San Vicente |

Pedro Saposnik y Coco Rodríguez, los pediatras de San Vicente y Korn

En sus consultorios, atendieron a miles de chicos de los dos pueblos y guiaron a los padres en el camino de cuidar una familia. Ya jubilados, disfrutan de su merecido descanso y reciben el reconocimiento de los vecinos.

"Qué alegría verlo, doctor. Pensar que usted me atendía cuando era chiquito. Ya no quedan pediatras como usted”. Tanto Pedro Saposnik como Carlos "Coco” Rodríguez están habituados a escuchar frases como esa todos los días. Son los dos pediatras insignia de San Vicente y Alejandro Korn. Ambos hicieron carreras prominentes en la salud pública, pero nunca dejaron de atender en sus consultorios particulares a las familias del pueblo. Y después de cuatro décadas de trayectoria, les llegó el momento de dedicarse al descanso y a los nietos.

Los dos médicos son de la misma generación. Saposnik nació en 1937, mientras que Rodríguez es del `38. Durante años y años, los chicos de San Vicente y Korn se dividían entre "los de Coco” y "los de Pedro”. No había más opciones, aunque difícilmente podría haber habido mejores. "Los padres elegían al que les parecía más simpático. Nosotros siempre hemos tenido una muy buena relación, con todo el respeto profesional”, explican ahora. En la charla con El Diario San Vicente queda claro: son dos viejos colegas con un trato cordial y cercano. "¿Te acordás, Pedro, la vez que me quedé encajado con el Falcon por ir a ver un paciente un día de lluvia y tuviste que ir a sacarme con el Jeep tuyo?”, dispara Coco.

Saposnik es un ícono para Korn. Su padre, Jacobo, fue uno de los primeros médicos del pueblo cuando llegó en 1932. Hoy, una sala de atención primaria lleva su nombre. Pedro tomó ese legado y estudió en la UBA. Una vez recibido, a los 27 años, empezó a trabajar en hospitales públicos, a la vez que atendía su consultorio particular por las tardes. Así, pasó por el policlínico y el Casa Cuna de Lanús, el Hospital de Niños, el Muñiz, el Elizalde y, por supuesto, el Ramón Carrillo de San Vicente, en el que estuvo 15 años. En 1973, llegó al Penna, un gigante del sur de la ciudad de Buenos Aires. Allí estuvo en diferentes funciones, hasta que llegó a ser director en 2002. Siguió hasta 2007, y al poco tiempo se retiró.

Por su parte, Rodríguez vivió en Burzaco y estudió en la Universidad Nacional de La Plata. Ya graduado, amagó con mudarse a la Patagonia, pero su suegro lo convenció para que busque su futuro en San Vicente. En el pueblo, Coco abrió su consultorio, en Pesoa 34, en la casa en la que todavía vive. Y mientras desarrollaba la actividad particular, forjó una carrera en el hospital Gandulfo de Lomas de Zamora: recorrió todo el área pediátrica, y en 1986 llegó a ser director asociado. Un año después, el entonces ministro de Salud bonaerense Horacio Pacheco lo convocó para ser director de Medicina Asistencial de la provincia. Dos años más tarde, con la renuncia de Pacheco, Coco volvió al Gandulfo, y se desempeñó como jefe de la sala de pediatría hasta 2007, cuando se jubiló. También trabajó en el Ramón Carrillo y en el Posadas, donde se especializó en gastroenterología aplicada a niños.

"Yo quise ser médico pediatra porque siempre me gustaron mucho los chicos”, define Rodríguez. Saposnik suma: "Elegí esta profesión porque los adultos siempre me parecieron unos mentirosos, y no quería saber nada con ellos. En cambio con los nenes tenía muy buen feeling: jugaba, les daba regalitos, disfrutaba”.

Pero no todas eran alegrías. En la tarea de sanar hay una convivencia constante con el sufrimiento y las pérdidas, que en el caso de los niños puede llegar a ser mucho más dolorosa. "Es muy dura toda esa parte. Cuando estuve en neonatología, si se moría un chico yo lloraba con los padres”, recuerda Coco. "Con el tiempo uno se da cuenta de que no hay que dejarse llevar por las emociones, porque sino no se puede decidir con la frialdad que se necesita. Te lo tomás de otra manera, pero nunca llegás a acostumbrarte”, refleja Pedro.

Otro de los puntos centrales del oficio es el trato con los padres y enseñar la llamada puericultura. "Nosotros no somos pediatras de los chicos, sino de toda la familia”, definen. Y agregan: "Uno tiene que acompañar a los padres en todo momento. Y prevenirlos para que no se angustien”. Ambos coinciden en que criar a sus propios hijos resultó de vital importancia para ejercer la profesión. Y hacen hincapié en el tiempo que se le debe dedicar a cada paciente. "Cuando venía un chico a atenderse por primera vez, le dábamos un turno de más de una hora”, señalan.

Sobre sus experiencias en cargos altos, ambos retienen un sabor ambiguo. Por un lado, la satisfacción de haber cumplido de forma responsable con tareas tan importantes. Por el otro, la impotencia que produce luchar contra un sistema en el que la corrupción está arraigada. "Me quedo con el orgullo de que el Penna funcionó mejor, y corté muchos negociados que había con las compras. Pero en cinco años de trabajo, perdí 15 de salud”, reflexiona Pedro. Y Coco sigue: "Trabajar en el Ministerio de Salud fue toda una experiencia. Logré ampliar la cantidad de residencias pediátricas. Pero también tuve que soportar muchas presiones políticas”.

Ya lejos de ese ritmo frenético y de las maratónicas jornadas laborales de 14 o 16 horas, los pediatras disfrutan del retiro. "Yo me dedico a pasear, a viajar y a las reuniones. Y sigo a mis nietas que juegan al básquet por todos lados”, cuenta Coco. Pedro, por sus dificultades para caminar, prefiere la vida de hogar. Y escribe mucho: su último libro es "Hoya Corp”, un manual para entender el funcionamiento de los distintos orificios del cuerpo humano, con un estilo disparatado. Tampoco se priva de tomar un avión todos los años para visitar a su hijo y a sus nietos en Canadá.

 

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