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Brindo por Mbappé, Di Stefano y Cruyff

Por Ricardo Varela.

A una semana de la Copa en Qatar me sigo quedando con una imagen extra futbolística: Messi mirando el palco donde estaba su familia, cruzando los brazos por encima de la cabeza y repitiendo: “ya está, ya está”. La imagen de un hombre atravesado por la pasión de lo que más le gusta hacer: jugar al futbol. Y ganar.

Esta semana me divertí viendo y leyendo como muchos “panqueques” reacomodaban sus discursos según los designios de la hora. Algunos me dieron risa, otros vergüenza ajena.

Ese “ya está” de Messi extenuado en el verde césped del desierto simboliza el triunfo de los “cómo”. De sus “cómo”, con los que me siento profundamente identificado.

Había rumores sobre Qatar como el mundial “arreglado para Messi”, como parte de su contrato con los jeques dueños del Paris donde juega. Rumores fogoneados por algunos “periodistas” que el martes también querían saltar dentro del micro desde los puentes. Rumores que se hicieron añicos cuando en el debut anulaban tres goles por offsides microscópicos (uno de ellos midiendo al jugador equivocado) y contra Holanda adicionaban 10 minutos y daban el tiro libre del empate a los 11. ¿No?

En general, los argentinos vivimos inmersos en una constante teoría conspirativa, por la que alguien “del poder” o “del más allá” (quien sabe) nos quiere perjudicar cada vez que “nos va mal” (esto aplica al fútbol y a todo lo que te puedas y quieras imaginar). Así, justificamos nuestros errores, incapacidades, faltas de compromiso y desidias varias. Ese “nos va mal” es: no ser los mejores, los primeros o los únicos. Porque “del segundo nadie se acuerda” como inmortalizó Carlos Bilardo con su forma de entender el juego. Esa que nos dejó una legado vergonzante (para algunos) cuando desde el banco gritaba sin pruritos: “al rival ni agua, al rival hay que pisarlo” mientras frenaba al médico de su equipo (Sevilla de España) que quería asistir a un colega para atender a un jugador contrario. Lamentablemente esa “escuela”, hizo escuela. Y fue la abanderaba de los “vivos”, de los que pegan sin pelota en los córners y son capaces de cualquiera para ganar. Probablemente, para el mundo del fútbol, el ejemplo emblemático de nuestra capacidad de engaño y trampa sea el gol de Maradona a los ingleses en el 86 (el de la Mano de Dios). Por la oportunidad y la trascendencia. Yo no lo creo así. Maradona repentizó un puñetazo en el medio de una corrida con 180 pulsaciones por minuto, antes de salir gritando gol. Nadie puede creer que quiso hacer ese gesto adrede. ¿Se suponía que tenía que “confesar pecado”, en el medio de la cancha, con un conductor que representaba las “avivadas criollas” como excepcionales virtudes?

La mayor vergüenza deportiva de esa forma de pensar la vida (porque se juega como se vive) se dio 4 años después en Italia 90. Allí, un cuerpo técnico de profesionales de la salud picaron tranquilizantes en un bidón de agua que solo debían tomar los brasileños (el tristemente célebre bidón de Branco). Muchos años después algunos siguen sacando pecho por esa “proeza” y no por la corrida de Caniggia al gol.

A los 35 años Messi dice “ya está”, después de una carrera en la que hizo ordinario lo extraordinario; que, sin ésta consagración, ya lo había convertido en el mejor de todos los tiempos (porque lo que se mide no se discute, ¿no resultadistas?). Ese “ya está” es para la gilada que necesitaba el triunfo épico de la mejor final de la historia de los mundiales para reconocérselo, para dejar de compararlo y marcarle la falta. En el medio, se bancó una infinidad de mediocres que no dejarán ningún legado profesional respetable.

El “cómo” de Messi es el un pibe que dejó su ciudad a los 11 años con un problema de salud y que a un evidente don natural le agregó una impresionante fortaleza física y mental para superarse día a día. Sin parar. Un animal de la competencia y autosuperación. Así batió, uno a uno, todos los récords que le fueron presentando.

Messi es el que golpean, se levanta sin protestar y sigue; el que se pone las manos en los bolsillos cuando le piden fotos “botineras”; el que no “copa” el vestuario ni hace declaraciones explosivas; el que cuida su vida privada en la era del gran hermano para los de su tipo; es el que sigue hablando sin eses finales y vuelve a Rosario cada vez que puede; es al que hace 15 años está entre los tres mejores del mundo, pero tuvo que esperar al domingo pasado para decir “ya está”. Este triunfo lo disfrutará hasta el final de sus días, aunque ya había ganado. Los que le decían “pecho frío” y “cantá el himno” hoy dicen que se “maradonizó”. Él seguirá siendo Messi, el que rechazó las foto de la coyuntura política para que nadie sacara provecho del logro ajeno. El que cuando vuelva al Paris, irá por la Champions.

Último párrafo para brindar por los Mbappé (un genio capaz de hacer 3 goles en una final y ser campeón y subcampeón del mundo a los 23 años) y también los Alfredo Di Stéfano o Johan Cruyff que nunca la ganaron pero sí dejaron huella y legado. Porque jugaban bien y el mundo seguirá reconociéndolos aunque fueran segundos.

El cómo es el talento más el esfuerzo, el don más el compromiso, las oportunidades y la rigurosidad, la inspiración y la resiliencia. Es el camino más largo. Y el mejor.

Buena semana.

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