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El vecino de Lomas que ayudó a revivir a La Llama que Llama y sigue apostando al teatro de títeres

Fernando Suárez recordó sus comienzos en la plaza de Lomas y explicó cómo se manipulan los personajes de la popular serie.

Cuando Fernando Suárez comenzó a acompañar con música las funciones de un grupo de títeres, a fines de los años 80, no imaginaba que décadas más tarde terminaría manipulando a uno de los personajes más populares de la televisión argentina. Hoy, con más de 35 años de trayectoria, el vecino de Lomas de Zamora integra el equipo que volvió a dar vida a “La Llama que Llama”, pero asegura que el verdadero origen de su carrera estuvo mucho más cerca: en las funciones callejeras de Plaza Grigera.

Su historia con los títeres comenzó en 1989, cuando ingresó al grupo Canapé de Polenta, dirigido por Pablo Coronel. En aquel momento no manipulaba muñecos: era el encargado de la música. "Yo vengo de la música. Entré al grupo para dar una mano con la musicalización de las obras. Teníamos una doble casetera y hacía intervenciones de percusión y sonidos", recordó el artista de 58 años, en diálogo con El Diario Sur.

 El backstage de La Llama que Llama, el spot clásico que volvió.

El backstage de La Llama que Llama, el spot clásico que volvió.

El cambio llegó de manera inesperada. Ante un problema de salud de uno de los integrantes durante una temporada, tuvo que salir a escena para reemplazarlo. "Ya me acordaba todos los textos porque hacíamos varias funciones por día. Me tocó hacer las obras y ahí fue cuando arranqué. Cuando los títeres te atrapan, no hay forma de volver, nunca más", contó.

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Desde entonces, el oficio se convirtió en su forma de vida. En 1996 creó su propia compañía, Bigote de Monigote, y con el tiempo también pasó a integrar El Globo Rojo Teatro y Títeres, además de formarse en la Escuela de Actores Titiriteros de Avellaneda y realizar seminarios con referentes nacionales e internacionales.

Pero, más allá de la formación académica, Suárez sostiene que gran parte de su aprendizaje ocurrió frente al público de Lomas. "La Plaza Grigera me enseñó casi un 70 por ciento de lo que hoy tengo como titiritero", aseguró.

Explica que trabajar en la calle implica enfrentarse a condiciones completamente distintas a las de una sala teatral. "En un teatro tenés butacas, luces, sonido y todo preparado. En la calle tenés viento, ruido, gente que pasa, vendedores, hasta me pasó que un borracho se metiera en medio de una función. Todo eso te obliga a tener una concentración extrema para no perder el ritmo de la obra", relató.

Esa experiencia, afirma, terminó siendo una ventaja. "Hoy entro a un teatro y trabajo sumamente tranquilo porque la calle me enseñó a resolver cualquier situación."

Uno de los momentos más importantes de su carrera llegó cuando fue convocado para participar de la nueva edición de La Llama que Llama, la histórica publicidad finales de los 90 que luego dio el salto a una serie producida para Flow.

"Entré un poco por la ventana", dice entre risas. Según explicó, otro integrante del equipo sugirió sumar un manipulador más porque hacía falta alguien que pudiera manejar los movimientos más complejos de los personajes.

Cómo se animó la famosa publicidad

Detrás de los personajes de la nueva vida de La Llama que Llama hay un trabajo colectivo que el espectador nunca ve. Las voces son grabadas previamente por actores en un estudio y recién después comienza la tarea de los titiriteros.

"Nosotros tenemos que hacer el lip sync, sincronizando la boca con cada sílaba. Si te adelantás o te atrasás apenas un poco, hay que volver a hacerlo", explicó Fernando Suárez.

Además de mover la cabeza de los personajes, el equipo también manipula ojos, cejas, orejas y objetos que aparecen en escena. "Todo lo que tiene que ver con audiovisuales son pocos minutos en pantalla, pero antes hay muchísimas horas de ensayo. Es un trabajo muy preciso y muy artesanal", aseguró.

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