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A 50 años del golpe, crecen los debates sobre la dictadura y la memoria en nuevas generaciones

Testimonios de hijos de desaparecidos y docentes del Conurbano advierten sobre el avance del negacionismo y los cambios en las nuevas generaciones.

Hijos de trabajadores desaparecidos de la Química Mebomar alertan sobre el avance del negacionismo

A casi cinco décadas del golpe de Estado de 1976, las voces de los hijos de desaparecidos siguen marcando el pulso de la memoria en la región. En Esteban Echeverría, tres testimonios reconstruyen no solo el horror de aquellos años, sino también las tensiones actuales en torno a cómo se recuerda y se discute ese pasado.

Karina y Eduardo Manrique, junto a Verónica Torres, son hijos de trabajadores de la química Mebomar, en El Jagüel. Sus padres integraban la comisión interna de la fábrica cuando fueron secuestrados en diciembre de 1976, en operativos clandestinos que también alcanzaron a otros obreros del lugar.

Los recuerdos son fragmentarios, atravesados por la infancia. “No recuerdo mucho porque era chico”, dice Eduardo Manrique, de 55 años. Sabe, sí, que aquella noche un grupo de tareas irrumpió en su casa, se llevó a su padre y a su tío, y dejó una marca imposible de borrar.

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Eduardo y Karina Manrique junto a Verónica Torres.  

Eduardo y Karina Manrique junto a Verónica Torres.

Karina conserva apenas dos escenas ya que tenía apenas 4 años en 1976. Una, la de su padre cruzando un potrero —hoy convertido en plaza— al regresar del trabajo. “Yo salgo corriendo a recibirlo, me levanta y me da vuelta”, evoca. La otra, una foto familiar alrededor de una torta de cumpleaños. “Solo eso recuerdo de él”, resume.

El padre de Karina, Raúl “Lalo” Manrique, era subdelegado en la comisión interna de Mebomar. La organización había surgido tras la muerte de un trabajador en condiciones precarias. “No tenían guantes, no tenían casco”, recuerda. La militancia sindical y su compromiso con la justicia social lo pusieron en la mira de la represión.

Verónica Torres, hija de Eduardo César Torres, también tenía cuatro años cuando se llevaron a su padre. “No recuerdo nada de él. Solo los golpes, los gritos de esa noche”, cuenta. La búsqueda comenzó de inmediato: comisarías, hospitales, la fábrica. Sin respuestas. “Siempre supimos la verdad y que había que buscar”, señala.

Las tres historias coinciden en el impacto persistente de esas ausencias. Diciembre y marzo son meses especialmente difíciles. “Es muy movilizante, todo a flor de piel”, describe Torres. Para Karina, las fechas están atravesadas por el dolor familiar: secuestros, asesinatos y entierros en fosas comunes en plena Navidad.

Sin embargo, a casi 50 años, el eje también se desplaza hacia el presente. Los entrevistados advierten cambios en las nuevas generaciones y en el clima social. “Creo que hay más ideas negacionistas, también por una bajada de línea”, plantea Eduardo Manrique, aunque aclara que mantiene la confianza en los jóvenes.

Karina coincide en que aún falta “sembrar historia”. Recuerda que incluso hoy muchas personas no saben por qué el 24 de marzo es feriado ni comprenden el sentido de las marchas. “No es contra un gobierno. Es historia argentina”, subraya.

Al mismo tiempo, los tres destacan experiencias que renuevan la esperanza. Charlas en escuelas, programas como Jóvenes y Memoria y el interés de estudiantes que preguntan, investigan y buscan comprender. “Los chicos te prestan atención, quieren saber”, afirma Karina.

Para Verónica, la transmisión es una tarea colectiva y generacional. Sus hijas conocen la historia de su abuelo y la continúan. “Que alguien siga contando es mi esperanza”, dice.

Alertan por desinterés y relativización de la dictadura entre estudiantes tras la pandemia

De cara al Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, docentes de escuelas secundarias y universidades advirtieron sobre transformaciones en la manera en que los estudiantes se vinculan con el pasado reciente. Menor interés, dificultades para sostener la atención y la aparición de nuevos discursos son algunos de los cambios señalados.

Cristian Dearmas, profesor en una escuela secundaria de Lanús, explicó que en su institución realizan cada cinco años una obra de teatro sobre los secuestros durante la dictadura, con el objetivo de que cada alumno la vea una sola vez en su trayectoria. Sin embargo, indicó que el contexto actual complejiza la tarea.

Según describió, muchos estudiantes no cuentan con referencias familiares directas sobre ese período histórico. “Ninguno tiene un padre mayor de 50 años”, sostuvo, y remarcó que esto incide en la construcción de la memoria colectiva. En ese marco, señaló también la presencia de discursos que relativizan lo ocurrido durante el terrorismo de Estado, como la denominada “teoría de los dos demonios”.

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Anabella Gorza, docente de la Universidad de La Plata.    

Anabella Gorza, docente de la Universidad de La Plata.

El docente consideró que la pandemia marcó un punto de inflexión. Desde entonces, observa a los estudiantes “cada vez más distraídos” y con dificultades para concentrarse, en un contexto atravesado por el consumo constante de contenidos en redes sociales.

A esto se suma, según su mirada, una menor empatía frente a hechos históricos: “Cuesta pensar en el otro, y más con algo que pasó hace tanto tiempo”. Dearmas también advirtió que los actos escolares vinculados a la memoria disminuyeron tras la pandemia, lo que reduce los espacios de construcción colectiva del recuerdo.

En el ámbito universitario, Anabella Gorza, docente de la Universidad Nacional de La Plata, coincidió en que hubo cambios en los últimos años. Explicó que en su materia la dictadura no se aborda como una efeméride aislada, sino en relación con procesos más amplios, como el avance de políticas neoliberales a nivel internacional.

Sobre el clima en las aulas, señaló que “se ha roto el consenso democrático posdictadura” y que comenzaron a aparecer posicionamientos que antes no eran frecuentes. Si bien no registró defensas explícitas de la dictadura en sus clases, afirmó que otros docentes sí atravesaron situaciones de ese tipo y mencionó la presencia de estudiantes identificados con corrientes libertarias.

Gorza subrayó además el impacto de las redes sociales en la formación de opiniones, al generar “burbujas” de información. En ese contexto, destacó el rol de las aulas para ofrecer herramientas críticas que permitan analizar el pasado reciente.

“Antes era políticamente incorrecto, hoy hay menos vergüenza de decir ese tipo de cosas”, sostuvo, en referencia a la circulación de ciertos discursos.

Ambos docentes coincidieron en que el escenario actual presenta nuevos desafíos para la enseñanza de la memoria. Mientras se modifican las formas de atención, los marcos de referencia y el contexto social, la escuela y la universidad aparecen como espacios clave para sostener el debate y la reflexión sobre uno de los períodos más sensibles de la historia argentina.

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