No se plantea la posibilidad de retirarse, aunque ya está cerca de los 80. “Es que me encanta laburar, es mi vida”, explica. Igualmente reconoce que ya no tiene paciencia para algunos trabajos de precisión que prefiere delegar, y también reniega por la economía: “Me revienta estar todos los días pasando un precio distinto. No me gusta decirle a la gente lo que valen las cosas”. Por último, da un mensaje para “los jóvenes”: “Que aprendan un oficio. No se van a hacer millonarios, pero no les va a faltar el trabajo, que es lo más importante”.

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