Alejandro Aguilera es historia viva en San Marcos. Referente indiscutido del plantel superior de rugby, en el que fue durante más de una década capitán, hoy, con 42 años, disfruta del tramo final de su carrera entre lo que sucede dentro del campo de juego y lo que ocurre fuera, porque mientras compite con sus sus compañeros en la plana mayor, donde el club de Monte Grande milita en la Segunda categoría de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA), se desempeña como entrenador de las divisiones infantiles, con un proyecto que arrancó este año con el objetivo de brindarle esos conocimientos que supo tomar a lo largo de 35 años a los chicos que seguirán su legado.
Una vida ligada a San Marcos: de jugar en infantiles a ser entrenador de su hijo en rugby
Alejandro Aguilera lleva 35 años en San Marcos. Empezó en infantiles, fue capitán y hoy dirige a su hijo en la M9. La historia de una familia ligada al Verde.
Su labor está centrada en la M9, que es integrada por su hijo, una oportunidad que valora como única y lo deja en claro desde el principio. "Lo mejor que pude haber hecho es meterme como profe con mi hijo", afirmó de visita en el stream de El Diario Sur.
Aunque sabe de la relevancia en sí del puesto, más allá de ese vínculo especial con uno de los chicos, porque hay una plantilla detrás. "Me toca ver distintas realidades, compartir con ellos, y lo que intentamos primordialmente es que se diviertan y puedan participar del club, tener su lugar y compartir con amigos", sentenció.
Y describió cómo atraviesa el momento: "Estoy acompañado de gente increíble, o sea de padres como yo y compañeros del club. La verdad que el aprendizaje, más allá que yo entiendo que sé de rugby y lo puedo expresar, es de los dos lados, nos toca explicarle a los chicos, convivir con ellos, y no solamente ver de que éste juega mejor o juega peor, o le gusta más, sino todo lo que conlleva".
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La jornada del rugby infantil
En ese sentido, puntualizó en lo que ocurrió el fin de semana en el evento que tuvo como sede a Pucará, en la denominada jornada URBA. "Los chicos juegan durante dos horas y no paran en cinco o seis partidos. Y la experiencia fue fantástica porque son pibes de distintas instituciones, la competencia gusta, y el ambiente de club es fundamental", indicó. Y recalcó: "Es una etapa formativa y lo que interesa es que los chicos se vayan formando, y no es hay otro objetivo que ese. La prioridad es encontrar un espacio donde se puedan divertir, hacer amigos y hacer deporte",
Esa es la pauta de los clubes, y así lo toma él y su familia, con su pareja, Magalí Fajardo, que integra el equipo de hockey de San Marcos, y su otra hija, que justamente empezó recientemente la actividad en la que se desarrolló su madre. Ese pantallazo es contundente, y el propio Alejandro lo valora: "Ver los colores del club, los cuatro con la camiseta la verdad que no sé si lo soñé o no, pero me gusta mucho lo que hago y lo que pasa".
Su trayectoria en el Verde empezó a los 7 años. Y desde ese momento hasta hoy se edificó un itinerario complejo en el que hubo momentos de notable satisfacción. "Crecí, aprendí y como digo siempre, el club me dio muchas herramientas, independientemente de la cantidad de amigos, de personas, yo estoy muy ligado a este espacio", consideró.
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Jugador y entrenador
Ahora, en este proceso de transición de jugador a entrenador, disfruta y pondera algo que se suele dar, especialmente en la disciplina de la guinda. "Se mantiene ese formato de club, donde los más grandes conocen a los más chicos, los más chicos a los más grandes y te va pasando esto, que vos creciste, jugaste con tu entrenador en el plantel superior y por ahí después vuelve a ser tu entrenador en Primera", ejemplificó.
Por caso, en tren de esa lógica, dentro del proyecto que integra se busca acercar al deporte a las escuelas, con el club como eje. "Las clínicas que estamos haciendo para infantiles en distintos colegios son muy positivas cuando van a hacer educación física ahí", comentó. Y detalló: "Focalizamos que los chicos se diviertan, que vean que hay una pelota que es distinta a la redonda, mostramos ciertas actividades y también contarles que por ahí en rugby, sobre todo la primera etapa, no hay tanto golpe, sobre todo señalárselo a las padres y a las madres que piensan que se van a golpear, pero no es así y lo que hacemos es invitarlos a que vengan a participar del club, de tener ahí su lugar, de compartir con amigos y también aprender un deporte".
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El club como base
Ahí es donde evidencia que su vínculo con el deporte es total, pero fundamentalmente con San Marcos. "Siempre voy a estar ligado al club, creo que esa es la idea, no creo que me separe del club por mucho tiempo, y siempre ahí hay cosas para hacer, y es lo que a mí me gusta. Creo que me gusta más el club que el rugby, que me encanta, no lo puedo dejar, pero creo que la combinación de los dos es lo que hace a uno que sea un apasionado de eso", sentenció.
Así, rememoró cómo fue aquel trayecto en el que, mientras jugaba, estudiada para ser abogado en la UBA, y también el trabajo, todo un combo que tenía al club como base. "Yo lo que siempre quise era jugar. Llega el martes, llega el jueves, llega el sábado y quiero estar. A mí me gusta mucho y yo lo tomaba siempre no como un estrés, sino todo lo contrario, como algo que me permitía a mí poder soportar todo lo otro, que era lo que más estrés me daba. Yo lo tomé de esa forma y pude hacer todo, con el deporte como un cable a tierra", aclaró.
Ese último concepto, que es el que pregona y destaca no a los infantiles que conduce sino a los jóvenes que lo tienen como referente, es el que resalta. "Una de las cosas que están en un club es la charla. El de 60 que ya es un histórico del club, el que está como yo, que está entrenando, el que está a pleno físicamente y jugando y defendiendo los juegos en la cancha, y los chiquitos. Lo bueno es que todos encuentran una línea donde pueden hablar del mismo tema. El que ya es abuelo, 70, 60 y pico, hasta el nene que es el nieto; todos comparten una charla y se pueden reír y comparten experiencias y pueden hablar de lo mismo, con un chico de 7, 8, al de 80. Esa integración para mí es mágica".

