SOCIEDAD-ECHEVERRÍA

Agua bendita

Historia y presente de una mujer que con su hijo en brazos salió a buscar a su esposo enfermo , que convirtió la leche en vida para su niño, que se convirtió en patrona del gauchaje por su muerte heroica, que vencida por la sed transformó esa carencia en una religión
lunes, 08 de febrero de 2016 · 00:00

"No hay corazón en San Juan / que, por curtido que sea,/ no haya sentido la muerte/ de la difunta Correa".

 

Transcurría 1835 cuando un hombre joven, de apellido Bustos, fue reclutado forzosamente para engrosar las montoneras de Facundo Quiroga. Este joven tenía una esposa y un hijo pequeño. Eran tiempos de Unitarios y Federales, de una sangrienta guerra civil de años en donde un bando, representante de la aristocracia, intentaba imponer un solo gobierno en toda la nación, mientras que el otro, integrado en su mayoría por campesinos, buscaba la creación de un sistema pluralista en donde cada provincia o estado tuviera un gobierno autónomo que respondiera a otro, centralizado en una única capital federal.

 

Cuenta la leyenda que cuando Bustos fue llevado por las fuerzas militares,  Deolinda, su esposa, angustiada por su marido y a la vez huyendo de los acosos del comisario del pueblo, decidiera ir tras él. Se vistió con un vestido de color rojo, guardó en un baúl ropas suyas y del bebé, vistió al pequeño y se fue caminando.

 

En el camino se encontró a un noble anciano que conocía la ruta que iba hacia La Rioja y éste le recomendó que fuera siempre al costado del camino de los algarrobos, porque siempre es más cómodo bordearlos que treparse en ellos y más aun cargando un niño en brazos.

 

Tras caminar unos sesenta kilómetros por el desierto, la sed, el calor y el cansancio hicieron que la joven ,hija de un hacendado de la zona de La Majadita, hoy departamento 9 de Julio de la provincia de San Juan, cayera rendida la cima de un pequeño cerro. Unos arrieros que andaban por la zona, intrigados por los carroñeros, se acercaron a la víctima y descubrieron que su bebé sobrevivió tomando el pecho. Los pastores decidieron entonces  darle sepultura en la cuesta de la sierra Pie de Palo, Vallecito.

 

Sin embargo, la verdadera leyenda se forjó cincuenta años después cuando el gaucho Don Pedro Flavio Zaballos, se encarga de llevar quinientas cabezas de ganado hacia Chile. Se instala a pasar la noche en los parajes cuando surge una tormenta que turba el ganado. Queriendo preservar su fama (debido a que era un completo deshonor la pérdida del ganado) , escucha la historia que le cuenta otro gaucho sobre la Difunta Correa. Se dirige entonces a la tumba de la misma, y le promete que si encuentra a los animales, hará construir una capilla con su nombre. El milagro ocurre, Don Pedro, entonces, realiza el santuario en la misma tumba de la Difunta.

 

Desde ese entonces la historia se ha vuelto sumamente popular en Argentina, Chile y toda Sudamérica y desde fines del siglo XIX, los gauchos  se dirigen a la capilla a realizar promesas a cambio de protección.

 

Su dura existencia y su muerte heroica -rápidamente considerada como el signo de una disposición divina- dieron paso a la devoción popular.

 

Más de un siglo y medio después de las luchas que marcaron a fuego la vida de la nación entre 1820 y 1860, aquel episodio ocurrido en ese contexto histórico, lejos de esfumarse en el polvo del olvido aumenta la convicción de hecho real y concreta.

 

De Deolinda Correa se sabe todo y aunque jamás pudo comprobarse nada de lo que se dice que se sabe, su imagen tiene, como no podía ser de otra forma, la fuerza del viento y el misterio insondable de las noches. No es un mito, tampoco una leyenda.

 

Hay coincidencia casi absoluta entre los historiadores en que no hay suficientes elementos de prueba para demostrar la existencia de la misma. Ni acta de nacimiento, ni partida de defunción, ni datos sobre su hijo. Pero tampoco la niegan. Y no la niegan porque todo lo que la rodea es real: la guerra civil, el desierto, la ruta hacia los llanos riojanos y la calle Dos Alamos, en donde se cree que la joven tenía su casa tenía su casa.

 

A lo largo del siglo XX, la capilla de la Difunta Correa ha tomado importancia aunque la iglesia no la haya reconocido. En Vallecito, en medio de un desierto de arena y piedra se encuentra su Santuario Principal a un costado de la Ruta Nacional Nº 20, km 62 en el Departamento de Caucete, que une la ciudad de San Juan y las provincias de La Rioja y Catamarca.

 

El Santuario posee, al pie de un cerrito, un total de 15 capillitas, desbordado de ofrendas. Todas fueron donadas por diferentes promesantes, cuyos nombres figuran en placas sobre las puertas de entrada. Supuestamente, una de ellas, que contiene los restos de Deolinda Correa, tiene una gran escultura con la Difunta con el niño. En el resto de las Capillas existen igualmente reproducciones de esta imagen en cuadros, estatuillas o estampas, acompañados en todos los casos con distintas imágenes de Vírgenes, crucifijos y santos oficiales.

 

En general en todas las Capillas hay innumerables objetos agolpados y mezclados: trenzas de cabellos, relojes y radios antiguas y modernas, cuadernos escolares, yesos, exvotos de metal que hacen referencias a órganos o partes del cuerpo humano collares, infinitas cartas, ropa del primer hijo, chupetes, anillos, vestidos de novias, muñequitos, bastones, autitos que representan diferentes marcas, camiones con leyendas y ómnibus con el nombre de la empresa etc. Objetos de valor afectivo o económico, desde muñequitos de peluche hasta automóviles y joyas.

 

 El 1 de noviembre de todos los años, en la provincia de San Juan, durante dos días se realiza la festividad de la Difunta Correa cuyo propósito es agradecerle o pedirle algo a la santa. Una muchedumbre peregrina año a año hasta el santuario de la  Difunta Correa para pedir salud, amor, y la recuperación de objetos o animales extraviados.

 

Las capillas se han extendido por todo el país, desde Jujuy a Tierra del Fuego. Los arrieros primero, y posteriormente los camioneros, son considerados los máximos difusores de la devoción hacia la Difunta Correa. Serían los responsables de haber llevado pequeños altares en rutas del país. Los altares presentan imágenes de la escultura de la muerta, en los cuales se dejan botellas de agua, con la supersticiosa creencia, por parte de los devotos, de que supuestamente podrán calmar la sed de la muerta. La devoción por Deolinda Correa se extendió al sur de Argentina  producto de la oleada de familias del norte atraídas por el auge de la industria petrolera.

 

La Difunta correa, no es otra cosa, que un gran símbolo de amor.  Por un lado, la esposa fiel que prefiere morir antes que perder a su esposo y la madre que aun muerta sigue alimentando a su hijo.  Pero también es amor, la devoción que sienten por ella sus miles de fieles que le llevan ofrendas, que la visitan año a año, y la tienen tan presente.  Siempre es lindo creer en las historias lindas, llenas de amor. Esta es una de ellas.

 

 

 

 

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