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El día que una plaga de langostas invadió Lomas de Zamora

Ocurrió a fines del siglo XIX. Las langostas devoraban plantaciones, árboles y hasta la ropa. Vecinos inventaron una estrategia que sirvió en toda la Provincia.

En tiempos de pandemia, se naturalizó la idea de protegerse de un enemigo que pone en jaque a la salud, a la economía y a la vida en general. Pero el coronavirus no fue la única amenaza que debió sortear la humanidad. Además de otras epidemias ya conocidas, hubo una época marcada por una plaga que complicó seriamente a la Provincia de Buenos Aires. Y esa vez, a diferencia del Covid-19, el enemigo era perfectamente visible: langostas.

Sucedió a fines del siglo XIX, más precisamente en el año 1897, cuando gran parte de la economía se sostenía en la agricultura. En ese tiempo era muy frecuente ver en la región grandes superficies para cultivar la tierra. No es difícil imaginarse el pánico que habrán sentido aquellos habitantes cuando un ejército de langostas llegó para arrasar con sus cultivos.

Los aires estaban llenos de estos insectos dispuestos a devorarse todo. No sólo el fruto de tanto trabajo, sino también los árboles de las ciudades y hasta la ropa tendida. Por mucho que se intentara espantarlos o matarlos, siempre regresaban de a miles. Lo que hacía realmente grave la situación es que las langostas ponían sus huevos en los campos y dejaban las crías que aprendían mucho más rápido a comer los cultivos que a volar.

Había que hacer algo de manera urgente. Fue así como un grupo de vecinos de Buenos Aires creó una comisión para estudiar los movimientos de las langostas, debatir posibles soluciones y juntar fondos para combatirlas. Esa iniciativa se replicó en distintas ciudades.

Obviamente hubo muchas propuestas para terminar con las “saltonas”, como se les decía en aquella época. Se propuso, por ejemplo, preparar montones de pasto húmedo, virutas y trapos viejos, salpicarlos con alquitrán y prenderlos fuego. El humo espantaría a las langostas. ¿Dio resultado? Sí. Pero también provocó varios incendios…

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Vecinos de Lomas de Zamora trabajando para combatir a las langostas.

Vecinos de Lomas de Zamora trabajando para combatir a las langostas.

En Lomas de Zamora se formó la “Comisión Popular de Defensa contra la Langosta”, donde se hizo un largo debate sobre cómo proteger los cultivos ante estos saltamontes. Fue acá donde apareció la mejor estrategia de defensa: decidieron construir una barrera de chapas de zinc para separar Lomas de Zamora, Banfield y Temperley de la zona que había sido invadida por langostas, para evitar que las mismas dañaran las plantaciones. Así, las crías no podían saltar hacia los cultivos y no se los comían.

El plan funcionó con creces. La comisión lomense enseguida comunicó “la satisfacción de ver coronados por el éxito más completo, sus esfuerzos para impedir la devastación de las quintas y chacras” de Lomas de Zamora. Además de colocar aquellos cercos, se ocupó de “abrir zanjas y enterrar todas las langostas que se pudo arrojar en ellas”.

En su libro “Historias insólitas de la Argentina”, Daniel Balmaceda describe las particularidades de ese suceso: “Podrá sorprendernos a nosotros, pero en realidad, ese era el método más efectivo para vencer a las saltonas. Al ranking de las paredes históricas -la Gran Muralla China, el Muro de Berín y el Muro de los Lamentos de Jerusalén- se suma el muro de chapa de zinc de Lomas, Banfield y Temperley”.

Como dato de color, esos cercos inventados por los quinteros lomenses sirvieron como base para trazar las divisiones que existen hoy en día en las distintas ciudades de la región. Y desde luego, ese invento fue empleado en toda la provincia. Los cercos sirvieron como protección durante todo el verano, y con la llegada del frío, las langostas abandonaron Buenos Aires. Sin el ingenio de los vecinos de Lomas de Zamora, las pérdidas podrían haber sido mucho peores.

Un dramático testimonio de la época: “Mi quinta de Lomas está toda perdida”

“Es una manga que ha caído sobre la ciudad hace tres días, que ha destrozado todos los jardines y los paraísos de la calle. Es tal la voracidad de esta creación dañina, que hasta la ropa se comen. En el cuarto de toilette de Mercedes, al que ella no entra por las langostas que le llueven de su claraboya, le han comido la toalla de hilo, y una ropa de batista. Mi quinta de Lomas de Zamora está toda perdida, lo mismo que en todas las chacras de la provincia de Buenos Aires, donde hasta la lana que les quedaba a las ovejas después de esquiladas, la han devorado”

– Carta de Baltazar Moreno a su primo Enrique B. Moreno, representante del Gobierno argentino en Italia.

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