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Sobre calesitas y calesiteros. Y sortijas

Nadie sabe mucho del COVID. O mejor dicho, todos sabemos mucho y a la vez no sabemos nada. A pesar de la vacuna mi mamá había dado positivo. Por estos días vuelve poco a poco a recuperar energía y planes. En la calesita de la vida, ella arrebató una sortija. Por Ricardo Varela.

De repente me sentí vulnerable como el primer día del jardín de infantes.

Soltarle la mano a mi mamá para entrar a la sala roja debe haber sido tan difícil como jugar una final de campeonato.

Antes (en mi época del jardín o la primaria), no se hablaba de integración, ni de lateralidad, pensamiento crítico o libertad creativa. Ir al jardín (y luego a la escuela) era dejar de estar en casa, dejar de disfrutar con los amigos del barrio en la vereda, o de jugar al fútbol en la calle con dos arcos improvisados (con buzos o piedras) hasta que no hubiera más luz. Allí sí se sentía pertenencia y libertad. El colegio era otra cosa. Ahí no valía quejarse. Los de mi generación saben perfectamente de qué hablo cuando escuchan: “la letra con sangre entra”. En aquel tiempo la escuela era un reducto indiscutible y lo que pasaba puertas adentro de las aulas era “sagrado”, la maestra siempre tenía razón y los padres no “osaban” en discutirle su autoridad ni profesionalismo nunca.

Aquel día que solté la mano de mi mamá para entrar a ese mundo desconocido que me generaba miedo, se hizo presente hace solo tres semanas cuando ingresó con 84 a la Clínica Monte Grande, saturando menos de lo deseable mientras peleaba contra el COVID. Solo 10 días antes había recibido la primera dosis de la Sputnik, y eso generaba algo de alivio pero ninguna certeza. Fueron 5 días de mil horas y noches de larguísimos insomnios en los que la razón y la ciencia debatían con la realidad real, los sentimientos y con “lo que se siente”.

Nadie sabe mucho del COVID. O mejor dicho, todos sabemos mucho y a la vez no sabemos nada. Porque muta, afecta tanto a mayores como a menores, provoca distintos síntomas y consecuencias independientemente de patologías previas, produce recuperaciones “milagrosas” y pérdidas repentinas inexplicables.

Vivo leyendo e investigando sobre lo que sucede aquí y en el mundo alrededor del virus chino. Me hice experto analista de ensayos e investigaciones médicas en personas y animales, sé de nuevas cepas y de distintas acciones de prevención como cuarentenas, restricciones o toques de queda. Todo esto, esperando que la vacuna nos proteja para volver a la vida normal. Sin embargo, a pesar de la vacuna mi mamá había dado positivo, y toda esa literatura se transformó de repente en el seguimiento de un oxímetro, minuto a minuto. Horas que parecieron días, días que parecieron meses.

Volvió a casa hace poco más de una semana, y de repente la vi como una señora de 84 años (los que realimente tiene), aunque cuando entró a la clínica parecieran 70 por su presencia y vialidad. En la calesita de la vida, ella arrebató una sortija. De pura luchadora nomás. De quien no se entrega a las primeras. De quien tiene aún algo por hacer.

Por estos días vuelve poco a poco a recuperar energía y planes. El jardín necesita de su atención y lo sabe.

Volví a darle la mano a la salida de la clínica, pero esta vez para darle seguridad y certezas, para convertir aquellos “minuto a minuto” de incertidumbre en encuentros con larguísimas charlas. Dicen que algunas situaciones ponen “en caja” otras, que les dan real valor y dimensión. Generalmente vivo a contrareloj, intentando garantizar una infinidad de situaciones que obliga el día a día de dirigir una empresa periodística, que trabaja con un puñado de gente pero que tienen a muchísima otra gente como destinatarios, y eso genera una responsabilidad extra enorme.

Vivo arriba de una calesita que tiene autos, botes y caballos, personajes reales y de ficción, mucha gente riendo y gritando (y algunos llorando) mientras otros suben y bajan, luces de todos colores y música de circo a todo volumen. Una calesita que parece no parar nunca.

Desde hace unos días dejé de intentar arrebatarle al calesitero la sortija esquiva de la suerte, la que te da una vuelta más.

Esa, la tiene mi mamá. Abajo de su almohada.

Buena semana.

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