Para pasar por digno de rellenar este espacio se me ha requerido agregarle algo de teatralidad literaria. Por eso voy a empezar con los “a pesar de”, que son muchos. A pesar de este país, podría decir para buscar identificación. Pero en realidad me estoy refiriendo a la clase dirigente, especialmente la que vive y trabaja en capital. Allí, mientras el verdadero país intenta sobrevivir, el debate político se redujo a lo más próximo a la nada. Noticieros que buscan el clip, twitteo y contratwitteo, trolls, operaciones, hipocresía, y nula respuesta a los problemas de la gente. Para el problema de la inseguridad tenemos un geolocalizador, que se ocupa solamente de ubicar el hecho en un mapa para después explicar que ese lugar de la Argentina a donde ocurrió el crimen también pertenece a alguna otra jurisdicción menor. Para el problema de la inflación en la Argentina tenemos la inflación mundial. Para el problema de la deuda, tenemos a los que la tomaron repitiendo una y otra vez que la deuda crece por miedo a que vuelvan los que no están, especialmente algunos de los que se encargaron de pagarla. Para los que reclaman tenemos violencia policial, y para los que se encargan de contarlo tenemos violencia policial también, pero selectiva, que distingue entre camarógrafos amigos y camarógrafos enemigos. Para el problema del desempleo tenemos, increíblemente, a un bebé disfrazado con traje, poniendo apodos que solo pueden hacer reír al más ridículo de los bufones.
La puta, que vale la pena
Por Nico Varela (@nicoevarela).
Para tratar de evitar que todos los días, todas las semanas, todo lo que es así, siga siendo así, tenemos a un señor de 42 años fanático de Katniss Everdeen, y a un grupo de copados que hacen cancioncitas virales que dan más cringe que esta oración.
Pero a pesar de todo esto que estoy diciendo, vale la pena.
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Vale la pena levantarse todos los días a la mañana y mirar al sol del lugar donde vivimos, para salir a hacer lo que hacemos los argentinos por definición: trabajar. Trabajar de lo que se estudió, trabajar de lo que se aprendió adentro de un comercio u oficio, dentro de una fábrica. Trabajar con lo que se aprendió en la calle, hablando de plata, de mil pesos, de diez mil pesos el paquete de medias, de 50.000.000 de pesos por mes si se lleva el apellido Grobocopatel. Trabajar de crear fantasías, de imaginar cosas para contarlas y entretener a los demás, trabajar de deportistas. Trabajar de crear un hogar, trabajar de educadores, de criar. Trabajar de querer, de amar, el que todavía sigue siendo el trabajo mejor remunerado del mundo.
Porque ese mundo sigue existiendo donde yo vivo. Donde se puede conocer a una joven atleta que recorre el mundo contando la historia de la profesora que ad honorem le enseñó su disciplina en una plaza de por acá. Donde un hospital público le puede salvar la vida a un amigo. Donde los más altos dirigentes de las instituciones responden a los medios entrevistas mano a mano y en vivo, sin prejuicios ni interrupciones. Donde este fin de semana, miles y miles de dirigentes terrenales de toda la región comenzarán su actividad más importante, la de hacer un poco de todas esos trabajos juntos en pos del objetivo más valioso de la creación: la felicidad que da la infancia.
Pienso en la infancia y pienso en mi amigo Diego, que cada vez que hacía un gol se tomaba el trabajo de buscarme donde esté para señalarme con el puño, y no bajarlo hasta que le correspondiera. Si lo que haga hoy cuando me levante sirve para crearles a mis hijos un recuerdo así, cualquier esfuerzo habrá valido la pena.
Aun así todavía no me considero digno, ya que confieso que nunca vi Caballos Salvajes.

