Marina Lezcano es una leyenda del turf argentino. Es considerada la jocketa más destacada del país por su trayectoria en las décadas del 70 y 80. Llegó a obtener la “cuádruple corona”, un hito que hasta hoy no volvió a repetirse en ese deporte. Con su tenacidad, se impuso en un mundo hombres y abrió el camino para otras mujeres en el turf. Hoy, a los 65 años, desde su casa en La Punta, San Luis, recuerda que su amor por los caballos nació en San Vicente, donde pasó parte de su niñez y adolescencia.
La historia de Marina Lezcano, la gloria del turf que tuvo sus inicios en San Vicente
Marina Lezcano es considerada la mejor jocketa de la historia argentina. Pasó su niñez y adolescencia en San Vicente, donde corrió sus primeras "cuadreras".
“Yo nací en Lomas de Zamora y cuando tenía 13 años nos mudamos con mi familia a una quinta en San Vicente, cerca del pueblo”, cuenta Marina en diálogo telefónico con El Diario Sur, y, con memoria prodigiosa, precisa la ubicación de ese campo “entre las calles Lavalle y Rivadavia”. Era alumna “del colegio de las Hermanas”, como se refiere al Instituto San José.
“Cuando estaba por cumplir 14 le pedí a mi papá que me comprara un caballo como regalo de cumpleaños. Era una yegua gris que yo veía cuando iba al colegio y me encantaba. Era cara, y pobre mi viejo me la compró. Encima el dueño no la quería largar, porque estaba preparada para correr”, rememora Marina. Y agrega: “Y así empecé a montarla y me di unos cuantos golpes, pero como soy medio cabeza dura seguí”.
Las primeras competencias para la adolescente que pocos años después se convertiría en múltiple campeona fueron las carreras “cuadreras” que se hacían en San Vicente, a beneficio de escuelas y entidades de bien público. “Gané varias y me entusiasmé”, cuenta Marina, que era la única participante mujer de esos encuentros y ya debía lidiar con miradas y comentarios propios de un mundo dominado por los hombres.
La pasión de Marina por el mundo de las carreras de caballos la llevó a pelear por subir de nivel. Primero consiguió que sus padres la llevaran a la escuela de jockeys del Hipódromo de La Plata, donde se llevó una frustración: el encargado la rechazó por considerar que el turf era “cosa de varones”. Pero no desistió y probó suerte en el Hipódromo de San Isidro, donde sí la recibieron y le enseñaron “los primeros misterios” del deporte.
El 15 de diciembre de 1974, con 15 años, tuvo su debut en el Hipódromo de Palermo y salió segunda. Dos semanas después, ganó su primera carrera. Y a partir de 1976 empezó a hacer dupla con el cuidador Juan Esteban Bianchi, con quien marcó la historia. Bianchi le confiaba los mejores caballos y Marina respondía con títulos.
En 1978 le tocó el caballo Telescópico, que Marina describió como “guapo y de mentalidad ganadora”. “El misterio era no pegarle, había que correrlo con suavidad, nunca más le pegué un fustazo”, rememora. Y así llegó la famosa “cuádruple corona”. Marina y Telescópico ganaron la Pola de Potrillos, el Gran Premio del Jockey Club, el Gran Premio Nacional y el Gran Premio Carlos Pellegrini, donde sacaron 18 cuerpos de ventaja en 3.000 metros.
Esa seguidilla fue una hazaña inédita para una mujer y que nadie volvió a repetir desde 1978. Marina tenía 21 años, pesaba 41 kilos y atravesaba un pico de fama local e internacional, con portadas de diarios y revistas.
“Por suerte no me mareé con la fama. Me tocó correr a mí ese caballo pero lo podría haber hecho otro jockey y le podría haber ido igual. Nunca me creí un genio, me gustaba mucho mi trabajo y me preocupé por el caballo para que estuviera lo mejor posible”, destaca Marina en relación a su éxito y a la obtención de la “cuádruple corona”. También pone en valor la figura del cuidador Juan Bianchi: “Tuvo una cabeza de avanzada y fue arriesgado. Al principio lo criticaron mucho por darle su caballada a una mujer. Después cuando empecé a ganar quedó todo bien”. Otro aspecto que recuerda con cariño es que con su participación el hipódromo de Palermo se llenó de mujeres que iban a ver las carreras.
A pesar que su trayectoria se extendió con mucho éxito hasta los 32 años, Marina asegura que no hizo una gran diferencia económica. “En esa época era distinto, quizás me faltó que me asesoraran mejor”, reflexiona ahora.
La decisión del retiro llegó en 1989 porque tenía el deseo de ser madre. “Me costó mucho la decisión. Tenía como el santito y el diablito en mi consciencia. Correr es muy lindo. Después del retiro no quería ir a ver las carreras porque me hacía mal, incluso a caballos propios que yo tenía”, sostiene.
Marina cuenta que atravesó 24 mudanzas a lo largo de su vida, entre barrios porteños y pueblos bonaerenses. En 2008 se instaló definitivamente en la ciudad de La Punta, en San Luis. Sigue ligada al mundo del turf. Es directora de la Escuela de Jockeys del Hipódromo de La Punta y, junto a su esposo, el entrenador de caballos Hugo Gutiérrez, tienen un stud. Son padres de tres hijos.
Dieta vegetariana y lucha contra el maltrato animal
A pesar de haber consagrado su vida a las carreras de caballos, una actividad cuestionada por grupos defensores de los animales, Marina Lezcano es vegetariana desde hace largos años y asegura que desde su posición hace “todo lo posible” por evitar situaciones de maltrato animal.
“Estoy en contra de cómo se crían los animales para comer”, dice. Y agrega: “Tampoco es natural que los caballos vivan encerrados. Siempre trato que los que están con nosotros en el stud pasen la mejor vida posible y les inculco a los jockeys en la escuela que el látigo tiene que ser un incentivo, no algo que duela o que lastime. Mi sueño era ganar mucho dinero para tener un lugar donde atender a los caballos que ya no pudieran correr, pero no lo logré. Soy una persona muy chiquita para cambiar las cosas que hubiera querido. Ya tengo 65 años, cuando pasa la vida te das cuenta que los objetivos que podés cumplir son mínimos. Por ejemplo, me gusta escribir, y lo máximo a lo que llegué es a un triste tercer premio en un concurso de cuentos”.

