Yo siempre hablo, cuando hablo de estas fechas —ya pasamos unos cuantos 24 de marzo—, de mi abuela Nelly. Porque mi abuela Nelly fue Madre de Plaza de Mayo. En realidad, ninguno de sus hijos desapareció, sino que el que desapareció fue su sobrino, Walter Carrizo. Hasta el día de hoy no sabemos qué pasó con él. La mamá de Walter, la cuñada de mi abuela Nelly, ya había muerto.
A 50 años del golpe cívico-militar, la pregunta que sigue abierta es: ¿dónde están?
Una historia familiar y una frase que interpela este 24 de marzo: la deuda sigue siendo saber dónde están. Por Nico Varela.
Entonces, cuando iba a la Plaza de Mayo, la que iba era mi abuela Nelly. Por eso siempre hablo de ella. Pero hoy no quería hablar de mi abuela Nelly. Hoy quería hablar de mi abuela Marta.
Porque mi abuela Marta es de esas abuelas que muchos conocemos, que muchos tenemos: una persona dulce, todo lo dulce que se puede ser, sin peros, y con un pensamiento apolítico. De esas personas que dicen: “a mí la política no me gusta, a mí nunca me ayudó nadie, a mí nunca nadie me dio nada”.
De hecho, mi abuela Marta siempre contaba que cuando iba a votar hacía así: “¿qué día soy? 17 de octubre… bueno, a ver: 1, 2, 3, 4… 18”. Y elegía así. “Mirá, hijo —me decía—, los políticos al fin y al cabo son todos chorros, en este país nunca hubo ninguno honesto”. Una especie de cambalache constante.
Nunca fue peronista, nunca. Tampoco radical. Vive todavía hoy frente al Pozo de Banfield, la comisaría sobre la calle Luis Siciliano, que fue un centro clandestino de detención. Debajo de donde hoy hay un parque donde se juega a la pelota, había calabozos donde hubo gente detenida y desaparecida, “chupados”, como decían las señoras.
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Me contaba —yo a mi abuelo no lo conocí— que cuando mi mamá y mi abuelo llegaban en auto, tenían que bajar a una cuadra de la casa e ir caminando con las manos levantadas hasta entrar. Mi abuela nunca fue de decir “algo habrán hecho” ni “al que se portaba bien no le hacían nada”, pero tampoco tenía ese discurso constante. No fue kirchnerista, le pesificaron la jubilación como a tantas abuelas, y aun así nunca lo fue. Era más bien como un personaje de Enrique Pinti, de esa época, muy de mirar a Susana Jiménez.
Por eso siempre hablo los 24 de marzo de mi abuela Nelly, que fue Madre de Plaza de Mayo durante un tiempo. Pero nunca hablo de mi abuela Marta. Y este año me vino ese recuerdo.
Además, ahora termino y me voy a su casa. Porque al vivir frente al Pozo de Banfield, ayer, cuando veíamos a los chicos en el acto, nos preguntábamos: ¿Cuál es el recuerdo más chico que tenés de un 24 de marzo? ¿De haber escuchado hablar de la dictadura? Porque acá está mi nene, que me trajo una escarapela con el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo, pero todavía es muy chico para explicarle todo lo que pasó.
Uno de los recuerdos de más chico que tengo es justamente de esos actos frente a la casa de mi abuela, frente a esa comisaría. Mi abuela miraba, y cuando empezaban a llegar algunos con la cara tapada decía: “no, no, no, esto no es un reclamo de justicia”. Se daba vuelta, se iba y nos metía adentro. Éramos chicos, y a veces la situación se desbordaba.
Y me quedó también el recuerdo del día que murió Videla. Fue el 17 de mayo de 2013. Yo tenía 20 o 21 años. Por alguna razón, ese día estaba en la casa de mi abuela Marta. Y Videla murió en el baño de una cárcel.
Yo, con esa edad, en ese contexto, pensé que era una celebración. Fui a contarle: “abuela, se murió Videla”. Esperaba otra reacción. Pero mi abuela no sonrió, no se puso contenta, no celebró. Insistí: “abuela, se murió en la cárcel, en el baño…”. Y mi abuela seguía igual, con una mezcla de tristeza y decepción.
Hasta que le pregunté: “abuela, ¿por qué no estamos celebrando?”. Y ella, con esa autoridad que tiene la mamá de tu mamá, después de toda una vida siendo apolítica, me miró a los ojos y me dijo:
“Porque ese hijo de puta se pudo morir sin haber dicho dónde estaban los pibes”.
“El desaparecido, en tanto esté como tal, es un incógnito. Si apareciera, tendría un tratamiento. Si se supiera que murió, tendría otro. Pero mientras sea desaparecido, no tiene entidad: no está. Ni muerto ni vivo. Está desaparecido”.
En el Diario Sur nos ha tocado contar noticias horribles. Jubilados a los que les pegan para robarles, gente asesinada, accidentes de tren, de auto, del hogar. Bomberos que intentan reanimar bebés. Familias enteras que mueren en un choque. Personas que pierden partes de su cuerpo. Gente torturada, abusada, lastimada.
La gente se lastima, la lastiman, la matan. Pero la gente no desaparece.
Ese término se inventó para no responder dónde están. Porque los mataron, los torturaron, los tiraron al mar. Pero la gente no desaparece.
Videla ya murió. Y tuvo la suerte de morirse sin decir dónde estaban. Pero hay muchos que siguen vivos. Astiz está vivo. Acosta está vivo. Y hay muchos más, presos hace años, que todavía no dicen dónde están.
Por NIco Varela, en el programa Buenos Vecinos de hoy 24 de marzo de 2026, que se puede ver y escuchar de lunes a viernes de 9 a 12 por el canal de Youtube El Diario Sur en Vivo o por FM 88.7.

