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La teta de la escuela también se agota

Por Ricardo Varela.

Como todo comienzo, este nuevo ciclo lectivo escolar estará plagado de expectativas, de renovados desafíos, objetivos y metas para cientos de miles de alumnos de todo el país. Esta semana se vivió un anuncio (y vuelta atrás) sobre un nuevo régimen de evaluación en la escuela secundaria bonaerense que generó enorme polémica. Se anunciaba la puesta en marcha de un sistema que permitía pasar de año sin importar el numero de materias no aprobadas, con el objetivo de mantener a los jóvenes dentro de la escuela y evitar de la deserción. Casi unánimemente se leyó “nivelar para abajo” y a medida se canceló antes de empezar. Raro en un gestor político con la experiencia de Alberto Sileoni…

La escuela se ha transformado en un gran ordenador para la vida familiar, social y laboral desde hace muchos años. Sin embargo es necesario señalar una obviedad, su verdadera razón de ser está vinculada al proceso de enseñar y aprender. De formar niños, jóvenes y adultos en saberes y valores, para luego evaluarlos y acreditarlos.

Es cada vez más “común” y frecuente el discurso melancólico que reivindica las formas escolares del pasado. Padres y abuelos desafían con el concepto “antes”. “Antes esto no pasaba”, “antes había más respeto”, “antes la última palabra la tenían las maestras”, “antes los chicos sabían más”, antes, antes, antes. Todo hace pensar que lo “ahora” desfavorable es pura y exclusiva responsabilidad de una sola institución: la escuela.

Si bien es cierto que los indicadores que miden la calidad de los conocimientos de nuestros niños y jóvenes registran progresivos y sucesivos descensos; los motivos no solo se explican puertas adentro de las instituciones educativas.

En un país donde suben los índices de pobreza infantil, desempleo y desnutrición; y baja el poder adquisitivo y (en consecuencia) las posibilidades y accesos a nuevas tecnologías y recursos, ¿por qué la escuela debiera ser evaluada como una isla?

En distintas oportunidades señalé que uno de los puntos de inflexión de sus roles había sucedido luego de la profunda crisis de 2001; cuando en marzo de 2002, mientras “quebraban” bancos e instituciones, las escuelas daban comienzo a su año lectivo. La vocación docente pudo, entonces, más que los bancos que se quedaban con los ahorros de sus clientes y con el default aplaudido por todos los legisladores (diputados y senadores) del Congreso Nacional. Como una imagen de la tragicomedia de la Argentina, los representantes de todo el pueblo de la Nación aplaudían de pie que el país no pagaría las deudas contraídas. Quebrábamos y lo festejábamos. ¿Alguien puede pensar que eso sería “gratis”? ¿Que no tendría consecuencias futuras? Durante esa enorme crisis, docentes de todo el país (y todos los niveles) se convirtieron también en acompañantes terapéuticos y asistentes sociales (además de maestros y profesores), y dieron de comer a los niños y jóvenes pero también a sus familias. Asistiendo y resistiendo bajo una premisa: “…ningún chico está en condiciones de aprender si no está bien alimentado”. De repente la escuela fue la base operativa del viejo discurso de Alfonsín y “educó, curó y dio de comer”.

Venimos de ahí. De quebrar (como país) hace apenas 20 años. Por eso “antes” estábamos mejor. Parece una obviedad que algunos no conocen y otros parecen querer negar (¿para olvidar?).

Desde entonces a hoy pasamos por distintas “primaveras” sin llegar nunca al verano.

Los indicadores macro y micro de la Argentina no son buenos (en casi ningún aspecto). ¿Por qué habrían de ser la excepción las estadísticas de su sistema educativo?

Tal vez si recuperamos algo del espíritu nacional sin banderías (ni grietas) que se vivió por algunos días después del 18 de diciembre pasado tendríamos un nuevo norte. El logro del fútbol en Qatar nos volvió a todos un poco mejores, nos devolvió la mirada del mundo, nos hizo sentir que el esfuerzo valía la pena y tenía recompensa. Y los ciudadanos de a pie coparon las calles en paz y con alegría, sin enfrentamientos ni grietas.

El “mundo” quería que Messi (ese pequeño niño de guardapolvo blanco que ilustra éste editorial) se consagrara. Era el premio a un hombre que hizo todo para lograrlo. Que se le negaba una y otra vez y la siguió peleando. Messi podría ser el ejemplo de resiliencia para muchos de nuestros niños y jóvenes. Porque fue dura e injustamente castigado y cuestionado pero nunca abandonó, no se traicionó ni utilizó malas artes. Insistió, insistió e insistió hasta que lo logró, sin que nadie le regalara nada. Un campeón que es consecuencia, no casualidad ni suerte.

Dedicación, compromiso, compañerismo, esfuerzo, resilencia, buenas prácticas, aceptación del fracaso, superación. Antes, ahora y siempre. Puertas adentro de la escuela, pero también de las empresas, fábricas, ministerios, iglesias, clubes y comercios. Tal vez el camino sea por ahí.

Buena semana.

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