Lo que no vemos de nosotros

Por Mónica Dreyer.

Hay una idea que suele incomodar cuando aparece en un proceso de coaching: no todo lo que hacemos es visible para nosotros mismos. A eso, desde distintos enfoques, se lo llama “ceguera cognitiva”. En términos simples, es ese punto ciego donde operamos sin darnos cuenta… y donde, muchas veces, se juegan nuestras relaciones y resultados. En el ámbito del coaching ejecutivo, este fenómeno aparece con frecuencia en la comunicación. Personas altamente capacitadas, con buenas intenciones, se sorprenden cuando reciben devoluciones sobre su estilo: “sos muy imperativo”, “sonás cortante”, “parece que juzgás”. La reacción habitual no es la negación total, sino una mezcla de desconcierto y defensa: “Pero si lo dije bien”.

Y probablemente lo hayan dicho “bien” desde su propia percepción. El punto es que comunicar no es solo lo que se dice, sino cómo se dice. El tono, los gestos, la velocidad, las pausas, incluso una palabra elegida sin demasiado registro puede transformar una descripción en un juicio, o una invitación en una orden. Aquí aparece lo que en coaching llamamos la “zona de no sé que no sé”. No es ignorancia consciente, sino desconocimiento invisible. No sabemos que estamos generando determinado efecto en otros, y por eso no lo cuestionamos ni lo revisamos.

La buena noticia es que este punto ciego no es fijo. Se puede iluminar. A través de la escucha activa, el feedback honesto y el entrenamiento en observación, empezamos a percibir esos detalles que antes pasaban desapercibidos. Y ahí ocurre algo potente: no se trata de cambiar quiénes somos, sino de ampliar nuestra forma de estar con otros.

Porque, al final, no alcanza con tener razón. También importa —y mucho— cómo llegamos al otro.

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