Las trayectorias universitarias ya no avanzan, necesariamente, según lo previsto. Para muchos estudiantes del sur del conurbano bonaerense, sostener una carrera implica hoy atravesar una ecuación cada vez más difícil entre horarios laborales, costos de transporte, materiales de estudio y necesidades económicas familiares. En algunos casos, eso significa ralentizar la cursada. En otros, abandonar proyectos académicos construidos durante años, como muestra el impacto de la crisis.
La situación comenzó a reflejarse con fuerza en universidades públicas de la región, donde docentes, representantes estudiantiles y alumnos aseguran que el impacto económico dejó de sentirse solamente en los márgenes y pasó a formar parte de la cotidianeidad universitaria.
Agustina, estudiante de la Universidad Nacional de Lanús, actualmente cursa una sola materia por cuatrimestre. No porque quiera avanzar lentamente, sino porque su trabajo y los horarios disponibles de cursada se volvieron incompatibles. Mantener el empleo es indispensable para colaborar económicamente en su hogar y cubrir sus propios gastos. La consecuencia directa es que una carrera pensada originalmente para completarse en alrededor de tres años terminará llevándole casi cinco.
“Las trayectorias universitarias no siempre avanzan según lo previsto. El empleo, la situación económica y los proyectos personales influyen en decisiones que modifican tiempos de cursada o incluso llevan a abandonar carreras antes de completarlas”, resumió
Otro recorrido tomó Sofía, estudiante de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Cuando le faltaban apenas tres cuatrimestres para terminar la carrera decidió abandonarla para emigrar a Nueva Zelanda en búsqueda de nuevas oportunidades
Entre las razones que influyeron en la decisión apareció el desgaste económico, la incertidumbre y la pérdida de motivación para continuar estudiando en Argentina. Aunque se trata de situaciones distintas, ambos casos muestran cómo las condiciones materiales terminan redefiniendo proyectos universitarios pensados originalmente para otro contexto.
Mientras algunos estudiantes reorganizan horarios y cursan menos materias para poder sostener un ingreso, otros directamente replantean su futuro fuera del país.
“Las preocupaciones y la angustia son constantes”
Martina Romero, presidenta del Centro de Estudiantes de Planificación y Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Lanús, aseguró que el fenómeno comenzó a profundizarse especialmente en los últimos dos años.
“Cuando empecé la universidad en 2022 no era raro encontrarse con compañeros que trabajaban y estudiaban, pero no era la mayoría, sobre todo en el primer año”, explicó.
Sin embargo, señaló que actualmente la situación cambió de manera evidente entre los ingresantes y estudiantes avanzados. “Quienes damos clases de apoyo escuchamos cada vez más cómo la situación económica se superpone ante todo. Hay estudiantes que tienen que buscar un segundo empleo además del que ya tienen o directamente aceptar cualquier trabajo disponible, aunque no sea compatible con la cursada”, detalló.
Según indicó, muchas veces eso deriva en trabajos informales, emprendimientos improvisados o changas que permitan sumar dinero rápidamente. “Las preocupaciones, la angustia y el descontento son constantes. No solo porque uno lo escucha: se nota”, afirmó.
Para Romero, el impacto no se limita únicamente a lo académico, sino también a la experiencia universitaria en general. “La universidad dejó de habitarse como espacio de encuentro. Todo el tiempo está atravesado por la urgencia. Llegar a tiempo después del trabajo, correr para tomar un colectivo, rezar para que no haya problemas con el transporte, encontrar tiempo y motivación para estudiar. Todo eso hace mucho más arduo el tránsito por la universidad”, sostuvo.
Además, advirtió que el deterioro económico empieza a afectar el acceso real y la permanencia en la educación superior. “No es solo entrar a la universidad. Después hay que poder sostenerla”, resumió.
Menos materias y aulas que se vacían
Miguel Briscas, secretario general de la Asociación de Docentes Universitarios de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (ADIULZA), advirtió que el deterioro económico ya se refleja en las aulas.
Briscas explicó que históricamente existió una pequeña diferencia entre la cantidad de estudiantes que empiezan un cuatrimestre y quienes efectivamente lo terminan. Sin embargo, aseguró que en el último tiempo la situación se profundizó.
“Antes un alumno cursaba tres materias por cuatrimestre y podía sostenerlo. Ahora el costo de dedicarle tiempo a tres materias es muchísimo”, explicó. Briscas remarcó además que muchos jóvenes consiguen únicamente empleos informales o precarios. “Los trabajos que aparecen para pibes de veinte años son de plataformas, delivery, Uber, changas. Lo que salga. Y con eso no alcanza para sostener una casa y estudiar al mismo tiempo”, afirmó.
Según explicó, esa presión termina impactando también en el bienestar emocional de los estudiantes. “No podés estudiar como querés, no podés salir, no podés proyectar. Todo eso genera un desgaste enorme”, indicó.
El costo invisible de estudiar
Aunque las universidades públicas no cobran matrícula, estudiantes y docentes coinciden en que el costo cotidiano de sostener una carrera se volvió cada vez más difícil de afrontar.
El transporte aparece como uno de los problemas más repetidos. Para muchos alumnos del conurbano, llegar a cursar implica combinar varios colectivos y trenes todos los días. En algunos casos, eso representa una parte importante de sus ingresos mensuales.
“La beca estudiantil hoy ronda los 35 mil pesos y con eso apenas comprás dos módulos de bibliografía”, ejemplificó Miguel Briscas, secretario general de la Asociación de Docentes Universitarios de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (ADIULZA).
A eso se suman otros gastos que muchas veces pasan desapercibidos: fotocopias, impresiones, comidas fuera de casa, conectividad o dispositivos para estudiar. En paralelo, la necesidad de trabajar obliga a reorganizar horarios y resignar tiempos de descanso o estudio. “El colectivo, el tren, el material bibliográfico, todo es plata. Cada módulo bibliográfico supera los 20 mil pesos. Entonces el estudiante intenta arrancar con tres o cuatro materias y termina abandonando algunas porque no puede sostenerlo”, señaló.
En ese contexto, muchos estudiantes terminan optando por avanzar más lentamente. Otros priorizan trabajos de tiempo completo y dejan la carrera en pausa. Y algunos directamente abandonan.
Universidades atravesadas por la crisis
El debate por el financiamiento de las universidades públicas volvió a ocupar el centro de la escena en las últimas semanas, en medio de reclamos por salarios, becas y presupuesto para el funcionamiento de las casas de estudio.
El pasado 12 de mayo se realizó la cuarta Marcha Federal Universitaria desde la asunción del presidente Javier Milei. La movilización tuvo su acto central en Plaza de Mayo y se replicó en distintas ciudades del país con participación de estudiantes, docentes, investigadores, no docentes y autoridades universitarias.
El principal reclamo apunta al cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario, aprobada por el Congreso y posteriormente vetada por el Gobierno nacional. Según las universidades y los gremios, la norma establece mecanismos de actualización presupuestaria y recomposición salarial que actualmente no se están aplicando.
Desde el Gobierno sostienen que la aplicación completa de la ley afectaría el objetivo de equilibrio fiscal. En cambio, rectores, sindicatos y especialistas aseguran que el impacto presupuestario representaría una porción menor del PBI y que el deterioro ya comenzó a afectar salarios, becas, hospitales universitarios y funcionamiento general de las instituciones.
En paralelo, el conflicto también avanza en el plano judicial. Distintos sectores universitarios reclaman que la Corte Suprema intervenga para garantizar el cumplimiento de la ley, mientras continúan las protestas, paros y clases públicas en universidades de todo el país.
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