La localidad browniana dejó marcas imborrables en el escritor. Tantos fueron los recuerdos que se crearon recorriendo las calles y los lugares, que a lo largo de toda su carrera decidió plasmarlos en sus obras.
De manera explícita o con lugares y personajes inspirados, el genio de la literatura siempre rememoró este lugar: “Siempre que hablo de jardines, siempre que hablo de árboles, estoy en Adrogué. He pensado en esta ciudad, no es necesario que la nombre".
La relación de Borges con la localidad comenzó cuando era muy pequeño. "Allí teníamos residencia propia: una vasta construcción de una planta, con terrenos, dos cabañas, un molino de viento y un peludo ovejero marrón”, contó en una entrevista.
En su mirada, Adrogué “era entonces un remoto y apacible laberinto de casas de veraneo rodeadas por verjas de hierro, con parques y calles que irradiaban de las muchas plazas. Impregnado por el ubicuo aroma de los eucaliptos".
Los eucaliptos, que colman los espacios verdes y calles de la ciudad, se convirtieron en una marca para el escritor, al igual que el antiguo Hotel La Delicia, el cual se encontraba en pleno centro. Fue justamente en este lugar que más inspiró a Borges en sus obras. "Hay cuentos míos que parten de ese lugar o regresan a él”, contó.
La quinta de Triste Le Roy, en “La muerte y la brújula”; la mención al hotel de Adrogué y el personaje de Herbert Ashe, inspirado en un ingeniero de los ferrocarriles del Sur, plasmados en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”; y el almacén ubicado en Quintana 407 mencionado en “El Sur”. Estas son apenas una muestra de las referencias en sus relatos.
Así fue como no sólo la localidad de convirtió en una parte de Jorge Luis Borges, sino que él también se convirtió en la una parte de la ciudad. Ya lo dijo en su momento: “De algún modo yo siempre estuve aquí, siempre estoy aquí. Los lugares se llevan, los lugares están en uno”.
“Adrogué”, por Jorge Luis Borges
Nadie en la noche indescifrable tema
Que yo me pierda entre las negras flores
Del parque, donde tejen su sistema
Propicio a los nostálgicos amores.
O al ocio de las tardes, la secreta
Ave que siempre un mismo canto afina,
El agua circular y la glorieta,
La vaga estatua y la dudosa ruina.
Hueca en la hueca sombra, la cochera
Marca (lo sé) los trémulos confines
De este mundo de polvo y de jazmines,
Grato a Verlaine y grato a Julio Herrera.
Su olor medicinal dan a la sombra
Los eucaliptos: ese olor antiguo
Que, más allá del tiempo y del ambiguo
Lenguaje, el tiempo de las quintas nombra.
Mi paso busca y halla el esperado
Umbral. Su oscuro borde la azotea
Define y en el patio ajedrezado
La canilla periódica gotea.
Duermen del otro lado de las puertas
Aquéllos que por obra de los sueños
Son en la sombra visionarios dueños
Del vasto ayer y de las cosas muertas.
Cada objeto conozco de este viejo
Edificio: las láminas de mica
Sobre esa piedra gris que se duplica
Continuamente en el borroso espejo.
Y la cabeza de león que muerde
Una argolla y los vidrios de colores
Que revelan al niño los primores
De un mundo rojo y de otro mundo verde.
Más allá del azar y de la muerte
Duran, y cada cual tiene su historia,
Pero todo esto ocurre en esta suerte
De cuarta dimensión, que es la memoria.
En ella y sólo en ella están ahora
Los patios y jardines. El pasado
Los guarda en ese círculo vedado
Que a un tiempo abarca el véspero y la aurora.
¿Cómo puede perder aquel preciso
Orden de humildes y pequeñas cosas,
Inaccesibles hoy como las rosas
Que dio al primer Adán el Paraíso?
El antiguo estupor de la elegía
Me abruma cuando pienso en esa casa
Y no comprendo cómo el tiempo pasa,
Yo, que soy tiempo y sangre y agonía



